EL ARCHIVO MARX – ENGELS – ROSA – LENIN – TROTSKY – MAO – HO – CHE – WALLERSTEIN – EZLN
DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET
Obras de LENIN
Lenin: 1914: Sobre el Derecho de las naciones a la autodeterminación.

1. ¿QUE ES LA AUTODETERMINACIÓN DE LAS NACIONES?
Es natural que esta cuestión se plantee ante todo cuando se intenta examinar de un modo marxista la llamada autodeterminación. ¿Qué hay que entender por ella? ¿Deberemos buscar la respuesta en definiciones jurídicas, deducidas de toda clase de “conceptos generales” de derecho? ¿O bien hay que buscar la respuesta en el estudio histórico-económico de los movimientos nacionales?
No es de extrañar que a los señores Semkovski, Libman y Yurkévich no se les haya pasado siquiera por las mientes plantear esta cuestión, saliendo del paso con simples risas burlonas sobre la “falta de claridad” del programa marxista y no sabiendo siquiera, por lo visto, en su simpleza, que de la autodeterminación de las naciones habla no sólo el programa ruso de 1903, sino también la decisión del Congreso Internacional de Londres de 1896 (ya hablaremos detalladamente de ello en su lugar). Mucho más extraño es que Rosa Luxemburgo, que tanto declama sobre el supuesto carácter abstracto y metafísico del citado apartado, haya incurrido ella misma precisamente en este pecado de lo abstracto y metafísico. Precisamente Rosa Luxemburgo es quien viene a caer constantemente en disquisiciones generales sobre la autodeterminación (hasta llegar incluso a una elucubración del todo divertida sobre el modo de conocer la voluntad de una nación), sin plantear en parte alguna de un modo claro y preciso la cuestión de si la esencia del asunto está en las definiciones jurídicas o en la experiencia de los movimientos nacionales del mundo entero.
El plantear de una manera precisa esta cuestión, que es inevitable para un marxista, hubiera deshecho en el acto los nueve décimos de los argumentos de Rosa Luxemburgo. No es la primera vez que surgen en Rusia movimientos nacionales, y no sólo a ella son inherentes. En todo el mundo, la época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada a movimientos nacionales. La base económica de esos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, quedando eliminados cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. La lengua es el medio esencial de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y su libre desarrollo es una de las condiciones más importantes de una circulación mercantil realmente libre y amplia, que responda al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en todas las diversas clases; es, por último, la condición de una estrecha ligazón del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador.
Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor responden a estas exigencias del capitalismo moderno. Impulsan a ello los factores económicos más profundos, y para toda la Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el periodo capitalista.
Por consiguiente, si queremos entender lo que significa la autodeterminación de las naciones, sin jugar a definiciones jurídicas ni “inventar” definiciones abstractas, sino examinando las condiciones histórico-económicas de los movimientos nacionales, llegaremos inevitablemente a la conclusión siguiente: por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de nacionalidad extraña, es decir, la formación de un Estado nacional independiente.
Más abajo veremos aún otras razones por las que sería erróneo entender por derecho a la autodeterminación todo lo que no sea el derecho a una existencia estatal separada. Pero ahora debemos pararnos a analizar cómo ha intentado Rosa Luxemburgo “deshacerse” de la inevitable conclusión sobre las profundas bases económicas en que descansan las tendencias a la formación de Estados nacionales.
Rosa Luxemburgo conoce perfectamente el folleto de Kautsky: Nacionalidad e internacionalidad (suplemento de Neue Zeit, Nº 1, 1907-1908; traducido al ruso en la revista Naúchnaya Mysl, Riga, 1908). Sabe que Kautsky 2, después de examinar detalladamente en el apartado 4 del folleto el problema del Estado nacional, llegó a la conclusión de que Otto Bauer “subestima la fuerza de la tendencia a la creación de un Estado nacional” (pág. 23 del folleto citado). Rosa Luxemburgo misma cita las palabras de Kautsky: “El Estado nacional es la forma de Estado que mejor responde a las condiciones modernas” (es decir, a las condiciones capitalistas civilizadas, económicamente progresivas, a diferencia de las condiciones medievales, precapitalistas, etc.), “es la forma en que el Estado puede cumplir con mayor facilidad sus tareas” (es decir, las tareas de un desarrollo más libre, más amplio y más rápido del capitalismo). A esto hay que añadir además la observación final de Kautsky, más exacta aún: los Estados de composición abigarrada en el sentido nacional (los titulados Estados de nacionalidades, a diferencia de los Estados nacionales) son “siempre Estados cuya estructuración interna, por estas o las otras razones, ha resultado anormal o se ha desarrollado poco” (atrasada). De suyo se entiende que Kautsky habla de anormalidad exclusivamente en el sentido de no corresponder a lo más adecuado a las exigencias del capitalismo en desarrollo.
Cabe preguntar ahora cuál ha sido la actitud de Rosa Luxemburgo ante estas conclusiones histórico-económicas de Kautsky. ¿Son justas o son erróneas? ¿Quién tiene razón: Kautsky, con su teoría histórico-económica, o Bauer, cuya teoría es, en el fondo, psicológica? ¿Qué relación guarda el indudable “oportunismo nacional” de Bauer, su defensa de una autonomía cultural-nacional, sus apasionamientos nacionalistas (“la acentuación del factor nacional en ciertos puntos”, como ha dicho Kautsky), su “enorme exageración del factor nacional y su completo olvido del factor internacional” (Kautsky), con su subestimación de la fuerza que entraña la tendencia a crear un Estado nacional?
Rosa Luxemburgo no ha planteado siquiera esta cuestión. No ha notado esta relación. No ha reflexionado sobre el conjunto de las concepciones teóricas de Bauer. Ni siquiera ha opuesto en la cuestión nacional la teoría histórico-económica a la psicológica. Se ha limitado a las siguientes observaciones contra Kautsky:
“…Ese Estado nacional “más perfecto” no es sino una abstracción, fácilmente susceptible de ser desarrollada y defendida teóricamente, pero que no corresponde a la realidad” (Przegld Socialdemokratyczny, 1908, Nº 6, pág. 499).
Y para confirmar esta declaración categórica, sigue razonando: el desarrollo de las grandes potencias capitalistas y el imperialismo hacen ilusorio el “derecho a la autodeterminación” de los pequeños pueblos. ¡”¿Puede acaso hablarse seriamente -exclama Rosa Luxemburgo- de la “autodeterminación” de los montenegrinos, búlgaros, rumanos, servios, griegos, y, en parte, incluso de los suizos, formalmente independientes, cuya independencia misma es producto de la lucha política y del juego diplomático del “concierto europeo”?”! (pág. 500). Lo que mejor responde a las condiciones “no es el Estado nacional, como supone Kautsky, sino el Estado de rapiña”. E inserta unas cuantas decenas de cifras sobre las proporciones de las colonias que pertenecen a Inglaterra, a Francia, etc.
¡Leyendo semejantes razonamientos no puede uno por menos de asombrarse de la capacidad de la autora de no saber distinguir las cosas! Enseñar a Kautsky, dándose aire de, importancia, que los pequeños Estados dependen económicamente de los grandes; que los Estados burgueses luchan entre sí por el sometimiento rapaz de otras naciones; que existe el imperialismo; que existen las colonias: todo esto son elucubraciones ridículas, infantiles, porque todo esto no tiene la menor relación con el asunto. No sólo los pequeños Estados, sino que también Rusia, por ejemplo, dependen por entero, en el sentido económico, de la potencia del capital financiero imperialista de los países burgueses “ricos”. No sólo los Estados balcánicos, Estados en miniatura, sino también la América del siglo XIX ha sido, económicamente, una colonia de Europa, según ha dicho ya Marx en El Capital. Todo esto lo sabe perfectamente Kautsky, como cualquier marxista, pero nada de ello viene a cuento en la cuestión de los movimientos nacionales y del Estado nacional.
El problema de la autodeterminación política de las naciones en la sociedad burguesa, de su independencia estatal, lo sustituye Rosa Luxemburgo por el de su autonomía e independencia económicas. Esto es tan inteligente como si una persona, tratando de la reivindicación programática que exige la supremacía del parlamento, es decir, de la asamblea de representantes populares, en el Estado burgués, se pusiera a exponer su convicción, plenamente justa, de la supremacía del gran capital, bajo cualquier régimen, en un país burgués.
