Hoy ya es un lugar común en el campo revolucionario el aserto leninista de que la burguesía ejerce en los países capitalistas la dictadura de su clase, es decir, la dominación sobre la clase obrera y el conjunto del pueblo.

LA GAVIOTA BLINDADA1 N° 0, julio de 19722

MORAL Y PROLETARIZACIÓN3

[Julio Parra]

1. IMPORTANCIA Y LÍMITE DEL PROBLEMA

Hoy ya es un lugar común en el campo revolucionario el aserto leninista de que la burguesía ejerce en los países capitalistas la dictadura de su clase, es decir, la dominación sobre la clase obrera y el conjunto del pueblo.
Pero es un aspecto menos conocido su concepto de la hegemonía de clase de la burguesía en la sociedad, categoría que complementa a la dominación en la práctica social.
Esta concepción leninista ha sido definida con precisión por Gramsci en sus “Notas sobre Maquiavelo” al señalar que el estado, es el “complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominación sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados”.
En este último párrafo subrayado por nosotros, Gramsci señala con claridad la cuestión de la hegemonía. Esto quiere decir que si la burguesía nos tiene aún bajo su dominio, no es solamente en virtud de su aparato represivo, sino y ante todo, porque una parte considerable del pueblo continúa adherida a las concepciones burguesas y porque prácticamente la totalidad del pueblo continúa viviendo según el sistema de vida que la burguesía ha construido.
Por ejemplo la hegemonía burguesa se manifiesta en los medios de comunicación de masas que diariamente vuelcan sobre nosotros la ideología de la clase dominante no sólo en el terreno político general, sino en todos los aspectos de la vida cotidiana, proporcionando “modelos a imitar” burgueses, a través de la publicidad, el radioteatro, las historietas, la crónica deportiva y mil formas.
Se manifiesta en los sindicatos absorbidos por el régimen capitalista como válvula de escape de las tensiones sociales. Se manifiesta en las iglesias, clubes, en el deporte, en todos los aspectos de la vida humana.
Aquí es donde el problema de la hegemonía entronca con el problema de la ética, de la moral. Esta es la cuestión planteada por el Che con su apasionado llamamiento a la construcción del Hombre Nuevo. Esta es la cuestión planteada por la multitudinaria movilización de la Revolución Cultural China. Este es el problema que empiezan a plantearse corrientes revolucionarias en la Argentina, con sus llamamientos a la proletarización de sus cuadros y militantes.
Y esta cuestión no puede tomarse como una mera aspiración de deseos, como pretenden los que tratan de transformar al Che en una simple leyenda romántica. No es cuestión que pueda dejarse para después de tomar el poder como creen algunos.
Por el contrario, es una cuestión que está en el centro mismo de los problemas de la Guerra Revolucionaria.
Lenin ha establecido con claridad que el proletariado no podrá establecer la dictadura de su clase, es decir, conquistar el poder político, si previamente no ha logrado la hegemonía de su clase en el seno de la sociedad, es decir, ganado a la gran mayoría de los corazones y mentes de la clase obrera y el pueblo.
Y si entendemos correctamente la hegemonía proletaria, tal como la planteamos arriba, vemos que ella no consiste solamente en la adhesión de la mayoría del pueblo a las ideas y el programa político propuesto por el proletariado, sino que plantea también el problema “de la nueva moral”.
Este problema se vuelve particularmente importante en la etapa actual de la revolución mundial. El imperialismo se encuentra en la crisis final e irreversible de su dominación. El crecimiento y la afirmación del campo socialista y la Guerra Revolucionaria de los pueblos coloniales han tornado su derrota final en una realidad alcanzable.
Pero precisamente porque se enfrenta a su crisis y derrota definitiva, el Imperialismo disputará palmo a palmo las posiciones que aún le quedan, aferrándose a ellas con uñas y dientes. La Guerra Revolucionaria como lo muestra la práctica en nuestro país y en el mundo, se volverá cada vez más salvaje, cruel y dura.
No podemos ni pensar en vencer en esa guerra, si no nos decidimos a comenzar ya, en la práctica misma de la guerra, la construcción del hombre nuevo, del hombre capaz de luchar y vencer en esa guerra.
El lúcido periodista australiano Wilfred Burchett, señala con claridad en su libro “Por qué triunfa el Vietcong”, que esos “hombrecitos amarillos de piyamas negros se han convertido en la máquina de guerra más formidable que ha conocido la historia”, porque han sabido “conquistar las mentes y los corazones” de su pueblo y que han podido conquistar las mentes y corazones del pueblo porque desde el primer momento han prestado particular atención a la formación política y moral de sus cuadros, de sus combatientes y de todo el pueblo.
Es aquí como la cuestión de la hegemonía -la conquista de las mentes y el corazón de las masas- y el aspecto ético de esta cuestión, se instalen en el centro mismo de la dialéctica de la guerra.
La construcción de una nueva moral, se pone de relieve como una herramienta tan valiosa e imprescindible para la victoria revolucionaria como la lucha ideológica, económica y política-militar, se vincula a ellas y a la inversa esta nueva moral sólo podrá construirse en la práctica de la guerra. Pero entendiendo este término “práctica de la guerra” no en un sentido limitado, como en los momentos de combate político y militar, sino en un sentido más amplio y profundo.
Precisamente como la organización de la totalidad de nuestra vida en torno a la guerra, con el pueblo, con nuestros compañeros, con nuestra pareja y nuestros hijos, con la familia y la gente que nos rodea en general, con el enemigo.
Sólo así lograremos una moral revolucionaria, una moral de combate que constituye, aquí y ahora, el tránsito necesario a la moral socialista de mañana.
Esta es la clave de la epopeya vietnamita. Es imposible comprender que un pueblo sea capaz de soportar cuarenta años de guerra casi continua, si no comprendemos que ese pueblo ha removido hasta los cimientos su vida cotidiana, insertándola y organizándola en el nuevo eje de la revolución.
Si queremos hacer nuevos Vietnam en América Latina, como quería nuestro Che, sepamos aplicar creadoramente a nuestra realidad las enseñanzas de la experiencia vietnamita no sólo en la práctica de la estrategia y la táctica militar, de la educación ideológica y de la labor política, sino también y ante todo, en el campo de la moral revolucionaria.

