EL COMBATIENTE Nº 56 a 59, [de marzo a junio de 1971]
EL PERONISMO

Ediciones Bárbara. Caracas. Enero de 1973

PRÓLOGO

La necesidad y la vigencia de un análisis desde una perspectiva marxista revolucionaria del peronismo aparece como de vital importancia, no sólo porque el peronismo ha sido un movimiento que ha cubierto 25 años de historia argentina sino porque aún hoy sigue ejerciendo su atracción y su peso en amplios sectores populares y, especialmente, en las jóvenes generaciones.
Como es notoriamente conocido y sobre este tema es innumerable la cantidad de textos y artículos de análisis producidos desde distintas posiciones políticas e ideológicas, contradictorias entre sí, que surgieron tanto desde el seno de la izquierda tradicional, como desde el centro o la derecha reaccionaria. Dejando de lado estas dos últimas posturas, que sin embargo deben interesarnos como punto de referencia sobre la actitud del enemigo, resulta sospechoso que generalmente se reflejan coincidencias en los análisis de la derecha y los de la izquierda tradicional, lo que nos lleva a deducir que en definitiva -y esto se demostró históricamente- primaron posiciones de derecha en el seno de la izquierda tradicional.
Tal como lo señalan los autores, este trabajo que publicamos hoy, no pretende agotar el análisis histórico o político del peronismo, pero pese a sus limitaciones nos parece un aporte serio y digno de tener en cuenta para un análisis en profundidad desde una perspectiva marxista revolucionaria.
Sin embargo, se hace necesario aclarar algunos aspectos del mismo. Al hacer el análisis de las perspectivas actuales del peronismo, y particularmente, que le ofrece a cada clase social, señala que para la pequeña burguesía el peronismo representa una importante estación de tránsito en su proceso de radicalización hacia la izquierda. Más adelante, se afirma que no todos los elementos que permanezcan dentro del peronismo serán reaccionarios y se vuelve a hablar de la pequeña burguesía señalando que, como resultado de sus contradicciones cada vez más agudas con el imperialismo y la burguesía nacional, jugará el rol de aliado más importante del proletariado en su lucha por el poder. Y que durante largo tiempo sectores de la misma junto con los sectores más atrasados del proletariado permanecerán dentro del peronismo intentando estructurar, en su seno, una corriente revolucionaria.
No creemos que la burguesía creará, por si sola, corrientes revolucionarias que defiendan los intereses del proletariado. Por su inserción dentro de la lucha de clases, siempre oscilará entre subordinarse a la burguesía o al proletariado, y en la Argentina no está excluida la posibilidad de que a través del peronismo trate de estructurar su propio proyecto político. Que por otra parte no puede ir más allá de mantener su status y sus privilegios como clase social. Para concretarlo, dada su inserción en la producción, sólo cuenta con “administrar la economía”, lo que es facilitado por el desarrollo de los medios de producción, principalmente a nivel tecnológico. Es innegable la importancia creciente de la tecnología en la economía capitalista.
Esta tendencia de la pequeña burguesía a configurarse como capa social autónoma de la burguesía y del proletariado puede adquirir las formas del reformismo o del populismo, según, que, “la adaptación” se haga sobre un proyecto político de izquierda o de derecha, respectivamente.
En el caso argentino, dadas las características burguesas del peronismo, cabe esperar un intento en la dirección del populismo. Sin embargo éste tendrá una base muy débil, no tardará mucho tiempo, dado el nivel alcanzado por la lucha de clases, en demostrarse incapaz de resolver los problemas generales de la sociedad que por cierto poco tienen que ver con las mezquindades de la pequeña burguesía.
De cualquier manera, no es despreciable la peligrosidad del populismo que puede producir un adormecimiento de las fuerzas revolucionarias al degradar la lucha de clases, sustituyéndola por el paternalismo de tecnócratas sobre la clase obrera. Sólo la acción decidida del proletariado con su partido revolucionario a la cabeza puede evitarlo, arrastrando detrás de su perspectiva política, a las capas medias. Pero para lograrlo las fuerzas revolucionarais deberán actuar con firmeza y con independencia con respecto a los demás sectores sociales. Sólo así se conseguirá que la pequeña burguesía se radicalice hacia la izquierda y estructure, dentro y fuera del peronismo, corrientes verdaderamente revolucionarias.

ADVERTENCIA

El trabajo que hoy publicamos esta constituido por las notas publicadas en los números 56 al 59 de “El Combatiente”1, a lo que agregamos lo que debería haber sido la quinta nota, adelantada especialmente para esta edición.
Por razones prácticas las cuatro primeras notas han sido reelaboradas, eliminando reiteraciones o referencias de una nota a otra, que en su momento fueron necesarias para guardar la hilación o la visión de conjunto en las notas parciales que se iban publicando parcialmente.
Este trabajo no pretende agotar el análisis histórico o político del peronismo, fenómeno social que cubre los últimos 25 años de nuestra historia. Esta empresa que requeriría un trabajo mucho más extenso y documentado, escapa a nuestras posibilidades e intenciones actuales.
Nos hemos propuesto simplemente, efectuar un análisis político del peronismo en cuanto corriente que existe y juega un importante papel en la política nacional y que aún cuenta con el apoyo de importantes sectores de masas, apelando para ellos una a rápida visión de su desarrollo histórico concreto.
La vanguardia obrera y popular, destinatario principal de este trabajo, tendrá la última palabra sobre el acierto o desacierto con que hayamos logrado llevarlo a cabo.
agosto de 1971