No cabe duda de que la mayor parte de Asia, la parte más poblada del mundo, se halla en situación ya de colonias de las “grandes potencias”, ya de Estados extremadamente dependientes y oprimidos en el sentido nacional. Pero ¿acaso esta circunstancia de todos conocida hace vacilar en lo más mínimo el hecho indiscutible de que, en la misma Asia, sólo en el Japón, es decir, sólo en un Estado nacional independiente, se han creado condiciones para el desarrollo más completo de la producción mercantil, para el crecimiento más libre, amplio y rápido del capitalismo? Este Estado es burgués y, por ello, ha empezado a oprimir él mismo a otras naciones y a esclavizar colonias; no sabemos si, antes de la bancarrota del capitalismo, Asia tendrá tiempo de estructurarse en un sistema de Estados nacionales independientes, a semejanza de Europa. Pero queda como hecho indiscutible que el capitalismo, tras despertar a Asia, ha provocado también allí en todas partes movimientos nacionales, que estos movimientos tienden a crear en Asia Estados nacionales, y que precisamente tales Estados son los que aseguran las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo. El ejemplo de Asia habla a favor de Kautsky, contra Rosa Luxemburgo.
El ejemplo de los Estados balcánicos habla también contra ella, porque cualquiera puede ver ahora que precisamente a medida que se crean en esa península Estados nacionales independientes, van apareciendo en ella las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo.
Por consiguiente, el ejemplo de toda la humanidad civilizada avanzada, el ejemplo de los Balcanes y el ejemplo de Asia demuestran, a pesar de Rosa Luxemburgo, la absoluta justeza de la tesis de Kautsky: el Estado nacional es regla y “norma” del capitalismo, el Estado abigarrado en el sentido nacional es atraso o excepción. Desde el punto de vista de las relaciones nacionales, el Estado nacional es el que ofrece, sin duda alguna, las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que semejante Estado, sobre la base de las relaciones burguesas, pueda excluir la explotación y la opresión de las naciones. Quiere decir tan sólo que los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que originan la tendencia a crear Estados nacionales. Quiere decir que “la autodeterminación de las naciones”, en el programa de los marxistas, no puede tener, desde el punto de vista histórico-económico, otra significación que la autodeterminación política, la independencia estatal, la formación de un Estado nacional.
Más abajo hablaremos detalladamente de las condiciones que se exigen, desde el punto de vista marxista, es decir, desde el punto de vista proletario de clase, para apoyar la reivindicación democrático-burguesa del “Estado nacional”. Ahora nos limitamos a definir el concepto de “autodeterminación”, y sólo debemos señalar que Rosa Luxemburgo conoce el contenido de este concepto (“Estado nacional”), mientras que sus partidarios oportunistas, los Libman, los Semkovski, los Yurkévich, ¡no saben ni eso!

2. PLANTEAMIENTO HISTÓRICO CONCRETO DE LA CUESTIÓN

(2) Al preparar en 1916 la reedición del articulo, Lenin insertó en este lugar la siguiente nota: “Rogamos a los lectores que no olviden que Kautsky fue hasta 1909, cuando publicó su magnífico folleto El camino al poder, enemigo del oportunismo, defensor del cual se hizo en 1910-1911 y, muy decididamente, en 1914-1916”.
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod1.htm – no2
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod1.htm – no2
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2. PLANTEAMIENTO HISTÓRICO CONCRETO DE LA CUESTIÓN
La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre dentro de un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país (por ejemplo, de programa nacional para un país determinado) que se tengan en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los demás dentro del marco de una misma época histórica.
¿Qué significa este requisito absoluto del marxismo aplicado a nuestro problema?
Ante todo significa que es necesario distinguir rigurosamente dos épocas del capitalismo, radicalmente distintas desde el punto de vista de los movimientos nacionales. Por una parte, es la época de la bancarrota del feudalismo y del absolutismo, la época en que se constituyen la sociedad y el Estado democrático-burgueses, en que los movimientos nacionales adquieren por vez primera el carácter de movimientos de masas, incorporando de uno u otro modo a todas las clases de la población a la política por medio de la prensa, de su participación en instituciones representativas, etc. Por otra parte, presenciamos una época en que los Estados capitalistas están completamente estructurados, con un régimen constitucional hace mucho tiempo establecido, con un antagonismo muy desarrollado entre el proletariado y la burguesía, una época que puede llamarse víspera del hundimiento del capitalismo.
Lo típico de la primera época es el despertar de los movimientos nacionales, el hecho de que se incorporen a ellos los campesinos, como el sector de la población más numeroso y más “difícil de mover”, en relación con la lucha por la libertad política en general y por los derechos de la nacionalidad en particular. Para la segunda época, lo típico es la ausencia de movimientos democrático-burgueses de masas, cuando el capitalismo desarrollado, aproximando y amalgamando cada vez más las naciones, ya plenamente incorporadas al intercambio comercial, pone en primer plano el antagonismo entre el capital internacionalmente fundido y el movimiento obrero internacional.
Naturalmente, una y otra época no están separadas entre sí por una muralla, sino ligadas por numerosos eslabones de transición, distinguiéndose, además, los diversos países por la rapidez del desarrollo nacional, por la composición nacional de su población, por su distribución etc., etc. No puede ni hablarse de que los marxistas de un país determinado procedan a elaborar el programa nacional sin tener en cuenta todas estas condiciones históricas generales y condiciones estatales concretas.
Aquí es justamente donde tropezamos con el punto más débil en los razonamientos de Rosa Luxemburgo. Con extraordinario celo adorna su articulo con un cúmulo de palabrejas “fuertes” contra el § 9 de nuestro programa, declarándolo “demasiado general”, “cliché”, “frase metafísica”, etc., etc. Era natural esperar que una escritora que condena en forma tan excelente la metafísica (en sentido marxista, es decir, la antidialéctica) y las abstracciones vacías, nos diera ejemplo de un análisis concretamente histórico del problema. Se trata del programa nacional de los marxistas de un país determinado, Rusia, de una época determinada, los comienzos del siglo XX. Es de suponer que Rosa Luxemburgo plantee la cuestión acerca dé qué época histórica atraviesa Rusia, cuáles son las particularidades concretas de la cuestión nacional y de los movimientos nacionales del país dado y en la época dada.
¡Absolutamente nada dice sobre ello Rosa Luxemburgo! ¡No encontraréis en Rosa Luxemburgo ni sombra de análisis de cómo se plantea la cuestión nacional en Rusia en la época histórica presente, cuáles son las particularidades de Rusia en ese sentido!
Se nos dice que la cuestión nacional se plantea en los Balcanes de un modo distinto que en Irlanda; que Marx emitía tal y cual juicio sobre los movimientos nacionales polaco y checo en las condiciones concretas de 1848 (una página de citas de Marx); que Engels emitía tal y cual juicio sobre la lucha de los cantones forestales de Suiza contra Austria y la batalla de Morgarten, que tuvo lugar en 1315 (una página de citas de Engels con el correspondiente comentario de Kautsky); que Lassalle consideraba reaccionaria la guerra campesina de Alemania en el siglo XVI, etc.
No puede decirse que estas observaciones y estas citas brillen por su novedad, pero en todo caso, al lector le resulta interesante volver a recordar una y otra vez cómo precisamente abordaban Marx, Engels y Lassalle el análisis de problemas históricos concretos de diversos países. Y volviendo a leer las instructivas citas de Marx y de Engels, se ve con particular nitidez la ridícula situación en que se ha colocado a sí misma Rosa Luxemburgo. Severa y elocuentemente, predica la necesidad de un análisis histórico y concreto de la cuestión nacional en distintos países y épocas diferentes, y ella misma no hace ni el más mínimo intento de determinar cuál es la fase histórica de desarrollo del capitalismo por la que atraviesa Rusia en los comienzos del siglo XX, cuáles son las particularidades de la cuestión nacional en este país. Rosa Luxemburgo aduce ejemplos de cómo han analizado otros la cuestión al modo marxista, como para subrayar así deliberadamente cuán a menudo está el camino del infierno empedrado de buenas intenciones y se encubre con buenos consejos el no querer o no saber utilizarlos en la práctica.
He aquí una de las instructivas confrontaciones. Alzándose contra la consigna de independencia de Polonia, Rosa Luxemburgo se refiere a un trabajo suyo de 1898, que demostraba el rápido “desarrollo industrial de Polonia”, con la salida de los productos manufacturados a Rusia. Ni que decir tiene que absolutamente nada se deduce de esto sobre el problema del derecho a la autodeterminación, que esto sólo demuestra que ha desaparecido la vieja Polonia señorial, etc. Pero Rosa Luxemburgo, de un modo imperceptible, pasa constantemente a la conclusión de que, entre los factores que ligan a Rusia con Polonia, predominan ya en la actualidad los factores puramente económicos de las relaciones capitalistas modernas.