2. EL INDIVIDUALISMO, ESENCIA DE LA MORAL BURGUESA

Así como la sociedad socialista sólo puede aparecer como superación dialéctica de la sociedad capitalista, la moral socialista y su embrión, la moral revolucionaria, sólo pueden aparecer como superación dialéctica de la moral burguesa.
Y para superar algo, debemos empezar por conocerlo. ¿Qué es pues la moral burguesa? La moral burguesa es la expresión en el terreno de las relaciones cotidianas entre los seres humanos y de su actitud frente a ellas, de las relaciones de producción capitalistas.
Marx comprobó que la sociedad capitalista, básicamente, es una sociedad de productores de mercancías. Y que el carácter anárquico y anónimo de la producción mercantil, tiene la virtud, entre otras consecuencias, de cosificar las relaciones humanas. Las relaciones sociales, que son en verdad relaciones entre personas, aparecen como relaciones entre cosas. Y más específicamente, como la relación de todas las personas y todas las cosas con una cosa muy especial.
La mercancía entre mercancías, la reina de la mercancía y el supremo dios de nuestro tiempo: el dinero.
De medio general de cambio y circulación de mercancías, el dinero -y las mercancías en general- se transforma en medio de vida. Su posesión o no significa posesión o no de otras mercancías (alimentos, ropas, etc.), significa vivir o morir, significa sobrevivir miserablemente o nadar en el lujo y la abundancia. El trabajo pierde su carácter de actividad creadora, de actividad específica y superior del hombre, para transformarse en simple medio de conseguir dinero y la posesión de bienes se transforma en el fin de la vida.
Cada persona es así, enfrentada en el anónimo mercado capitalista que lo rodea como una selva y es empujada a luchar, a competir para sobrevivir.
El obrero es empujado a competir con sus hermanos de clase para conseguir un trabajo, para conservarlo, para ganar más dinero. El capitalista compite salvajemente con los otros capitalistas para ganar su clientela, para aumentar la ganancia propia a costa de la ajena.
Y entre unos y otros, los pequeños burgueses, compiten como el que más, a veces para sobrevivir, a veces para “brillar”, a veces “para progresar en la vida”.
Y en esta competencia salvaje de todos contra todos, o mejor dicho, de cada uno con el mercado que aparece como una fuerza anónima y hostil, cada persona no tiene otro punto de referencia que su propia individualidad.
Cada individuo lucha por sobrevivir y triunfar; él en esa batalla contra las fuerzas hostiles del mercado que no son otra cosa que todas las demás personas, así como él forma parte de esas fuerzas hostiles, para cada uno de los demás.
Por eso, el individualismo constituye la característica esencial de la moral burguesa, ya que emana del carácter mercantil de las relaciones de producción capitalista.
¿Cómo se desarrolla y manifiesta este individualismo? Una vez estabilizada la hegemonía capitalista en las relaciones de producción y por lo tanto la hegemonía burguesa en la sociedad, el individualismo pasa a ser el rasgo dominante de las relaciones humanas.
Los adultos lo transmiten consciente o inconscientemente a sus hijos, que empiezan así a mamar individualismo con el primer trago de leche materna. El bebé competirá con sus hermanos por el alimento y la atención de los padres. Después competirá por los juguetes y más tarde competirá en la escuela por las mejores notas y en los juegos, en los deportes por la victoria de su equipo. Finalmente, ya adulto, se lanzará a competir ferozmente en la industria, el comercio, la ciencia, el arte, la política, la guerra. El individualismo se convierte así en el esqueleto básico de la personalidad, que se va integrando sobre él y formándose en el molde competitivo del capitalismo.
De esta manera, el individualismo no opera solamente en el nivel de los pensamientos conscientes, de las opiniones e ideas corrientes sobre las cosas, sino también en el nivel de las emociones, de los sentimientos y los reflejos condicionados por el medio ambiente, de las actitudes espontáneas, no conscientes, de la formación embrionaria de cualquier pensamiento.
Las características y maneras de ser individualista se constituyen en la personalidad básica de cada uno, características y maneras de ser que la hegemonía burguesa se encarga de reforzar a diario a través de los medios de comunicación de masas, de las escuelas, etc.
He aquí la dimensión del problema. Esta es la razón por la cual resulta tan difícil luchar contra el individualismo. No basta para ser un revolucionario adquirir conscientemente todas las ideas de la clase obrera, la conciencia más general de los problemas. Por el contrario, de lo que se trata es de hacer una verdadera revolución en nosotros mismos. De cambiar radicalmente las opiniones, los gustos, y afinidades sobre las cosas más corrientes y las actitudes más cotidianas frente a todos los que nos rodean.
En una palabra, de desintegrar nuestra personalidad individualista y volverla a integrar, hacerla de nuevo sobre ejes proletarios revolucionarios.
Pero que la tarea sea difícil, no implica que no sea menos urgente y necesaria. Por el contrario, el individualismo es una verdadera gangrena que continuamente destruye lo que construimos. Mal podemos vencer a las fuerzas enemigas, todavía poderosas y dispuestas a librar una guerra cruel y prolongada, sino empezamos por destruir esa verdadera avanzada de las fuerzas enemigas, que opera en nuestras propias mentes y en nuestros propios corazones: el individualismo burgués y pequeño burgués.