Pero he aquí que nuestra Rosa pasa al problema de la autonomía y -aunque su artículo se titula “La cuestión nacional y la autonomía” en general-, comienza por demostrar que el reino de Polonia tiene un derecho exclusivo a la autonomía (véase sobre este punto Prosveschenie, 1913, Nº 12). Para corroborar el derecho de Polonia a la autonomía, Rosa Luxemburgo caracteriza el régimen estatal de Rusia por indicios, evidentemente, económicos, políticos, etnológicos y sociológicos, por un conjunto de rasgos que, en suma, dan el concepto de “despotismo asiático” (Nº 12 de Przegld, pág 137).
De todos es sabido que semejante régimen estatal tiene una solidez muy grande cuando, en la economía del país de que se trate, predominan rasgos absolutamente patriarcales, precapitalistas y un desarrollo insignificante de la economía mercantil y de la diferenciación de clases. Pero si en un país donde el régimen estatal se distingue por un carácter acusadamente precapitalista, existe una región nacionalmente delimitada, con un rápido desarrollo del capitalismo, resulta que cuanto más rápido sea ese desarrollo capitalista, tanto más fuerte será la contradicción entre este desarrollo y el régimen estatal precapitalista, tanto más probable que la región avanzada se separe del resto del país, al que no la ligan los lazos del “capitalismo moderno”, sino los de un “despotismo asiático”.
De modo que Rosa Luxemburgo no ha atado en absoluto los cabos, ni siquiera en lo que se refiere a la estructura social del poder en Rusia con relación a la Polonia burguesa, y en cuanto a las particularidades históricas concretas de los movimientos nacionales en Rusia, ni siquiera plantea este problema
Y en este problema es donde debemos detenernos.

3. LAS PARTICULARIDADES CONCRETAS DE LA CUESTIÓN NACIONAL EN RUSIA Y LA TRANSFORMACIÓN DEMOCRÁTICO-BURGUESA DE ÉSTA
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3. LAS PARTICULARIDADES CONCRETAS DE LA CUESTIÓN NACIONAL EN RUSIA Y LA TRANSFORMACIÓN DEMOCRÁTICO-BURGUESA DE ÉSTA
“…A pesar de lo elástico que es el principio del “derecho de las naciones a la autodeterminación”, que es el más puro lugar común, siendo, evidentemente, aplicable por igual no sólo a los pueblos que habitan en Rusia, sino también a las naciones que viven en Alemania y en Austria, en Suiza y en Suecia, en América y en Australia, no lo encontramos ni en un solo programa de los partidos socialistas contemporáneos…” (Nº 6 de Przegld, pág. 483).
Así escribe Rosa Luxemburgo al comienzo de su cruzada contra el § 9 del programa marxista. Atribuyéndonos a nosotros una interpretación de este punto del programa como “el más puro lugar común”, Rosa Luxemburgo misma incurre precisamente en este pecado, al declarar con divertida osadía que este punto es, “evidentemente, aplicable por igual” a Rusia, Alemania, etc.
Lo evidente -contestaremos nosotros- es que Rosa Luxemburgo ha decidido ofrecer en su artículo una colección de errores lógicos, que servirían como ejercicios para los estudiantes de bachillerato. Porque la andanada de Rosa Luxemburgo es un completo absurdo y una mofa del planteamiento histórico concreto de la cuestión.
Si no se interpreta el programa marxista de un modo infantil, sino a la manera marxista, no es nada difícil percatarse de que se refiere a los movimientos nacionales democrático-burgueses. Siendo así -y así es, sin duda alguna-, se deduce “evidentemente” que ese programa concierne “en general”, como “lugar común”, etc., a todos los casos de movimientos nacionales democrático-burgueses. No menos evidente sería también para Rosa Luxemburgo, de haberío pensado lo más mínimo, la conclusión de que nuestro programa se refiere tan sólo a los casos en que existe tal movimiento.
Si Rosa Luxemburgo hubiera reflexionado sobre estas consideraciones evidentes, habría visto sin esfuerzos particulares qué absurdo ha dicho. Acusándonos a nosotros de proponer un “lugar común”, aduce contra nosotros el argumento de que no se habla de autodeterminación de las naciones en el programa de los países donde no hay movimientos nacionales democrático-burgueses. ¡Un argumento muy inteligente!
La comparación del desarrollo político y económico de distintos países, así como de sus programas marxistas, tiene enorme importancia desde el punto de vista del marxismo, pues son indudables tanto la naturaleza común capitalista de los Estados contemporáneos, como la ley general de su desarrollo. Pero hay que saber hacer semejante comparación. La condición elemental para ello es poner en claro la cuestión de si son comparables las épocas históricas del desarrollo de los países que se comparan. Por ejemplo, sólo perfectos ignorantes (como el príncipe E. Trubetskói en Rússkaya Mysl) pueden “comparar” el programa agrario de los marxistas de Rusia con los de la Europa Occidental, pues nuestro programa da una solución al problema de la transformación agraria democrático-burguesa, de la cual ni siquiera se habla en los países de Occidente.
Lo mismo puede decirse por lo que se refiere a la cuestión nacional. En la mayoría de los países occidentales hace ya mucho tiempo que está resuelta. Es ridículo buscar en los programas de Occidente solución a problemas que no existen. Rosa Luxemburgo ha perdido de vista aquí precisamente lo que tiene más importancia: la diferencia entre países que hace tiempo han terminado las transformaciones democrático-burguesas y países que no las han terminado.
Todo el quid está en esa diferencia. El desconocimiento completo de esa diferencia es lo que convierte el larguísimo artículo de Rosa Luxemburgo en un cúmulo de lugares comunes vacíos y sin contenido.
En la Europa Occidental, continental, la época de las revoluciones democrático-burguesas abarca un intervalo de tiempo bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, la Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses, que, además, eran, como norma, Estados nacionalmente homogéneos. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de la Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo.
En la Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones de Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: tal es la cadena de los acontecimientos mundiales ocurridos en nuestra época en nuestro “Oriente”. Y en esta cadena de acontecimientos únicamente un ciego puede dejar de ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democrático-burgueses, de tendencias a crear Estados independientes en el sentido nacional, y nacionalmente homogéneos. Precisamente y sólo porque Rusia, juntamente con los países vecinos, atraviesa por esa época, necesitamos nosotros en nuestro programa un punto sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación.
Pero veamos unos cuantos renglones más del pasaje antes citado del artículo de Rosa Luxemburgo:
“… En particular -dice-, el programa de un partido que actúa en un Estado de composición nacional extraordinariamente abigarrada y para el que la cuestión nacional desempeña un papel de primer orden -el programa de la socialdemocracia austríaca- no contiene el principio del derecho de las naciones a la autodeterminación”. (Lugar cit.).
De modo que se quiere persuadir al lector “en particular” con el ejemplo de Austria. Veamos, desde el punto de vista histórico concreto, si en este ejemplo hay mucho de razonable.
En primer lugar, hacemos la pregunta fundamental de si se ha llevado a término la revolución democrático-burguesa. En Austria, empezó en el año 1848 y terminó en el 1867. Desde entonces, hace casi medio siglo que rige allí una Constitución, en líneas generales, burguesa, y sobre cuya base actúa legalmente un partido obrero legal.
Por eso en las condiciones interiores del desarrollo de Austria (es decir, desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo en Austria en general y en sus diversas naciones en particular) no hay factores que den lugar a saltos, una de cuyas circunstancias concomitantes puede ser la formación de Estados nacionales independientes. Al suponer con su comparación que Rusia se encuentra, sobre este punto, en condiciones análogas, no sólo admite Rosa Luxemburgo una hipótesis radicalmente falsa, antihistórica, sino que se desliza involuntariamente hacia el liquidacionismo.
En segundo lugar, tiene una importancia singularmente grande la correlación entre las nacionalidades, totalmente diferente en Austria y en Rusia, en lo que toca al problema que nos ocupa. No sólo ha sido, Austria, durante largo tiempo, un Estado en que predominaban los alemanes, sino que los alemanes de Austria pretendían a la hegemonía en la nación alemana en general. Esta ‘pretensión’, como quizá tenga a bien recordar Rosa Luxemburgo (que tanta aversión parece sentir contra los lugares comunes, los clichés, las abstracciones. ..), la deshizo la guerra de 1866. La nación dominante en Austria, la alemana, quedó fuera de los confines del Estado alemán independiente, definitivamente formado hacia 1871. De otro lado, el intento de los húngaros de crear un Estado nacional independiente habla fracasado ya en 1849, bajo los golpes del ejército feudal ruso.
Así pues, se ha creado una situación extraordinariamente peculiar: ¡los húngaros, y tras ellos los checos, no tienden a separarse de Austria, sino a mantener la integridad de Austria, precisamente en interés de la independencia nacional, que podría ser totalmente aplastada por vecinos más rapaces y más fuertes! En virtud de esta situación peculiar, Austria ha tomado la estructura de un Estado bicéntrico (dual) y ahora se está convirtiendo en tricéntrico (triple: alemanes, húngaros y eslavos).