PROLETARIZACIÓN y LIGAZÓN con las masas

hemos señalado que para combatir el individualismo es necesario revolucionar totalmente nuestra personalidad, integrarla de nuevo sobre ejes revolucionarios.
Y hemos señalado también que esto no podría lograrse mediante la mera introspección y autoaflicción, sino en la práctica: revolucionando y transformando el conjunto de nuestras relaciones con todos los que nos rodean.
La práctica social establece una relación dialéctica entre el sujeto y su medio: en la medida que el hombre va formando y transformando la realidad a través de su trabajo, de sus relaciones humanas, de cualquier actividad que ejerza, esa misma actividad y los condicionamientos que el medio le impone van formando y transformando al sujeto. Esta es la esencia de la afirmación de Marx que la “existencia determina la conciencia”. El que tiene una práctica social de obrero tenderá a tener una conciencia de obrero. El que tiene una práctica de policía tendrá una conciencia de policía, he aquí la primera clave de la cuestión proletarización. ¿Quiere decir esto que los obreros por el sólo hecho de ser tales están libres del nefasto individualismo? Categóricamente no. El trabajo asalariado del obrero es precisamente la base de la producción mercantil, ya que ese mismo trabajo es considerado por el capitalista como una mercancía que se compra y se usa, obteniendo la plusvalía, que constituye la base de su capital. No se encuentra pues, libre de la opresión mercantil, sino que la sufre más agudamente que nadie y, la hegemonía burguesa en la sociedad también tiende a generar el individualismo en su personalidad.
Pero sucede que el propio papel que el obrero desempeña en la producción mercantil, origina en él la tendencia contraria. En efecto, en la industria capitalista, sobre todo en las grandes fábricas modernas, organizadas en torno a las líneas de producción, la interdependencia de los distintos trabajos parciales es tan estrecha, que el obrero tiende a adquirir fácilmente conciencia del carácter social de la producción que es realizada por su clase y la contradicción entre ese carácter y el de la propiedad privada de las mercancías.
La práctica del trabajo colectivo y la patente injusticia de su enajenación privada engendra así en el obrero una tendencia contraria a la tendencia individualista que le impone su sociedad en su conjunto. Y esta tendencia positiva y superadora es reforzada por muchos otros elementos de su práctica social.
Colectivamente el obrero sufre en su hogar y en su barrio las consecuencias de su opresión social, en forma de mala alimentación, malas condiciones de alojamiento y salubridad, acceso escaso o negado a la cultura oficial de la sociedad. Colectivamente es despedido o va a la huelga, colectivamente choca con la policía cuando quiere expresar su protesta, y cuando la lucha de clases se desarrolla, colectivamente sufre los rastrillos o los bombardeos. Así la propia situación de explotado origina en el obrero profundo odio de clases y una tendencia al igualitarismo que se constituye en negadora y superadora del individualismo burgués y pequeño burgués.
Marx los señala con toda claridad en el capítulo VI del Libro I del Capital (hasta hace poco inédito) cuando dice: “Aquí el obrero está desde un principio en un plano superior al del capitalista, por cuanto este último ha echado raíces en ese proceso de enajenación (del trabajo) y encuentra en él satisfacción absoluta, mientras que por el contrario, el obrero en su condición de víctima del proceso se encuentra de entrada en una situación de rebeldía y lo siente como un proceso de avasallamiento”.
¿Cuál de las dos tendencias prima en la conciencia del obrero, la tendencia individualista, negativa que le impone la hegemonía burguesa en la sociedad o la tendencia colectivista positiva que surge de su carácter de explotado? Es un problema que se resuelve en las luchas de clases, así vemos que los rasgos individualistas se manifiestan con más frecuencia entre los sectores y elementos obreros políticamente menos avanzados; en los otros tienden a primar las auténticas virtudes proletarias: humildad, sencillez, paciencia, espíritu de sacrificio, amplitud de criterios, decisión, tenacidad, deseos de aprender, generosidad, amor al prójimo.
Pero cualquiera sea el grado en que estas virtudes triunfan en cada personalidad, lo importante es que la condición misma del obrero, objetivamente, por el carácter de su papel en la producción, se contienen las posibilidades de superar el individualismo las características y puntos de vista que tienden a superarlo. Este es el meollo del planteo de la proletarización que se quiere decir pues, adquirir las características y puntos de vista del proletariado; entendidas éstas no como las características y puntos de vista subjetivos del obrero Juan o Pedro, que pueden ser tan burgueses como las de su patrón, sino como las características y los puntos de vista que emanan objetivamente de su carácter de clase, históricamente interesado en liberar a la humanidad, liquidando todas las clases.
Y proletarizarse constituye la condición básica, el paso previo imprescindible para combatir y tender a liquidar el individualismo. Y con él, a todas las manifestaciones de la hegemonía burguesa, para establecer la hegemonía proletaria en la sociedad, lo que a su vez constituye el paso previo imprescindible para la conquista del poder político.
¿Cómo lograr entonces la proletarización? Aunque parezca perogrullesco decirlo, la manera fundamental de proletarizarse de las organizaciones revolucionarias, es aumentar constantemente la proporción de obreros en sus filas, ganar crecientemente a los obreros de vanguardia que reflejan las auténticas virtudes de su clase. Y vale la pena repetir esta aparente perogrullada porque hay muchos compañeros revolucionarios que aunque reconocen sinceramente esta necesidad en la teoría, no se esfuerzan consecuentemente en la práctica por llenar de obreros las filas revolucionarias.
Cuando las organizaciones revolucionarias están constituidas en su base y en su dirección por una clara mayoría de obreros, recién entonces habrán adquirido la madurez política para cumplir cabalmente su misión histórica.
Individualmente para los revolucionarios de extracción no proletaria, la proletarización pasa ante todo por compartir la practica social de la clase obrera, su modo de vida y su trabajo. Es un error creer que basta abrazar la ideología de la clase obrera y luchar por ello para adquirir sus características y puntos de vista. Empuñar las armas resulta incluso insuficiente si nuestra vida cotidiana continúa encerrada en el marco de la práctica social burguesa o pequeño burguesa.
Pero es un error también creer que basta trabajar en una fábrica o vivir en un barrio obrero para proletarizarse, como se indica más arriba. Si bien por un lado la situación de la clase obrera engendra en ella una tendencia positiva, por otro lado, la burguesía ejerce una presión hegemónica contraria, sobre toda la sociedad, incluso los obreros, generando así la tendencia al individualismo.
Proletarizarse, desarrollar la nueva moral, es pues un proceso más completo y profundo, que interesa a todo militante revolucionario, incluso a los obreros, pero sobre todo a los no obreros.
Parte de insertar la propia vida en la condición obrera, pero no se detiene allí. Por el contrario, en la medida en que el revolucionario comienza a encuadrar la condición proletaria en su vida, su trabajo, sus luchas, nuevas exigencias se le formulan y comienza recién a delinearse el largo camino a recorrer, largo camino que no sólo liberará a los pueblos en cuanto tales sino a cada una de las personas que lo componen de la estrecha celda del individualismo. Exactamente lo que León Trotsky dijo: “Algún día la revolución liberará al hombre de la negra noche de yo circunscripto”. Este largo y maravilloso camino de la revolución del hombre de todas sus cadenas sólo puede comenzar en un punto de partida, que cada revolucionario y organización revolucionaria debe alcanzar para iniciar la marcha a la victoria. En el seno mismo de la clase que con sus manos, sus mentes y sus corazones está diariamente creando los valores y haciendo andar las ruedas de la historia. En la entraña palpitante de las masas populares que más crudamente sufre la enajenación de su trabajo, que más duramente son negadas por la sociedad capitalista, pero sin embargo está afirmado en cada acto los valores fundamentales del hombre, los valores que serán plenamente rescatados por la revolución: el trabajo, el futuro de nuestros hijos, la gran fraternidad humana.

el individualismo en las organizaciones revolucionarias

Existen múltiples manifestaciones del individualismo en el seno de las corrientes revolucionarias, cada una de las cuales refleja con diferentes matices la hegemonía burguesa sobre las nacientes organizaciones del proletariado y el pueblo. Sólo en el desarrollo práctico de nuestra proletarización, en el ejercicio permanente de la crítica y la autocrítica podremos ir caracterizándolas y corrigiéndolas a todas.
Señalaremos en este trabajo solo las más importantes, aquellas que más visiblemente están corroyendo en forma continúa los esfuerzos de construcción de una organización proletaria-revolucionaria en la Argentina: el subjetivismo, la autosuficiencia, la búsqueda de prestigio, el espíritu de camarilla, el liberalismo, el temor por sí mismo. Estas y otras manifestaciones del individualismo tienen una característica común que consiste en colocar la propia consideración y las propias precauciones por encima de los intereses de la revolución, en tomarse como punto de referencia a sí mismo y no al proceso histórico, a la clase obrera y al pueblo.

A) EL SUBJETIVISMO: Esta manifestación del individualismo consiste en no utilizar correctamente los métodos científicos de análisis, en lugar de analizar la realidad objetivamente, seguir las enseñanzas del marxismo y sacar las conclusiones que correspondan, por desagradables que nos resulten, se procede al revés: torciendo y manejando el método se sacan las conclusiones que coinciden con nuestros deseos o proyectos. Así, por ejemplo, hay compañeros que caracterizan una determinada zona o frente de trabajo como poco propicios para la actividad revolucionaria, porque no desean ir a militar o seguir militando allí, o para justificar sus propios errores por el contrario se caracteriza como muy importante la propia actividad allí encubriendo deseos personales de encontrarse en ese lugar.
Esta grave desviación puede llegar y llega al extremo de deformar la caracterización de toda una etapa histórica para acomodarla a los propios deseos de continuar llevando o volver a llevar una cómoda existencia burguesa o pequeño burguesa. El subjetivismo se manifiesta también en no reconocer con franqueza los propios errores y limitaciones, buscando disimularlos con los ajenos o con falsas interpretaciones.

B) LA AUTOSUFICIENCIA: Esta es una de las manifestaciones del individualismo que consiste en subestimar la capacidad de los demás compañeros y de las masas y sobrestimar la propia capacidad. El compañero autosuficiente creerá siempre que lo sabe todo y que es el único que sabe hacer las cosas. Prestará poca o ninguna atención a la opinión de otros compañeros y de las masas. Creerá que nada tiene que aprender de ellas y por el contrario se precipitará a volcar su propia ciencia sobre los demás. El apresuramiento, la irreflexibilidad, la pedantería, son consecuencias y complementos naturales de esta actividad. El resultado será que el compañero autosuficiente perderá el respeto y la estima de los demás y la visión correcta de la realidad, lo que a su vez lo llevará al subjetivismo para justificar sus errores, creando así un círculo vicioso sumamente nocivo para el desarrollo revolucionario.

C) la BÚSQUEDA de prestigio: Es una manifestación de individualismo que generalmente se complementa con las dos anteriores y que muestra con más claridad que cualquier otra el rasgo más esencial del individualismo, o sea la anteposición de la propia persona a los intereses de la revolución.
Consiste en tratar de hacer las cosas bien pero no por la utilidad que reportan a las tareas revolucionarias sino para ganar méritos, ser halagado y halagar el amor propio. Se da a todos los niveles, pero particularmente es más notable y dañino entre los elementos de dirección.
El militante de base que cae en estas manifestaciones del individualismo procura destacarse ante su responsable para ser felicitado y tenido en cuenta en la próxima “promoción”.
El cuadro medio que cae en ella buscará por un lado ser admirado y respetado por sus bases, a fin de usar esa base como “masa de maniobra”, en sus deseos de “ascensos” en la organización y por otro lado, buscará destacarse y hacer méritos ante los órganos de dirección, a fin de acceder a ellos.
Finalmente, los elementos de dirección que acusan esta grave desviación, se comportan como caudillos, buscando la admiración de los militantes y compitiendo por ella con sus pares.
Esta forma de individualismo crea graves problemas en las filas de las organizaciones revolucionarias.
En primer lugar, se crea un espíritu de competencia entre los compañeros que caen en ella, generando enfrentamientos, problemas y desviaciones. En lugar de contribuir al éxito colectivo modesta y silenciosamente y ayudar a los otros a realizar sus aportes, se buscan sobresalir individualmente a costa de los demás, tratando de acaparar las tareas que pueden aparentar brillos y dejar a otros las más oscuras y difíciles, callando los propios errores, en lugar de corregirlos, mientras que señalan vocingleramente los ajenos, induciendo incluso al error o dejándolos caer en él, a sabiendas para resaltar el propio acierto o disimular las propias fallas.
Por otra parte, se distorsionan los informes y puntos de vista, resaltando los aspectos negativos de las actividades y opiniones de los otros y destacando e inflando los propios méritos. Por ejemplo, al tomar una actividad que ha estado en manos de otros compañeros se elaborará un informe negativo señalando múltiples errores y deficiencias para luego pasar a corto plazo un informe excelente sobre los avances de la tarea.
De esta manera se atenta contra la fuente del conocimiento. Una organización tiene numerosos órganos de conocimiento, que son sus propios militantes, pero si los organismos encargados de centralizar la actividad, manejan una información que ha sido distorsionada por sus militantes integrantes y/u otras instancias encargadas de elaborarlas, formularán una apreciación equivocada de la realidad o tomarán decisiones equivocadas que conducirán al error en toda la organización.
Finalmente, esta búsqueda de prestigio conducirá a la formación de camarillas y a la utilización de prácticas burocráticas.

D) el ESPÍRITU de camarilla: Esta manifestación del individualismo es resultado directo de las anteriores. Reproduce a nivel de grupo lo que la búsqueda de prestigio significa a nivel individual y consiste en la construcción de grupos, más o menos cerrados, que buscan diferencias o privilegios para sus miembros.
En los organismos de base se presenta como “Chauvinismo de Equipo”; cada organismo de base pretende destacarse como el “mejor” olvidando el papel que a cada uno de ellos corresponde para el buen desarrollo del conjunto.
Esta desviación conduce a una competencia entre equipos cuyos responsables se disputan en los órganos centralizadores los materiales necesarios para la actividad, los mejores combatientes, los frentes de trabajo, etc. Cuando equipos que han caído en estas desviaciones deben colaborar en alguna actividad cada uno trata de subordinar a los otros para llevar la mejor parte en la tarea y destacarse. Esta desviación se presenta también como regionalismo. Porteños, rosarinos, cordobeses, tucumanos, etc. pretenden respectivamente destacarse como los mejores, olvidando que la revolución es un problema nacional e internacional. Se originan así competencias regionales, que producen los problemas antes señalados en una escala más amplia. Esto es lo que podríamos denominar espíritu de camarilla a nivel orgánico. Existen otras formas de expresarse a nivel orgánico. Consiste en grupos de compañeros que tienen relaciones anteriores o ajenas a la militancia y constituyen grupos al margen de la estructuración orgánica.
Esta forma es la más nociva, porque rompe el tabicamiento y crea todo tipo de problemas. Los compañeros que constituyen estas camarillas llevan y traen chismes y problemas de un organismo a otro poniendo en peligro la seguridad y el buen funcionamiento de la organización, llegando incluso a construir verdaderos grupos de presión interna. Pero la forma de expresión más nociva de todas es el espíritu de camarilla a nivel de cuadros medios y de dirección. A este nivel conduce inevitablemente a prácticas burocráticas y origina graves problemas. Comienza a manifestarse de manera aparentemente inocente: los elementos de dirección que caen en estas desviaciones comienzan por crear una especie de “lenguaje propio” para comunicarse ciertos comentarios, ciertas referencias a determinados hechos o textos, a los que no tienen acceso los compañeros de base o los que forman parte del grupo. De esta manera los integrantes de esta camarilla se constituyen en un “círculo de iniciados” al que no tiene acceso el común de los mortales. Las relaciones con los compañeros de base se hacen paternalistas, se les da a entender que ciertas cosas no son para ellos y se compensan con actitudes ferretistas, con vagas promesas de entrar al círculo de iniciados si se hace buena letra.
Si este error no es advertido a tiempo y severamente corregido por los propios compañeros o por la organización, la camarilla se va haciendo tal cada vez más. Sus miembros se favorecen unos a otros, evitando señalarse los errores entre sí y destacando en cambio los de los compañeros que no la integran.
La camarilla se va haciendo cada vez más un grupo separado burocráticamente de la base y una fracción diferenciada en el seno de los órganos dirigentes. Cuando alcanza este punto, sirve de vehículo para canalizar violentamente cualquier diferencia táctica. Esta diferencia no aparece ya como una cuestión de criterios diferentes que se resuelven en la práctica, sino que se utiliza como pretexto para desencadenar una abierta lucha de clases en la organización defendiendo sus intereses de grupo.
Pero aún en sus formas más incipientes, es sumamente nocivo no sólo por su capacidad potencial de transformarse en camarilla constituida y actuante, sino por los problemas inmediatos que causan: desconfianza, resentimiento, competencia, descuido de los intereses de conjunto de la organización por eso es necesario ser vigilante con respecto a las formas embrionarias del espíritu de camarilla tales como el amiguismo y la compinchería.
Para facilitar esa vigilancia es conveniente que esas relaciones entre compañeros sean sobrias y políticas; sobre todo en los compañeros de dirección entre sí y con los compañeros de las bases. Naturalmente no podemos ni debemos convertirnos en fríos monjes laicos. No esta excluido el sano afecto entre compañeros la camaradería, el buen humor, pero se debe evitar cuidadosamente que esto se transforme en amiguismo y compinchería, que las relaciones no se basen en otra cosa, que no sea la comunidad de objetivos históricos, el interés superior de la revolución.