¿Sucede en Rusia algo parecido? ¿Aspiran en Rusia los “alógenos” a unirse con los grandes rusos bajo la amenaza de una opresión nacional peor?
Basta hacer esta pregunta para ver hasta qué punto es absurda, rutinaria y fruto de la ignorancia la comparación entre Rusia y Austria en cuanto a la autodeterminación de las naciones.
Las condiciones peculiares de Rusia, en lo que toca a la cuestión nacional, son precisamente lo contrario de lo que hemos visto en Austria. Rusia es un Estado con un centro nacional único, ruso. Los rusos ocupan un gigantesco territorio compacto, ascendiendo su número aproximadamente a 70 millones. La peculiaridad de este Estado nacional reside, en primer lugar, en que los “alógenos” (que en conjunto constituyen la mayoría de la población, el 57%) pueblan precisamente la periferia; en segundo lugar, en el hecho de que la opresión de estos alógenos es mucho más fuerte que en los países vecinos (incluso no tan sólo en los europeos); en tercer lugar, en que hay toda una serie de casos en que las nacionalidades oprimidas que viven en la periferia tienen compatriotas del otro lado de la frontera, y estos últimos gozan de mayor independencia nacional (hasta recordar aunque sólo sea en las fronteras occidental y meridional del Estado a finlandeses, suecos, polacos, ucranianos y rumanos); en cuarto lugar, en que el desarrollo del capitalismo y el nivel general de cultura son con frecuencia más altos en la periferia “alógena” que en el centro del Estado. Por último, precisamente en los Estados asiáticos vecinos, presenciamos el comienzo de un periodo de revoluciones burguesas y de movimientos nacionales, que comprenden en parte a las nacionalidades afines dentro de las fronteras de Rusia.
Así, pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas de la cuestión nacional en Rusia, las que hacen entre nosotros especialmente urgente el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos.
Por lo demás, incluso en el sentido puramente del hecho, es errónea la afirmación de Rosa Luxemburgo de que en el programa de los socialdemócratas austríacos no figura el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. Basta abrir las actas del Congreso de Brünn [Brno], en el que se aprobó el programa nacional, para ver allí las declaraciones del socialdemócrata ruteno Gankévich, en nombre de toda la delegación ucraniana (rutena) (pág. 85 de las actas), y del socialdemócrata polaco Reger, en nombre de toda la delegación polaca (pág. 108), diciendo que los socialdemócratas austríacos de las dos naciones indicadas incluían entre sus aspiraciones la de la unificación nacional, de la libertad e independencia de sus pueblos. Por consiguiente, la socialdemocracia austríaca, sin propugnar directamente en su programa el derecho de las naciones a la autodeterminación, transige plenamente, al mismo tiempo, con que ciertos sectores del partido presenten reivindicaciones de independencia nacional. ¡De hecho, esto justamente significa, como es natural, reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación! De modo que la referencia de Rosa Luxemburgo a Austria habla en todos los sentidos contra ella.

4. EL “PRACTICISMO” EN LA CUESTIÓN NACIONAL
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5. LA BURGUESÍA LIBERAL Y LOS OPORTUNISTAS SOCIALISTAS EN LA CUESTIÓN NACIONAL
Hemos visto que Rosa Luxemburgo considera como uno de sus principales “triunfos”, en la lucha contra el programa de los marxistas de Rusia, el argumento siguiente: reconocer el derecho a la autodeterminación equivale a apoyar el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas. Por otra parte, dice Rosa Luxemburgo, si por tal derecho se entiende únicamente la lucha contra cualquier violencia en lo que se refiere a las naciones, no hace falta un punto especial en el programa, porque la socialdemocracia en general se opone a toda violencia nacional y desigualdad de derechos nacionales.
El primer argumento, según ha demostrado de un modo irrefutable Kautsky hace ya casi veinte años, carga la culpa del nacionalismo del culpable al inocente, porque ¡resulta que, temiendo el nacionalismo de la burguesía de las naciones oprimidas, Rosa Luxemburgo favorece, en realidad, el nacionalismo ultrarreacionario de los rusos! El segundo argumento es, en el fondo, un miedoso esquivar el problema: reconocer la igualdad nacional, ¿supone o no supone reconocer el derecho a la separación? Si lo supone, Rosa Luxemburgo reconoce la justeza de principio del § 9 de nuestro programa. Si no lo supone, no reconoce la igualdad nacional. ¡Nada puede hacerse en este caso con subterfugios y evasivas!
Pero la mejor manera de comprobar los argumentos arriba indicados, así como todos los argumentos de esta índole, consiste en estudiar la actitud de las diferentes clases de la sociedad ante, el problema. Para un marxista, semejante comprobación es obligatoria. Hay que partir de lo objetivo, hay que tomar las relaciones recíprocas de las diversas clases en el punto de que se trata. Al no hacerlo, Rosa Luxemburgo incurre precisamente en el pecado de lo metafísico, de lo abstracto, del lugar común, de las generalidades, etc., del que en vano trata de acusar a sus adversarios.
Se trata del programa de los marxistas de Rusia, es decir, de los marxistas de todas las nacionalidades de Rusia. ¿No convendría echar una ojeada a la posición de las clases dominantes de Rusia?
Es conocida de todos la posición de la “burocracia” (perdónesenos este término inexacto) y de los terratenientes feudales del tipo de la nobleza unificada. Negación absoluta tanto de la igualdad de derechos de las nacionalidades como del derecho a la autodeterminación. La vieja consigna, tomada de los tiempos del régimen de servidumbre: autocracia, religión ortodoxa, pueblo, con la particularidad de que por este último tan sólo se entiende el pueblo ruso. Incluso los ucranianos son declarados “alógenos”, incluso su lengua materna es perseguida.
Veamos la burguesía de Rusia, “llamada” a tomar parte -una parte muy modesta, es verdad, pero, al fin y al cabo, parte- en el poder, en el sistema legislativo y administrativo “del 3 de junio”. No se necesitan muchas palabras para demostrar que en este problema los octubristas siguen, en realidad, a las derechas. Es de lamentar que algunos marxistas concedan mucha menos atención a la posición de la burguesía liberal rusa, de los progresistas y demócratas constitucionalistas. Y, sin embargo, quien no estudie esta posición y no reflexione sobre ella, incurrirá inevitablemente en el pecado de lo abstracto y de lo vacío al analizar el derecho de las naciones a la autodeterminación.
El año pasado, la polémica entre Pravda y Rech obligó a este órgano principal del partido demócrata constitucionalista, tan hábil en la evasiva diplomática ante la contestación franca a preguntas “desagradables”, a hacer, sin embargo, algunas confesiones valiosas. Se armó el barullo en torno al Congreso estudiantil de toda Ucrania, celebrado en Lvov en el verano de 1913. El jurado “perito en cuestiones de Ucrania” o colaborador ucraniano de Rech, señor Moguilianski, publicó un artículo en el que cubría de las más selectas injurias (“delirio”, “aventurerismo”, etc.) la idea de la separación de Ucrania, idea a favor de la cual abogaba el social-nacionalista Dontsov y que fue aprobada por el mencionado Congreso.
El periódico Rabóchaya Pravda, sin solidarizarse para nada con el señor Dontsov, e indicando claramente que este señor era un social-nacionalista y que no estaban conformes con él muchos marxistas ucranianos, declaró, sin embargo, que el tono de Rech, -o mejor dicho: el planteamiento en principio de la cuestión por Rech es absolutamente indecoroso, inadmisible en un demócrata ruso o en una persona que quiere pasar por demócrata. Que Rech refute directamente a los señores Dontsov, pero en principio es inadmisible que el órgano ruso de una pretendida democracia olvide la libertad de separación, el derecho a la separación.
Unos meses más tarde publicó el señor Moguilianski en el número 331 de Rech unas “explicaciones”, enterado, por el periódico ucraniano Shliaji de Lvov, de las objeciones del señor Dontsov, quien, por cierto, observó que “sólo la prensa socialdemócrata rusa había manchado (¿estigmatizado?) en forma debida la salida chovinista de Rech”. Las “explicaciones” del señor Moguilianski consistieron en repetir por tres veces: “la crítica de las recetas del señor Dontsov” “no tiene nada de común con la negación del derecho de las naciones a la autodeterminación”.
“Hay que decir -escribía el señor Moguilianski- que tampoco “el derecho de las naciones a la autodeterminación” es una especie de fetiche (¡¡escuchad!!) que no admite ninguna critica: condiciones de vida malsanas en una nación pueden engendrar tendencias malsanas en la autodeterminación nacional, y poner al descubierto estas últimas no significa aún negar el derecho de las naciones a la autodeterminación”.