E) EL LIBERALISMO: Mao Tse Tung lo ha tratado científicamente y ampliamente en su conocido trabajo “sobre el liberalismo”. Para estos problemas nos remitiremos en líneas más generales a él y trataremos aquí un sólo aspecto particular, muy difundido en las organizaciones revolucionarias argentinas que ha causado graves daños a todas ellas: el liberalismo en materia de seguridad.
Esta forma de expresar el liberalismo se basa en el subjetivismo y la autosuficiencia y consiste en sobrestimar la capacidad propia y subestimar la del enemigo. Pero por sobre esta forma básica, aparecen en la práctica múltiples matices que se enraízan en otras manifestaciones del individualismo: el rutinismo, la falta de interés por las tareas, la tendencia a aplicar la línea del menor esfuerzo, etc.; para justificarlo se suele afirmar que estos problemas son consecuencias necesarias de la actividad, que cuando la actividad político-militar es pobre se puede cuidar la seguridad. Nada más falso. Por cierto que los reformistas y los temerosos de la guerra usan la seguridad como una excusa para no combatir ni trabajar entre las masas. Pero la experiencia de las organizaciones que tienen una verdadera práctica revolucionaria demuestra que la actividad intensa y la seguridad no se contraponen. Por el contrario, justamente la actividad tiene continuidad y firmeza cuando se cuidan los problemas de seguridad. Por el contrario, cuando se descuida la seguridad, el primer contratiempo provoca “reacciones en cadena”, que retrasan la actividad a corto y largo plazo. No nos extenderemos en el aspecto técnico de la seguridad, porque cada organización tiene seguramente numerosos materiales sobre el tema basados en la rica experiencia hasta ahora realizada al respecto. Lo que queremos remarcar es que este liberalismo está lejos de ser una muestra de coraje y decisión proletarias como algunos compañeros suelen creer. Por el contrario, es una peligrosa manifestación del individualismo burgués y pequeño burgués que revela grave responsabilidad en los compañeros que caen en él y actúa corrosivamente contra la eficacia y el avance de su organización.

F) EL TEMOR POR SI MISMO: La prolongación frecuente y material de cualquier manifestación del individualismo es el temor por la propia persona. El compañero que conserva rasgos de individualismo, tiende, consciente o inconscientemente, a preocuparse por su propia persona más que por la organización; la justificación última del individualista, su punto de referencia para todos sus proyectos y deseos, es él mismo. El individualista puede luchar sinceramente por la Revolución, pero quiere gozar personalmente de sus frutos. El temor por perder la vida o de resultar gravemente amputado física o mentalmente, lo corroe consciente o inconscientemente. Al encontrase en momentos difíciles en que se pone en juego la labor de mucha gente durante mucho tiempo, cuando de su propia decisión depende avanzar o retroceder bajo el fuego enemigo, cuando de la propia decisión depende delatar o callar bajo la tortura, ante la amenaza inmediata de una muerte real o simulada, el individualista tenderá a ser débil. Lo que en la práctica cotidiana aparecía como defectos menores de compañeros aparentemente excelentes, se revelará en esos momentos en toda su magnitud, como el verdadero cáncer de cualquier organización, la lacra que puede llevar al desastre a los revolucionarios mejor intencionados.

LA CORRECCIÓN DEL INDIVIDUALISMO: No se puede hacer un recetario sobre el tema. De la práctica revolucionaria en el seno de las masas iremos extrayendo los mejores modos de corregir este mal. Pero hay algunas normas básicas que surgen claramente de la experiencia ya adquirida. En primer lugar es necesario tener una clara conciencia del verdadero rol y de la verdadera dimensión del individualismo en las filas revolucionarias. No tomar el problema a la ligera y mantener una permanente y severa vigilancia mutua con todos los compañeros, sobre todo con los compañeros de dirección. En segundo lugar, esforzarse por la proletarización constante de la organización, de cada revolucionario tal como lo explicitamos anteriormente. En tercer lugar, ejercer constantemente la crítica y la autocrítica sobre todos los aspectos de la actividad teniendo siempre como un aspecto práctico y particular el individualismo y sus diversas manifestaciones. Sobre esta cuestión de la crítica y la autocrítica hay que señalar un par de aspectos. Teóricamente todo el mundo reconoce el valor de esta gran norma de los revolucionarios, pero en la práctica no siempre se la utiliza correctamente cayendo en una de las dos desviaciones: a veces, se utiliza la crítica como arma de ataque personal, criticando a los compañeros a quienes les interesa desprestigiar, otras veces en cambio, se callan los errores ajenos, para evitar que nos señalen los propios. Y a veces, se cae en dos desviaciones a la vez, [en] la segunda con los amigos y en la otra con los demás compañeros. Lo mismo sucede al recibir la crítica. Es frecuente que los compañeros al ser criticados se enojen o molesten, tratando de contrarreplicar con otras críticas, o de encontrar fallas en la crítica formulada, es necesario pues crear un ambiente propicio a la crítica y a la autocrítica, ejerciendo en forma cotidiana y sistemática, sin esperar a que los problemas nos den en las narices, para empezar a tratarlos.
Al respecto, es interesante ver lo que hacen los vietnamitas, dice Burchett en “Porqué triunfa el Vietcong”: “La organización básica del Vietcong es el trío. Todos los días los tríos se reúnen y analizan la actividad del día. Estas reuniones consisten generalmente en sesiones de críticas y autocríticas. Cada semana se efectúa una reunión de este tipo a nivel de escuadra (10 H), quincenalmente a nivel pelotón (31 H) y mensualmente a nivel compañía (120 H).
También es conveniente que cada compañero ponga el acento en la autocrítica antes que en la crítica.

la familia en la perspectiva revolucionaria

En el trabajo anterior hemos señalado algunas manifestaciones del individualismo como rasgo esencial de la hegemonía burguesa en el terreno ético.
Queremos ahora promover el debate acerca de estas manifestaciones en el campo particular de la pareja, la familia, y la crianza de los hijos. Engels, en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” ha demostrado el carácter de clase de la familia, refutando la errónea creencia de que la misma sea una institución “natural”, propia de la “naturaleza humana”. En este sentido, demostró que la familia que nosotros conocemos, es un fenómeno históricamente determinado, propio de la sociedad capitalista. Pero Engels no planteó como sería o debería ser la pareja y la familia socialista. No lo hizo, no podía hacerlo, porque siendo la familia un elemento de las relaciones sociales, una familia socialista sólo podrá plantearse sobre la base material de las relaciones de producción socialista.
Por lo tanto, los revolucionarios sólo nos podemos manejar al respecto, como en las demás cuestiones éticas, con una moral de transición, propia de la época de transición del capitalismo al socialismo que vivimos históricamente.
No obstante, es importante señalar que Engels rescata y defiende la pareja monogámica burguesa como forma de relación familiar superior a las anteriores de transición a la familia socialista. En efecto, la libertad de la persona humana, su desarrollo armónico, son más viables aunque no se alcance totalmente en esta forma de familia, que en las formas que la precedieron: la poligamia, la poliandria, matrimonios por grupos y promiscuidad.
Esta afirmación teórica de Engels va siendo confirmada en la práctica de los estados obreros. La construcción de una nueva familia parte en todos ellos de la pareja monogámica como célula básica, demostrando su carácter superior como unidad de construcción de la familia socialista. Es un importante elemento a tener en cuenta para los revolucionarios de los países que aún están en manos del enemigo, que debemos realizar la construcción de nuestras propias formas de transición en el seno y en contraposición a la sociedad burguesa.
Es importante, sobre todo, en este momento en que la moral burguesa tradicional aparenta revolucionarse a sí misma, a través de lo que algunos comentaristas han dado en llamar la revolución sexual.
Esta falsa revolución consiste simplemente en volver del revés los conceptos burgueses tradicionales sobre la familia, la pareja y el amor. Pero permanece en terreno de la hegemonía burguesa en las dos cuestiones esenciales. La osificación de las relaciones humanas y la sujeción de la mujer al hombre. La forma tradicional de la hegemonía burguesa osifica las relaciones de pareja y sujeta a la mujer al hombre, esclavizándola en el seno del hogar patriarcal, impidiéndole su desarrollo en otros terrenos, haciendo un tabú de la virginidad, la fidelidad, etc. La forma de la hegemonía burguesa que se pretende imponer, procede exactamente a la inversa: predica un supuesto “amor libre” que aparentemente liberaría a los miembros de la pareja, particularmente a la mujer de la sujeción tradicional. Pero lo que en realidad hace es establecer nuevas formas de esclavización de la mujer y de osificación de las relaciones entre ambos sexos. Por un lado, se despoja al amor de su carácter integral, de la relación armónica entre los múltiples aspectos de la personalidad humana a través de la pareja, para osificarlo y unilateralizarlo en un solo aspecto: el del sexo en sus manifestaciones más elementales. Se degrada así al sexo a su aspecto animal y se presenta esta relación degradada como la panacea de todos los males. Por otro lado se pone al sexo, y particularmente al sexo femenino, al servicio del sistema capitalista, en la expansión del mercado, en la imagen de sí misma que trata de dar la hegemonía burguesa y el funcionamiento de la superestructura. Esto se puede ver con claridad en el papel que desempeñan la imagen de la mujer y el sexo en general en la publicidad, en la moda, los medios de comunicación masivos y las llamadas relaciones públicas. Para construir esta nueva moral sexual y familiar, los revolucionarios debemos partir de puntos de vista radicalmente opuestos. En primer lugar, la relación de pareja y las relaciones familiares deben ser despojadas de la osificación general que la producción mercantil impone a todas las relaciones. Debemos comprender que nuestra pareja o nuestros hijos no son objeto de nuestro placer o de nuestras necesidades, sino sujetos, personas humanas integrales que no tienen en su personalidad un sólo aspecto, el sexual, o el familiar, o el filial, sino múltiples aspectos que componen la totalidad de la persona humana. Si comprendemos esto, lograremos un presupuesto básico para comenzar a avanzar en este terreno: la absoluta igualdad entre los sexos y el carácter integral de las relaciones personales de la pareja o la familia.
Debemos plantearnos a continuación un segundo problema. ¿Cuál es la base material de esa relación? ¿El sexo o la actividad social? Consciente o inconscientemente la creencia de que el sexo es la base material de la pareja caracteriza la mayor de las relaciones, incluso entre algunos compañeros revolucionarios. Sin embargo, la sicología moderna y numerosas experiencias demostraron lo contrario: sólo cuando la pareja tiene relaciones armoniosas en los demás terrenos logra al mismo tiempo la plenitud sexual. Por el contrario las relaciones que pretenden basarse puramente en el sexo, terminan por frustrarse en todos los aspectos, incluso en el sexo.
La pareja sólo puede, pues, basarse en una relación integral entre sus miembros, que tiene como base material la actividad social de los mismos, el rol concreto que juegan en la sociedad: el de militantes revolucionarios.
Por lo tanto, la pareja revolucionaria es una relación integral entre dos personas que tienen un eje, una base material: su actividad revolucionaria. La relación será armónica y positiva en la medida que contribuye al avance como revolucionarios de los compañeros de la pareja y al enriquecimiento de sus relaciones con la organización revolucionaria, con la clase obrera, con el pueblo, con el conjunto del proceso revolucionario. Por cierto no debería interpretarse esto de una manera esquemática, en el sentido de que basta pertenecer a la misma organización y ser buenos militantes para establecer una buena pareja. Es claro que además de ello son necesarios otros aspectos, otras afinidades, otros afectos. Pero sí debemos interpretarlo en el sentido dialéctico. Debemos comprender que para los revolucionarios la pareja no es una entidad “personal” al margen del conjunto de sus relaciones y actividades políticas. Por el contrario, la pareja es una actividad política, también. Sus integrantes pueden y deben encontrar en ella una verdadera célula básica de su actividad política, integrada al conjunto de sus relaciones. Decimos “célula básica” porque en ella encontrarán sus miembros el primer elemento de confrontación de sus propios avances revolucionarios y el primer punto de apoyo para realizarlos. Pero decimos integrada al conjunto de sus relaciones, porque la pareja revolucionaria no debe constituir una unidad cerrada que empieza y termina en la misma, sino como decimos más arriba integrarse en sus relaciones al conjunto de la organización, con la clase obrera y el pueblo y con el conjunto del proceso revolucionario. En efecto, esta pareja puede y debe integrarse a una forma de vida comunitaria constituida por el grupo de compañeros que comparten una unidad de vivienda (si ese es el caso). Este grupo constituye la célula básica, no sólo de la actividad político militar de la organización sino de un estilo de vida que constituye una adecuada transición hacia el futuro estilo de vida socialista. En el seno de la organización de la casa, los compañeros tanto los que constituyen parejas como los que no, compartirán todos los elementos de su vida cotidiana. No sólo se integran activamente en la actividad revolucionaria, sino que integran todos los elementos de su vida cotidiana compartiendo sus recursos a través de un fondo común y rotativamente las tareas domésticas, prácticas de la casa, tanto aquellas relacionadas con la actividad como las relacionadas con la vida corriente del grupo, comparten en fin, los ratos libres, las diversiones, el estudio, etc. En este embrión y proyecto de vida en común la pareja revolucionaria constituida contribuye a la estabilidad del grupo y encuentra en él el medio adecuado para proyectar su propia relación en el conjunto de sus relaciones sociales de manera positiva. Pero tampoco esta “célula político-familiar” puede aislarse de la realidad que la rodea. Proceder de esa manera es tratar de construir la organización revolucionaria como una planta de invernadero, separada del resto de la sociedad. Por cierto que de esa manera no constituiremos organización revolucionaria alguna. La organización revolucionaria debe ser delimitada claramente de las masas en el terreno organizativo, como señaló Lenin, pero políticamente debe ser un organismo abierto a las masas, como también señalaba Lenin al decir que se debe aprender de las masas para poder educarlas. A lo que cabe agregar que cuando las organizaciones no son lo suficientemente maduras, es más lo que deben aprender de las masas que lo que deben enseñar a ellas. Esto es válido también en el terreno de la construcción de una nueva ética para la pareja y la familia. Esta célula básica político-familiar que constituye el grupo de compañeros que comparten una unidad de vivienda debe estar permanentemente abierta y ligada a las masas, no sólo en sus relaciones políticas más generales, sino en su vida cotidiana. Cuando más arriba planteamos la necesidad de que los compañeros compartan las tareas de la casa, la utilización del tiempo libre, el estudio, etc. ello debe entenderse en el sentido de compartirlo no sólo entre si, sino con las masas. De allí la importancia de la vida en medios proletarios. Abriendo su unidad familiar a los vecinos, a las masas que nos rodean e integrándonos a ellas, los revolucionarios aprenderán de las masas, confrontarán con ellas el acierto o desacierto de sus prácticas y puntos de vista y podrán aportar a las masas los legítimos progresos que hagan en su vida como revolucionarios. Digamos de paso, que al mismo tiempo es la única manera de garantizar la seguridad correctamente.