Como veis, las frases de un liberal sobre lo del “fetiche” estaban plenamente a tono con las frases de Rosa Luxemburgo. Era evidente que el señor Moguilianski deseaba rehuir el dar una respuesta directa a la pregunta: ¿reconoce o no el derecho a la autodeterminación política, es decir, a la separación?
Y Proletárskaya Pravda (Nº 4 del 11 de diciembre de 1913) hizo a boca de jarro esta pregunta tanto al señor Moguilianski como al partido demócrata constitucionalista.
El periódico Rech publicó entonces (Nº 340) una declaración sin firma, es decir, una declaración oficial de la redacción, que daba una respuesta a esa pregunta. Esta contestación se resume en tres puntos:
1.En el § 11 del programa del partido demócrata constitucionalista se habla en forma directa, clara y precisa del “derecho” de las naciones a una “libre autodeterminación cultural”
2.Proletárskaya Pravda, según la afirmación de Rech, “confunde irreparablemente” la autodeterminación con el separatismo, con la separación de esta o la otra nación,
3.”En efecto, los demócratas constitucionalistas no han pensado nunca en defender el derecho de ‘separación de las naciones’ del Estado ruso” (véase el artículo: El nacional-liberalismo y el derecho de las naciones a la autodeterminación, en Proletárskaya Pravda, Nº 12, del 20 de diciembre de 1913).
Fijémonos ante todo en el segundo punto de la declaración de Rech. ¡Cuán claramente demuestra a los señores Semkovski, Libman, Yurkévich y demás oportunistas que sus gritos y habladurías sobre una pretendida “falta de claridad” o “inconcreción” en el sentido de ‘la “autodeterminación”, no son en la práctica, es decir, en la correlación objetiva de clases y de la lucha de clases en Rusia, sino una simple repetición de los discursos de la burguesía monárquico-liberal!
Cuando Proletárskaya Pravda hizo a los ilustrados señores “demócratas constitucionalistas” de Rech tres preguntas: 1) si negaban que en toda la historia de la democracia internacional, y especialmente a partir de la mitad del siglo XIX, se entiende por autodeterminación de las naciones precisamente la autodeterminación política, el derecho a constituir un Estado nacional independiente; 2) si negaban que el mismo sentido tenía la conocida decisión del Congreso socialista internacional celebrado en Londres en 1896, y 3) que Plejánov, que ya en 1902 escribía sobre la autodeterminación, entendía por tal precisamente la autodeterminación política; cuando Proletárskaya Pravda hizo estas tres preguntas, ¡¡los señores demócratas constitucionalistas guardaron silencio!!
No contestaron ni una palabra, porque nada tenían que contestar. Tuvieron que reconocer en silencio que indudablemente Proletárskaya Pravda tenía razón.
Los gritos de los liberales sobre el tema de la falta de claridad del concepto de “autodeterminación”, de su “irreparable confusión” con el separatismo entre los socialdemócratas no son sino una tendencia a embrollar la cuestión, rehuir el reconocimiento de un principio generalmente admitido por la democracia. Si los señores Semkovski, Libman y Yurkévich no fueran tan ignorantes, les hubiera dado vergüenza de hablar ante los obreros en tono liberal.
Pero sigamos. Proletárskaya Pravda obligó a Rech a reconocer que las palabras autodeterminación “cultural” tienen en el programa demócrata-constitucionalista precisamente el sentido de una negación de la autodeterminación política.
“En efecto, los demócratas constitucionalistas no han pensado nunca en defender el derecho de “separación de las naciones” del Estado ruso”: éstas son las palabras, de Rech que no en vano recomendó Proletárskaya Pravda a Nóvoe Vremia y Zémschina como muestra de la “lealtad” de nuestros demócratas constitucionalistas. Nóvoe Vremia, en su número 13563, sin dejar, naturalmente, de aprovechar la ocasión para mencionar a los “semitas” y decir toda clase de mordacidades a los demócratas constitucionalistas, declaraba, sin embargo:
“Lo que constituye para los socialdemócratas un axioma de sabiduría política” (es decir, el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación, a la separación), “en nuestros días empieza a provocar divergencias incluso entre los demócratas constitucionalistas”.
Los demócratas constitucionalistas, en principio, adoptaron una posición absolutamente idéntica a la de Nóvoe Vremia declarando que “no han pensado nunca en defender el derecho de separación de las naciones del Estado ruso”. En esto consiste una de las bases del nacional-liberalismo de los demócratas constitucionalistas, de su afinidad con los Purishkévich, de su dependencia de estos últimos en el terreno político-ideológico y político-práctico. “Los señores demócratas constitucionalistas han estudiado historia -decía Proletárskaya Pravda-, y saben muy bien a qué actos “pogromoides”, para expresarse suavemente, ha llevado muchas veces en la práctica la aplicación del tradicional derecho de los Purishkévich a “agarrar y no dejar escapar”. Sabiendo perfectamente que la omnipotencia de los Purishkévich tiene origen y carácter feudal, los demócratas constitucionalistas se colocan, sin embargo, por entero en el terreno de las relaciones y fronteras establecidas precisamente por esta clase. Sabiendo perfectamente cuántos elementos no europeos, antieuropeos (asiáticos, diríamos nosotros, si esta palabra no pudiera sonar a inmerecido desprecio para japoneses y chinos) hay en las relaciones y fronteras creadas o fijadas por esa clase, los señores demócratas constitucionalistas los consideran límite del que no se puede pasar.
Esto es precisamente adaptación a los Purishkévich, servilismo ante ellos, miedo de hacer vacilar su posición, esto es defenderlos contra el movimiento popular, contra la democracia. “Esto significa en la práctica -decía Proletárskaya Pravda- adaptarse a los intereses de los feudales y a los peores prejuicios nacionalistas de la nación dominante en vez de luchar sistemáticamente contra esos prejuicios”.
Como personas conocedoras de la historia y con pretensiones de democracia, los demócratas constitucionalistas ni siquiera intentan afirmar que el movimiento democrático, que en nuestros días es característico tanto para Europa Oriental como para Asia y que tiende a transformar una y otra, de acuerdo con el modelo de los países civilizados, capitalistas, que este movimiento deba indefectiblemente dejar intactas las fronteras fijadas en la época feudal, en la época de omnipotencia de los Purishkévich y de la falta de derechos de extensos sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía.
La última Conferencia del partido demócrata constitucionalista, celebrada del 23 al 25 de marzo de 1914, ha demostrado, por cierto, que el problema suscitado por la polémica de Proletárskaya Pravda con Rech no era, en modo alguno, tan sólo un problema literario, sino que atañía al problema de mayor actualidad política. En la reseña oficial de Rech (Nº 83, del 26 de marzo de 1914) sobre esta conferencia leemos:
“Se trataron también en forma especialmente animada los problemas nacionales. Los diputados de Kiev, a los que se unieron N. Y. Nekrásov y A. M. Koliubakin, indicaron que el problema nacional es un factor importante que está madurando y que es imprescindible salir a su encuentro con más energía que hasta ahora. F. F. Kokoshkin indicó, sin embargo” (este es el “sin embargo” que corresponde al “pero” de Schedrin: “no crecen las orejas más arriba de la frente, no, no crecen”), “que tanto el programa como la anterior experiencia política exigen que se proceda con la mayor prudencia en lo que se refiere a las “fórmulas elásticas” “de la autodeterminación política de las nacionalidades””.
Este razonamiento de la conferencia demócrata-constitucionalista, de todo punto notable, merece la mayor atención de todos los marxistas y de todos los demócratas. (Hagamos notar entre paréntesis que Kíevskaya Myl, que, por lo visto, está muy bien enterado, y que sin duda alguna transmite fielmente los pensamientos del señor Kokoshkin, añadía que este señor, claro que como advertencia a sus contrincantes, adujo de un modo especial el argumento del peligro de la “disgregación” del Estado.)
La reseña oficial de Rech está redactada con maestría diplomática, para levantar lo menos posible el telón, para disimular lo más posible. Pero, de todos modos, queda claro, en sus rasgos fundamentales, lo que ocurrió en la Conferencia de los demócratas constitucionalistas. Los delegados burgueses liberales, que conocían la situación en Ucrania, y los demócratas constitucionalistas “de izquierda” plantearon precisamente la cuestión de la autodeterminación política de las naciones. En otro caso, el señor Kokoshkin no habría tenido por qué aconsejar que se procediera 46 con prudencia” en lo que se refiere a esta “fórmula”.