La crianza de los hijos

En este marco se inscribe la cuestión de la crianza de los hijos. En primer lugar, es necesario salir al cruce de la opinión arraigada entre algunos compañeros en el sentido de que los revolucionarios no deben tener hijos pues éstos los limitan en su condición de tales. Esta afirmación es incorrecta.
Es cierto que se pueden citar casos de compañeros que por temor por sus hijos han dado muestras de debilidad frente al enemigo, que a causa de ellos han descuidado su actividad revolucionaria. Pero esto no quiere decir que los hijos sean las causas de estas actitudes individualistas, sino que constituyen por el contrario, un efecto, una manifestación más del individualismo burgués y pequeño burgués, que en esos casos se manifiesta a través del temor por los hijos o por el descuido de las tareas en aras de ellos.
Como en otras circunstancias se manifiesta de otra manera. El revolucionario sólo puede ser cabalmente tal en la medida que sea un ser humano completo, que desarrolla integralmente su condición humana, como a la inversa, la actividad revolucionaria es la condición básica para el desarrollo integral de su personalidad.
En este sentido, la natural e instintiva tendencia del ser humano a prolongar la existencia de su especie, puede y debe ser tratada de una manera revolucionaria. Esto no implica por cierto la obligación de ser un gran padre, o madre, para ser un revolucionario cabal, pero si implica lo contrario, es decir, el hecho de ser un buen padre o madre no se contrapone sino que se complementa con la formación de un revolucionario cabal.
Pero para ello es necesario desprenderse de la actitud individualista corriente frente a los hijos. Esta actitud individualista consiste en unilateralizar la relación padres-hijos, unilateralizarla de la misma manera que se unilateraliza cualquier otra relación humana, considerando un solo aspecto de la persona. En este caso su condición de hijos nuestros. Esta actitud corriente frente a los hijos es la prolongación natural del individualismo propio de la hegemonía burguesa. Desde el momento que bajo esta hegemonía el centro de sus valores y el punto de referencia de cada persona lo constituye su propia individualidad, ya que son las únicas personas que llevan en sí elementos muy íntimos de nosotros mismos.
Para erradicar esa actitud individualista debemos empezar por comprender que nuestros hijos como todas las personas, no tienen un sólo aspecto, es decir, su carácter de hijos, sino que son personas humanas como nosotros mismos y que en cuanto personas tienen sus propias necesidades de desarrollo integral como cualquier otra y hemos señalado que entre esas necesidades de la persona humana figura en primer término la integración al proceso histórico que vivimos. Naturalmente en el caso de los niños, estas necesidades tienen características muy especiales, ya que su corta edad requiere de los adultos una especial protección y les impide comprender muchas cuestiones.
En este sentido, debemos empezar por entender que los chicos no son adultos petisos sino niños, es decir, personas con características básicas distintas a las de los adultos. En consecuencia nuestra primera obligación hacia ellos es brindarles los elementos de comprensión de sus circunstancias en términos adecuados a su edad en cada caso y prestarles la protección que su vulnerabilidad e indefensión requieren. Pera esta atención debemos brindarla de una manera revolucionaria, no individualista. Brindarla desde el punto de vista de una ética basada en la vida colectiva. Esto quiere decir que por un lado la atención de los hijos no puede contraponerse al conjunto de las actividades de un revolucionario sino integrarse en ellas. Los hijos de los revolucionarios deben compartir todos los aspectos de la vida de sus padres, incluso a veces sus riesgos. Por cierto que debemos tratar de brindar a los niños protección especial, propia de su corta edad. Pero siempre que esa protección especial no se contraponga con los intereses superiores de la revolución. La hermosa imagen de la madre vietnamita que amamanta a su niño con el fusil a su lado, que hemos visto en algunos afiches y revistas, es todo un símbolo de esta nueva actitud revolucionaria frente a los hijos. Los vietnamitas brindan a los niños toda clase de atenciones especiales, pero cuando a veces ellos deben compartir los riesgos de la guerra, sus padres no vacilan en que así sea. Para que esta actitud revolucionaria frente a los hijos sea posible, es necesario que se integren al concepto de pareja y al concepto de unidad familiar que hemos señalado más arriba.
Debemos desterrar para siempre la idea de que la crianza de los hijos es “una tarea de la madre”, aún en sus aspectos prácticos más elementales. La crianza de los hijos es una tarea común de la pareja y no sólo de la pareja sino del conjunto de compañeros que comparten una casa. Al respecto, debemos promover activamente una nueva actitud. Cuando se habla de compartir en el seno de la casa común no sólo la actividad político-militar del grupo, sino el estudio, la utilización del tiempo libre y las tareas comunes, de la vida cotidiana, estas tareas comunes deben incluir la tarea superior de la crianza de los hijos de los compañeros que comparten la casa.
Al respecto es interesante señalar las experiencias hechas por el pueblo revolucionario de Cuba en la Isla de Pinos. Allí jóvenes parejas realizan experiencias de nuevos modelos de vida comunitaria, practicando entre otras, la crianza común de los niños. La experiencia resulta altamente satisfactoria tanto para los padres como para los hijos, demostrando así en la práctica lo que la sicología había establecido teóricamente: lo que los niños necesitan no es tanto “su” padre y “su” madre, sino la imagen del padre y la madre. Es decir, todo lo que éstos significan en afectos, protección, apoyo, identificación de personalidad para el aprendizaje, etc. y estas imágenes son perfectamente intercambiables, cuando el intercambio se efectúa correctamente, aún cuando el niño distinga cuáles son biológicamente sus padres. Si en la práctica corriente de la sociedad los niños que no se crían con sus padres experimentan todo tipo de problemas, no es por la carencia en sí de sus padres, sino porque las personas que lo reemplazan no desempeñan el papel de padre revolucionario. Es decir, porque el individualismo no permite que se trate a los niños como se trataría al propio hijo. Si por el contrario, se pone en la crianza del niño todo el cariño y la atención que se pondría en el hijo propio, el niño no experimentaría carencia alguna. Son las diferencias que se hacen con ellos, las que perjudican a los chicos. Esta actitud revolucionaria frente a la crianza de los hijos es perfectamente posible y debemos promoverla en el marco de esa verdadera nueva unidad familiar que deben constituir el grupo de compañeros que comparten una unidad de vivienda. Haciendo así, constituye una verdadera tarea, tan importante como cualquier otra tarea político-militar pues se trata nada menos que de la educación de las futuras generaciones revolucionarias, las que tendrán sobre sus hombros la tarea de construir el socialismo.
Finalmente, esta actitud debe ser complementada con la seria atención que deben prestar las organizaciones revolucionarias al cuidado de los hijos de los compañeros muertos o prisioneros. La organización tenderá a ocuparse no sólo de los aspectos materiales más urgentes de ese cuidado, sino también a promover la integración del niño a una nueva unidad familiar en el seno de la organización. Esto es particularmente importante en los casos de hijos de compañeros de extracción no proletaria. Generalmente estos niños quedan en manos de abuelos o tíos y de esta manera todo lo que sus padres hayan avanzado en la lucha contra el individualismo burgués y pequeño burgués, lo perderá el niño, al volver a recibir en el hogar de sus abuelos o tíos la influencia de la hegemonía burguesa.
También este aspecto debe ser integrado en la vida de las masas. Los niños deben integrarse a las masas de la manera que es posible a ellos, jugando y conviviendo con los hijos de los obreros. Y los padres debemos ocuparnos mutuamente de los problemas de la crianza. Confrontar con nuestros vecinos las prácticas y puntos de vista de ella, compartir con ellos la crianza de nuestros hijos y de los suyos, brindar una atención general a los problemas de los niños, sin establecer diferencias odiosas entre “hijos propios y ajenos”.
De esta manera los niños irán avanzando en una educación proletaria que debemos complementar con una educación política, en términos adecuados a la edad de cada niño.