En el programa de los demócratas constitucionalistas, que, naturalmente, conocían los delegados de la Conferencia demócrata constitucionalista, figura precisamente no la autodeterminación política, sino la autodeterminación “cultural”. De modo que el señor Kokoshkin defendía el programa contra los delegados de Ucrania, contra los demócratas constitucionalistas de izquierda, defendía la autodeterminación “cultural” contra la “política”. Es de todo punto evidente que, al alzarse contra la autodeterminación “política”, al esgrimir la amenaza de la “disgregación del Estado”, diciendo que la fórmula de la “autodeterminación política” es “elástica” (¡completamente a tono con Rosa Luxemburgo!), el señor Kokoshkin defendía el nacional-liberalismo ruso contra elementos más “izquierdistas” o más democráticos del partido demócrata constitucionalista y contra la burguesía ucraniana.
El señor Kokoshkin venció en la Conferencia demócrata-constitucionalista, como puede verse por la traidora palabreja “sin embargo” en la reseña de Rech. El nacional-liberalismo ruso triunfó entre los demócratas constitucionalistas. ¿No contribuirá esta victoria a que se aclaren las mentes de los elementos poco razonables que, entre los marxistas de Rusia, han comenzado también a temer, tras los demócratas constitucionalistas, “las fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las nacionalidades”?
Veamos, “sin embargo” cuál es, en esencia, el curso que siguen los pensamientos del señor Kokoshkin. Invocando la ‘”anterior experiencia política” (es decir, evidentemente, la experiencia de 1905, en que la burguesía rusa se asustó, temiendo por sus privilegios nacionales, y contagió con su miedo al partido demócrata constitucionalista), hablando de la amenaza de la “disgregación del Estado”, el señor Kokoshkin ha demostrado comprender perfectamente que la autodeterminación política no puede significar otra cosa que el derecho a la separación y a la formación de un Estado nacional independiente. Se pregunta: ¿cómo hay que considerar estos temores del señor Kokoshkin, desde el punto de vista de la democracia, en general, así como desde el punto de vista de la lucha de clase proletaria, en particular?
El señor Kokoshkin quiere convencernos de que el reconocimiento del derecho a la separación, aumenta el peligro de “disgregación del Estado”. Este es el punto de vista del polizonte Mymretsov con su lema de “agarrar y no dejar escapar”. Desde el punto de vista de la democracia en general es precisamente al contrario: el reconocimiento del derecho a la separación reduce el peligro de la “disgregación del Estado”.
El señor Kokoshkin razona absolutamente en el espíritu de los nacionalistas. En su último Congreso atacaron furiosamente a los ucranianos “mazepistas”. El movimiento Ucraniano -exclamaban el señor Sávenko y Cía.- amenaza con debilitar los lazos que unen a Ucrania con Rusia, ¡¡porque Austria, con la ucraniofilia, estrecha los lazos de los Ucranianos con Austria!! Lo que no quedaba comprensible era por qué no puede Rusia intentar “estrechar” los lazos de los ucranianos con Rusia por el mismo método que los señores Sávenko echan en cara a Austria, es decir, concediendo a los ucranianos el libre uso de su lengua materna, la autodeterminación administrativa una Dieta autónoma, etc.
Los razonamientos de los señores Sávenko y de los señores Kokoshkin son absolutamente del mismo género e igualmente ridículos y absurdos, desde un punto de vista puramente lógico. ¿No está claro que, cuanto mayor sea la libertad de que goce la nacionalidad ucraniana en uno u otro país, tanto más estrecha será la ligazón de esa nacionalidad con el país de que se trate? Parece que no se puede discutir contra esta verdad elemental, de no romper resueltamente con todos los postulados de la democracia. ¿Y puede haber, para una nacionalidad como tal, mayor libertad que la libertad de separación, la libertad de formar un, Estado nacional independiente? Para que quede aún más clara esta cuestión, embrollada por los liberales (y por los que se hacen eco de éstos por falta de comprensión), pondremos el más sencillo de los ejemplos. Tomemos la cuestión del divorcio. Rosa Luxemburgo dice en su artículo que un Estado democrático centralizado, al transigir por completo con la autonomía de diversas de sus partes, debe dejar a la jurisdicción del parlamento central todos los ramos más importantes de la legislación, y, entre ellos, la legislación sobre el divorcio. Es perfectamente comprensible esta preocupación por que el poder central del Estado democrático asegure la libertad de divorcio. Los reaccionarios están en contra de la libertad de divorcio, aconsejando que se proceda “con prudencia” en lo relativo a dicha libertad y gritando que eso significa la “disgregación de la familia”. Pero la democracia considera que los reaccionarios son unos hipócritas, al defender, en realidad, la omnipotencia de la policía y de la burocracia, los privilegios de un sexo y la peor opresión de la mujer; que, en realidad, la libertad de divorcio no significa la “disgregación” de los vínculos familiares, sino, por el contrario, su fortalecimiento sobre los únicos cimientos democráticos que son posibles y estables en una sociedad civilizada.
Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo, es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de fomentar el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa intervienen contra la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones, no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y de los procedimientos policíacos de administración, en detrimento de los democráticos.
No cabe duda de que la politiquería engendrada por todas las relaciones de la sociedad capitalista, da a veces lugar a charlatanería en extremo frívola y hasta sencillamente absurda de parlamentarios o publicistas sobre la separación de tal o tal nación. Pero sólo los reaccionarios pueden dejarse asustar (o hacer como si se asustaran) por semejante charlatanería. Quien sustente el punto de vista de la democracia, es decir, de la solución de los problemas estatales por la masa de la población, sabe perfectamente que hay “un gran trecho” entre la charlatanería de los politicastros y la decisión de las masas. Las masas de la población saben perfectamente, por la experiencia cotidiana, lo que significan los lazos geográficos y económicos, las ventajas de un gran mercado y de un gran Estado y sólo se decidirán a la separación cuando la opresión nacional y los rozamientos nacionales hagan la vida en común absolutamente insoportable, frenando las relaciones económicas de todo género. Y en este caso, los intereses del desarrollo capitalista y de la libertad de lucha de clases estarán precisamente del lado de quienes se separen.
Así, pues, de cualquier lado que se aborde los razonamientos del señor Kokoshkin, resultan el colmo del absurdo y del escarnio a los principios de la democracia. Pero hay en estos razonamientos una cierta lógica: la lógica de los intereses de clase de la burguesía rusa. El señor Kokoshkin, como la mayoría del partido demócrata constitucionalista, es lacayo de la bolsa de oro de esa burguesía. Defiende sus privilegios en general, sus privilegios estatales en particular, los defiende conjuntamente con Purishkévich, al lado de éste, con la única diferencia de que Purishkévich tiene más fe en el garrote feudal, mientras que Kokoshkin y Cía. ven que el garrote ha sido fuertemente quebrado por el año 1905 y confían más en los procedimientos burgueses de embaucamiento de las masas, por ejemplo, en asustar a los pequeños burgueses y a los campesinos con el fantasma de la “disgregación del Estado”, de engañarles con frases sobre la unión de “la libertad popular” con los pilares históricos, etc.
La significación real de clase de la hostilidad liberal al principio de autodeterminación política de las naciones es una, y sólo, una: nacional-liberalismo, salvaguardia de los privilegios estatales de la burguesía rusa. Y los oportunistas que hay entre los marxistas de Rusia, que precisamente ahora, en la época del sistema del 3 de junio, han arremetido contra el derecho de las naciones a la autodeterminación, todos ellos: el liquidador Semkovski, el bundista Libman, el pequeñoburgués ucraniano Yurkévich, en realidad, se arrastran sencillamente a la zaga del nacional-liberalismo, corrompen a la clase obrera con las ideas nacional-liberales.
Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nacionalidad. Por ello, sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto si los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como si los socialdemócratas se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas. Lo mismo le da al obrero asalariado que su principal explotador sea la burguesía gran rusa con preferencia a la burguesía alógena, o la burguesía polaca con preferencia a la hebrea, etc. Al obrero asalariado que haya adquirido conciencia de los intereses de su clase le son indiferentes tanto los privilegios estatales de los capitalistas rusos, como las promesas de los capitalistas polacos o ucranianos de instaurar el paraíso en la tierra cuando ellos gocen de privilegios estatales. El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá, de uno u otro modo, tanto en un Estado único abigarrado como en Estados nacionales aislados.
En todo caso, el obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios se mantengan en una posición de completa neutralidad, por así decir, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de “su” burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante.
Nos convenceremos de ello aún con mayor evidencia si tomamos el ejemplo concreto de la separación de Noruega de Suecia.

6. LA SEPARACIÓN DE NORUEGA DE SUECIA

EL ARCHIVO MARX – ENGELS – ROSA – LENIN – TROTSKY – MAO – HO – CHE – WALLERSTEIN – EZLN
DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET
Obras de LENIN
Lenin: 1914: Sobre el Derecho de las naciones a la autodeterminación.

8. CARLOS MARX, EL UTOPISTA, Y ROSA LUXEMBURGO, LA PRÁCTICA
Declarando “utopía” la independencia de Polonia y repitiéndolo hasta causar náuseas, Rosa Luxemburgo exclama irónicamente: ¿por qué no exigir la independencia de Irlanda?
Evidentemente, la “práctica” Rosa Luxemburgo desconoce la actitud de C. Marx ante la independencia de Irlanda. Vale la pena detenerse en este punto para dar un ejemplo analítico de una reivindicación concreta de independencia nacional desde el punto de vista verdaderamente marxista y no oportunista.
Marx tenía la costumbre de “tantear”, como él decía, a los socialistas que él conocía, comprobando su conciencia y su convicción. Cuando conoció a Lopatin, Marx escribió a Engels, el 5 de julio de 1870, un juicio halagüeño en alto grado para el joven socialista ruso, pero añadía:
“…El punto débil: Polonia. Sobre este punto Lopatin dice absolutamente lo mismo que un inglés -por ejemplo, un cartista inglés de la vieja escuela- sobre Irlanda”.
Marx interroga a un socialista que pertenece a una nación opresora sobre su actitud respecto a una nación oprimida y descubre en el acto el defecto común a los socialistas de las naciones dominantes (inglesa y rusa): la incomprensión de su deber socialista respecto a las naciones oprimidas, el rumiar prejuicios tomados de la burguesía de la “gran potencia”.
Antes de pasar a las declaraciones positivas de Marx sobre Irlanda, hay que hacer la salvedad de que Marx y Engels guardaban en general una actitud rigurosamente crítica frente a la cuestión nacional, apreciando su valor histórico relativo. Así, Engels, escribe a Marx el 23 de mayo de 1851 que el estudio de la historia le conduce a conclusiones pesimistas respecto a Polonia, que la importancia de Polonia es temporal, sólo hasta la revolución agraria en Rusia. El papel de los polacos en la historia es el de “tonterías atrevidas”. “Ni por un momento puede suponerse que Polonia, incluso comparada con Rusia solamente, represente con éxito el progreso o tenga cierto valor histórico”. En Rusia hay más elementos de civilización, de instrucción, de industria, de burguesía que en la “aletargada Polonia de los terratenientes nobles”. “¡Qué significan Varsovia y Cracovia comparadas con Petersburgo, Moscú y Odesa!” Engels no cree en el éxito de las insurrecciones de la nobleza polaca.
Pero todas estas ideas, que tanto tienen de perspicacia genial, no impidieron en modo alguno el que Marx y Engels, doce años más tarde, cuando Rusia seguía aún aletargada y en cambio Polonia hervía, adoptaran la actitud de la más cálida y profunda simpatía por el movimiento polaco.
En 1864, al redactar el mensaje de la Internacional, Marx escribe a Engels (4 de noviembre de 1864) que es preciso luchar contra el nacionalismo de Mazzini. “Cuando en el mensaje se habla de política internacional, me refiero a países, no a nacionalidades, y denuncio a Rusia, y no a Estados de menor importancia”, escribe Marx. Para Marx no ofrece dudas la subordinación de la cuestión nacional a la “cuestión obrera”. Pero su teoría está tan lejos del propósito de pasar por alto los movimientos nacionales como el cielo de la tierra.
Llega el año 1866. Marx escribe a Engels sobre la “camarilla proudhoniana” de París que “declara que las nacionalidades son un absurdo y ataca a Bismarck y a Garibaldi. Como polémica contra el chovinismo, su táctica es útil y explicable. Pero cuando quienes creen en Proudhon (y entre ellos figuran dos buenos amigos míos de aquí, Lafargue y Longuet) piensan que toda Europa puede y debe permanecer quieta, tranquilamente sentada sobre el trasero, mientras en Francia los señores no supriman la miseria y la ignorancia… resultan ridículos” (carta del 7 de junio de 1866).
“Ayer -escribe Marx el 20 de junio de 1866- hubo en el Consejo de la Internacional un debate sobre la guerra actual… Como era de esperar, la discusión se concentró en torno al problema de las “nacionalidades” y a nuestra actitud ante, él… Los representantes de la “joven Francia” (no obreros) defendieron el punto de vista de que toda nacionalidad y la misma nación son prejuicios anticuados. Stirnerianismo proudhoniano… Todo el mundo debe esperar a que los franceses maduren para realizar la revolución social… Los ingleses se rieron mucho cuando yo comencé mi discurso diciendo que nuestro amigo Lafargue y otros, que han suprimido las nacionalidades, nos dirigían la palabra en francés, es decir, en una lengua incomprensible para las 9/10 partes de la reunión. Luego di a entender que Lafargue, sin darse él mismo cuenta de ello, entendía por negación de las nacionalidades, al parecer, su absorción por la ejemplar nación francesa”.
Clara está la deducción que resulta de todas estas observaciones críticas de Marx: la clase obrera es la menos llamada a hacer un fetiche de la cuestión nacional, porque el desarrollo del capitalismo no despierta necesariamente a todas las naciones a una vida independiente. Pero, una vez surgidos los movimientos nacionales de masas, deshacerse de ellos, negarse a apoyar lo que en ellos hay de progresivo, significa caer, en realidad, bajo la influencia de prejuicios nacionalistas, es decir: considerar a “su propia” nación como “nación ejemplar” (o, añadiremos nosotros, como nación dotada del privilegio exclusivo de organizarse en Estado) 7.
Pero volvamos al problema de Irlanda. La posición de Marx en este problema la expresan, con especial claridad, los siguientes fragmentos de sus cartas: “He tratado de suscitar por todos los medios una manifestación de los obreros ingleses en favor del fenianismo. . . Antes yo consideraba imposible la separación de Irlanda de Inglaterra. Ahora la considero inevitable, aunque después de la separación se llegue a la federación”. Esto es lo que decía Marx en una carta a Engels el 2 de noviembre de 1867.
Y en otra carta, del 30 de noviembre del mismo año, añadía: “¿Qué debemos aconsejar a los obreros ingleses? A mi juicio, deben hacer del Repeal (ruptura) de la unión” (de Irlanda con Inglaterra, es decir, de la separación de Irlanda de Inglaterra) “un punto de su programa; en breves palabras, la reivindicación de 1783, sólo que democratizada y adaptada a las condiciones actuales. Esta es la única forma legal de la emancipación de Irlanda y, por ello, la única forma que puede aceptarse en el programa de un partido inglés. La experiencia deberá mostrar más tarde si puede subsistir, por largo tiempo, una simple unión personal entre ambos países.
… Los irlandeses necesitan lo siguiente:
1.Autonomía e independencia con respecto a Inglaterra.
2.Revolución agraria…”
Concediendo enorme importancia al problema de Irlanda, Marx daba en la Unión Obrera alemana conferencias de hora y media sobre este tema (carta del 17 de diciembre de 1867).
En una carta del 20 de noviembre de 1868, Engels señala “el odio que existe entre los obreros ingleses contra los irlandeses”, y cerca de un año más tarde (24 de octubre de 1869), volviendo a este tema, escribe:
“De Irlanda a Rusia il n’y a qu’un pas (no hay más que un paso)… Por el ejemplo de la historia irlandesa puede verse qué desgracia es para un pueblo el haber sojuzgado a otro. Todas las infamias inglesas tienen su origen en la esfera irlandesa. Todavía tengo que estudiar la época de Cromwell, pero de todos modos no me cabe duda alguna de que, también en Inglaterra, las cosas habrían tomado otro rumbo si no hubiera sido necesario dominar militarmente a Irlanda y crear una nueva aristocracia”.
Señalemos de paso una carta de Marx a Engels del 18 de agosto de 1869:
“En Poznan, los obreros polacos han tenido una huelga victoriosa gracias a la ayuda de sus camaradas de Berlín. Esta lucha contra “el señor capital” -incluso en su forma inferior, en forma de huelgas- terminará con los prejuicios nacionales de un modo más serio que los recitales sobre la paz en boca de los señores burgueses”.
Por lo que sigue, puede verse la política seguida por Marx en la Internacional, respecto al problema irlandés.