el papel de la mujer

Sobre la base de los criterios generales planteados más arriba, debemos analizar en particular el problema de la mujer, comprendiendo su situación concreta aquí y ahora. En la sociedad burguesa, la mujer, sobre todo la mujer obrera, constituye un sector explotado particularmente, en la explotación u opresión general como tal. Debemos distinguir en esta situación las diferencias que derivan biológicamente de su papel de madre y aquellos elementos que son puramente sociales; para integrar los primeros en el planteamiento ético que realizamos y combatir los segundos.
En el primer aspecto, es claro que durante el embarazo y la lactancia la maternidad plantea obligaciones especiales. Las compañeras deben asumir esta realidad, y no creer que al ser madres podrán militar de la misma manera. Habrá limitaciones lógicas a las actividades prácticas habituales. Pero estas limitaciones se deben comprender revolucionariamente, como impuestas por la tarea superior de educar a las futuras generaciones revolucionarias y compensarlas prácticamente con otro tipo de actividades viables, como por ejemplo el estudio. Su pareja y demás compañeros deberán comprender este problema y apoyar a las compañeras de una manera revolucionaria, ayudándoles a comprender y superar esas limitaciones prácticas. Esto se podrá lograr también en la medida que se integra nuestra vida cotidiana a la vida de las masas. Por ejemplo, aprendiendo de las mujeres proletarias la manera en que se cuidan mutuamente los hijos y de otras muchas maneras.
En cambio otras formas de limitación y opresión de la mujer son manifestaciones de la hegemonía burguesa, tal como hemos señalado más arriba. Estas expresiones deben ser combatidas activamente. Para ello las organizaciones revolucionarias deben tomar entre sus reivindicaciones la liberación de la mujer, particularmente de la mujer proletaria. Es bien visible la doble explotación a que se las somete en forma de salarios inferiores, condiciones de trabajo peores que los hombres y hasta atentados a su pudor por parte de los patrones o el personal jerárquico. A su vez este planteo sólo podrá llevarse evidentemente a la práctica en la medida que ingresen a las organizaciones revolucionarias las propias interesadas: las mujeres proletarias.
Es muy visible como se manifiesta en el seno de nuestras organizaciones la hegemonía burguesa, a través del gran déficit de compañeras obreras. Es muy importante que las organizaciones en su conjunto y particularmente las compañeras, se preocupen por ganar para nuestras filas mujeres proletarias, en elevarlas a cuadros revolucionarios y proletarizarse ellas mismas.
Debemos plantear los problemas particulares de las mujeres obreras y dirigirnos a ellas llamándolas a nuestras filas para luchar por estas reivindicaciones y por el conjunto de los objetivos revolucionarios. La proletarización que reclamamos para todas las organizaciones debe tener especial énfasis entre los elementos femeninos.
Sólo así podremos resolver en la práctica el problema de la doble opresión de la mujer e integrar esta cuestión en su aspecto ético al conjunto de nuestros esfuerzos por la construcción de una moral revolucionaria.

Autocrítica

En todo lo anterior intentamos iniciar la crítica de la moral burguesa en el terreno amoroso y familiar. Debemos complementar esta crítica con una autocrítica de los reflejos de esa moral en nuestras filas.
Los casos prácticos son numerosos, por lo que intentaremos resumirlos en unos pocos casos tipo.
Está en primer lugar la proyección de los desacuerdos de la pareja a la militancia práctica. Es muy frecuente que compañeros que llevan una relación inarmónica aflojen en su militancia. Esta es una manifestación de individualismo que proviene de considerar a la pareja como una entidad separada del conjunto de la militancia. Se debe superar considerando a la pareja como una célula político-familiar, como señalábamos más arriba.
En segundo lugar, está el caso contrario: el de “protegerse” mutuamente tratando de evitarse uno a otro riesgos en las tareas o manifestando debilidad frente al enemigo por temor a la seguridad o a la integridad física del compañero o la compañera. Es una verdadera falta de respeto por la personalidad revolucionaria del otro y tiene el mismo origen individualista que el caso anterior.
Otra falta de respeto por la pareja se manifiesta cuando se produce una separación temporaria por las tareas o porque uno de los compañeros o ambos caen en manos del enemigo. En este caso es frecuente que los compañeros tiendan a iniciar nuevas relaciones. Es una manera cómoda de resolver las carencias propias inmediatas y constituye una muestra de fuerte individualismo, al no ponerse en el lugar del otro y no mirar las cosas de conjunto, partiendo del punto de vista de los intereses superiores de la revolución.
Tiene el mismo origen señalado y además la errónea creencia consciente o inconsciente de que la base material de la relación de pareja la constituyen las manifestaciones elementales del sexo y no la práctica social. Esto no quiere decir que en ciertas circunstancias no sea legítimo y positivo iniciar una nueva relación. Pero siempre debe hacerse tras un cuidadoso análisis de todos los elementos y no de manera irreflexiva, ligera y apresurada, cediendo a los impulsos circunstanciales y superficiales.
Todas estas desviaciones sólo podrán corregirse con el criterio antes señalado y su corrección contribuirá a la construcción de una nueva moral y al avance de las organizaciones revolucionarias.

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