El 18 de noviembre de 1869, Marx escribe a Engels que ha pronunciado un discurso de una hora y cuarto, en el Consejo de la Internacional, sobre la actitud del gobierno británico respecto a la amnistía irlandesa, y que ha propuesto la resolución siguiente:
“Se resuelve que, en su respuesta a la exigencia irlandesa de poner en libertad a los patriotas irlandeses, el señor Gladstone ultraja deliberadamente a la nación irlandesa;
que Gladstone liga la amnistía política a condiciones igualmente humillantes, tanto para las víctimas de mal gobierno, como para el pueblo que ese gobierno representa;
que Gladstone, si bien obligado por su situación oficial, ha aplaudido pública y solemnemente la revuelta de los esclavistas americanos, y ahora, se pone a predicar al pueblo irlandés la doctrina de la sumisión pasiva;
que, en lo tocante a la amnistía irlandesa, toda su política es una auténtica manifestación de la “política de conquista” que desenmascaró el señor Gladstone, derribando de este modo el ministerio de sus adversarios, los tories;
que el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores expresa su admiración ante la valentía, la firmeza y la elevación con que el pueblo irlandés desarrolla su campaña por la amnistía;
que esta resolución deberá ser comunicada a todas las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores y a todas las organizaciones obreras de Europa y América que estén relacionadas con ella”.
El 10 de diciembre de 1869, Marx escribe que su informe sobre el problema irlandés en el Consejo de la Internacional tendrá la estructura siguiente:
“…Prescindiendo en absoluto de toda fraseología “internacionalista” y “humanitaria” sobre “justicia para Irlanda” -porque esto se sobreentiende en el Consejo de la Internacional-, el interés absoluto y directo de la clase obrera inglesa exige la ruptura de su actual unión con Irlanda. Estoy profundamente convencido de ello, basándome en motivos que, en parte, no puedo descubrir a los mismos obreros ingleses. Durante mucho tiempo pensé que podría derribarse el régimen irlandés por el ascenso de la clase obrera inglesa. He defendido siempre este punto de vista en el New York Daily Tribune (periódico norteamericano, con el que Marx colaboró mucho tiempo). Un estudio más profundo de la cuestión me ha persuadido de lo contrario. La clase obrera inglesa no podrá hacer nada, mientras no se desembarace de Irlanda.. . La reacción inglesa, en Inglaterra, tiene sus raíces en la esclavización de Irlanda” (subrayado por Marx).
Ahora verá el lector, bien claramente, cuál era la política de Marx respecto al problema irlandés.
El “utopista” Marx es tan “poco práctico” que es partidario de la separación de Irlanda, separación que, medio siglo más tarde, no se ha realizado aún.
¿A qué se debe esta política de Marx? ¿No fue, acaso, un error?
Al principio, Marx creía que a Irlanda la liberaría no el movimiento nacional de la nación oprimida, sino el movimiento obrero de la nación opresora. Marx, sabiendo que sólo la victoria de la clase obrera podrá traer la liberación completa de todas las nacionalidades, no hace de los movimientos nacionales algo absoluto. Es imposible calcular de antemano todas las correlaciones que puedan establecerse entre los movimientos burgueses de liberación en las naciones oprimidas y el movimiento proletario de liberación en la nación opresora (precisamente éste es el problema que hace tan difícil la cuestión nacional en la Rusia contemporánea).
Pero se ha creado una situación tal, que la clase obrera inglesa ha caldo por un período bastante largo bajo la influencia de los liberales, yendo a la zaga de los mismos, decapitándose ella misma con una política obrera liberal. El movimiento burgués de liberación en Irlanda se ha acentuado y ha adquirido formas revolucionarias. Marx revisa su opinión y la corrige. “Qué desgracia es para un pueblo el haber sojuzgado a otro”. La clase obrera de Inglaterra no podrá liberarse, mientras Irlanda no se libere del yugo inglés. La esclavización de Irlanda fortalece y nutre a la reacción en Inglaterra (¡igual como nutre a la reacción en Rusia la esclavización de una serie de naciones!). Y Marx, al hacer aprobar en la Internacional una resolución de simpatía hacia “la nación irlandesa”, hacia “el pueblo irlandés” (¡el inteligente L. Vl. haría, seguramente, trizas al pobre Marx por haber olvidado la lucha de clases!), propugna la separación de Irlanda de Inglaterra, “aunque después de la separación se llegue a la federación”.
¿Cuáles son las premisas teóricas de esta conclusión de Marx? En Inglaterra, hace ya mucho tiempo que, en general, está terminada la revolución burguesa. Pero no está terminada en Irlanda: la están terminando ahora, medio siglo después, las reformas de los liberales ingleses. Si el capitalismo hubiese sido derribado en Inglaterra con la rapidez que esperaba Marx al principio, no habría lugar en Irlanda para un movimiento democrático-burgués, del conjunto de la nación. Pero puesto que ha surgido, Marx aconseja a los obreros ingleses que lo apoyen, que le impriman un impulso revolucionario, que lo lleven a término en interés de su propia libertad. En la década del 60 del siglo pasado, las relaciones económicas entre Irlanda e Inglaterra eran, desde luego, más estrechas aún que las relaciones entre Rusia y Polonia, Ucrania, etc. Saltaba a la vista que la separación de Irlanda era “poco práctica”, “irrealizable” (aunque sólo fuera por su situación geográfica y por el inmenso poderío colonial de Inglaterra). Siendo en principio enemigo del federalismo, Marx admite, en este caso, incluso la federación 8 con tal de que la liberación de Irlanda no se haga por vía reformista, sino revolucionaria, por el movimiento de las masas del pueblo en Irlanda, apoyado por la clase obrera de Inglaterra. No puede caber duda alguna de que sólo una tal solución a este problema histórico habría sido la más favorable a los intereses del proletariado y a un rápido desarrollo social.
Pero las cosas sucedieron de otro modo. Tanto el pueblo irlandés como el proletariado inglés han resultado ser débiles. Sólo ahora, por míseras componendas entre los liberales ingleses y la burguesía irlandesa, se resuelve (el ejemplo de Ulster demuestra con cuánta dificultad) el problema irlandés con una reforma agraria (con rescate) y la autonomía (todavía no implantada). ¿Y qué? ¿Se debe acaso deducir de esto que Marx y Engels eran “utopistas”, que presentaban reivindicaciones nacionales “irrealizables”, que cedían a la influencia de los nacionalistas irlandeses, pequeños burgueses (es indudable el carácter pequeñoburgués del movimiento de los “fenianos”), etc.?
No. Marx y Engels propugnaron, también en la cuestión irlandesa, una política consecuentemente proletaria, una política que educara verdaderamente a las masas en el espíritu de la democracia y del socialismo. Sólo esta política podía salvar, tanto a Irlanda como a Inglaterra, de diferir por medio siglo las transformaciones necesarias y de que los liberales las desfigurasen en beneficio de la reacción.
La política de Marx y Engels en el problema irlandés constituye un magnífico ejemplo de la actitud que debe guardar el proletariado de las naciones opresoras ante los movimientos nacionales, y este ejemplo ha conservado, hasta hoy día, un valor práctico enorme; esta política es una advertencia contra la “precipitación lacayuna” con que los filisteos de todos los países, lenguas y colores se apresuran a declarar “utópica” la modificación de las fronteras de los Estados creados por las violencias y los privilegios de los terratenientes y de la burguesía de una nación.
Si el proletariado de Irlanda y el de Inglaterra no hubieran adoptado la política de Marx, si no hubieran hecho suya la consigna de separación de Irlanda, ello habría sido el más empedernido oportunismo por su parte, habría significado un olvido de las misiones de un demócrata y de un socialista, una concesión a la reacción y a la burguesía inglesas.

9. EL PROGRAMA DE 1903 Y SUS LIQUIDADORES

(7) Compárese, además, la carta de Marx a Engels del 3 de junio de 1867: “… Por las crónicas de París del Times me he enterado con verdadera satisfacción de las exclamaciones polonófilas de los parisinos contra Rusia… El señor Proudhon y su minúscula camarilla doctrinarla no son el pueblo francés”.
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod8.htm – no7
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod8.htm – no7
(8) No es difícil ver, dicho sea de paso, por qué, desde el punto de vista socialdemócrata, no puede entenderse por derecho a “la autodeterminación” de las naciones ni la federación ni la autonomía (aunque, hablando en forma abstracta, la una y la otra encuadran en el término “autodeterminación”). El derecho a la federación es, en general, un absurdo, ya que la federación es un contrato bilateral. Ni que decir tiene que en modo alguno pueden los marxistas incluir en su programa la defensa del federalismo en general. En lo que respecta a la autonomía, los marxistas no defienden “el derecho a” la autonomía, sino la autonomía misma, como principio general y universal de un Estado democrático de composición nacional heterogéneo, con marcadas diferencias en las condiciones geográficas y en las de otro tipo. Por eso, reconocer “el derecho de las naciones a la autonomía” seria tan absurdo, como reconocer “el derecho de las naciones a la federación”.
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod8.htm – no8
http://www.basque-red.net/cas/archivo/lenin/auto/autod8.htm – no8

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