Las interpretaciones del peronismo como movimiento histórico han sido tan variadas como las posiciones de quienes han querido interpretarlo. Desde la ya desprestigiada y olvidada visión de los actores de la Unión Democrática2 “un movimiento fascista de chusma desclazada” hasta la versión oficial peronista “Movimiento Nacional”, pasando por toda la gama de matices intermedios posibles.
Nosotros creemos que el peronismo fue un movimiento histórico que intentó un proyecto de desarrollo capitalista independiente, a través de un gobierno bonapartista que controlara a la clase obrera para apoyarse en ella.
Para aclarar esta interpretación aparentemente compleja, debemos recurrir una vez más a “El XVIII Brumario de Luis Bonaparte”, una de las obras claves de Carlos Marx, fundador del socialismo científico.
En este trabajo Marx analiza con claridad y precisión el movimiento y el enfrentamiento de las distintas fuerzas sociales, de los distintos sectores de clase en lucha dentro de una sociedad capitalista, sobre todo en momentos muy especiales de su historia. Es decir, en aquellos momentos que en fenómeno cualquiera, económico o social, hace entrar violentamente en crisis las viejas estructuras de la sociedad capitalista, enfrentando a los distintos sectores de la sociedad unos con otros. Cuando estas crisis están acompañadas por la madurez de la clase revolucionaria, manifestada por la existencia de un fuerte partido proletario y de fuerzas obreras y populares de combate, se produce la revolución.
Cuando estas crisis sorprenden al proletariado aún inmaduro, sin haber logrado construir aún su partido y su ejército, se produce un reacomodamiento de la sociedad burguesa.
Esto es precisamente lo que sucedió en el fenómeno analizado por Marx, el golpe de estado de Luis Bonaparte, que posteriormente se hiciera coronar emperador con el titulo de Napoleón III.
Lo que hizo fue tomar el poder apoyado en el aparato del estado, en especial el ejército, para gobernar en nombre de los intereses de la burguesía, sin representar a un sector determinado de la misma.
Esto no sucede normalmente. Precisamente la razón de ser de los partidos burgueses es que cada uno de ellos representa a un sector distinto de la burguesía, alternándose en el gobierno a través de las elecciones.
Pero cuando esas grandes crisis que mencionamos sacuden la sociedad capitalista, ningún sector burgués particular, que atiende sólo los intereses particulares, puede gobernar eficazmente en nombre de toda la burguesía, para reacomodar la sociedad y garantizar el mantenimiento del sistema.
Se precisa entonces un gobernante que no está comprometido con ningún sector en particular, pero que este interesado en defenderlos a todos, en la medida en que se apoya en un órgano del sistema, como es el ejército o el aparato del estado en general.
Esto es lo hizo Luis Bonaparte, de allí el nombre de bonapartista que los marxistas damos a este tipo de gobiernos. Esto es lo que había hecho con anterioridad su tío, el primer Bonaparte, Napoleón el Grande.
Esto es lo que hizo el general Perón en la Argentina de 1945.
La vieja estructura argentina fundada en la dependencia del imperialismo inglés y en la casi exclusiva explotación agro-ganadera ya no era capaz de contener el desarrollo de las fuerzas productivas, acelerada por la guerra y aún antes, por la crisis de 1929 que disminuyó la importación de manufacturas extranjeras. En una palabra, la vieja estructura argentina era incapaz de sostener el nuevo fenómeno de industrialización que venía desarrollándose desde la década del 30.
El viejo imperialismo inglés salía destrozado de la Segunda Guerra imperialista y era incapaz de detener ese desarrollo con una nueva corriente de manufacturas. Tampoco era capaz de sostener ese desarrollo con sus inversiones, pues estaba dedicado a la tarea de reconstruir su territorio arrasado por las bombas alemanas.
El poderoso imperio yanqui, que ya apareció como la nueva superpotencia mundial, no estaba por momento demasiado interesado en estas latitudes. Sus intereses estaban concentrados en reconstruir Europa, para frenar el avance de su antiguo aliado, la Unión Soviética. Y en impedir el avance del Ejército Popular en China y, en general, la extensión de la lucha popular en Asia. Demasiada tarea para abarcar mucho en América Latina, muchos de cuyos países controlaba ya.
La coyuntura internacional hacía necesario y posible, en consecuencia, un cierto grado de desarrollo capitalista independiente en nuestro país. La misma coyuntura brindaba la base económica para ese desarrollo: el intercambio favorable con los maltrechos y hambrientos países de Europa, dispuestos a comprar nuestro trigo y nuestra carne a cualquier precio.
Esta coyuntura favorable, sin embargo, tropezaba con un problema: la burguesía industrial argentina, la clase que podía estar interesada en un proyecto de esta naturaleza era debilísima, casi inexistente. Los capitales nacionales estaban casi exclusivamente en manos de la vieja oligarquía agro-ganadera, clase parasitaria por excelencia, poco interesada en invertir en la industria.
Los sectores más inteligentes de las fuerzas armadas se plantean, en consecuencia la necesidad de asumir el papel de esa débil burguesía, formulando un proyecto de desarrollo capitalista independiente. La debilidad de su base de apoyo burguesa les hace comprender que deben buscar otro tipo de sostén para llevar adelante ese proyecto.
La única clase que puede brindar ese sostén es precisamente la clase obrera, en la medida que el desarrollo de la industria significa su propio desarrollo como clase.
El grupo de altos oficiales dirigido por Perón3 se planteará entonces ganarse el apoyo de los obreros, otorgando a los mismos sentidas conquistas, pero estructurando al mismo tiempo un tipo de movimiento obrero que le permita controlar a la clase, impedir que puedan luchar por sus propios intereses históricos, es decir por el socialismo.
Por eso decimos que el gobierno de Perón fue un gobierno bonapartista, que intentó un proyecto de desarrollo capitalista independiente, controlando a la clase obrera para apoyarse en ella.

EL PROYECTO BONAPARTISTA

“Se ha dicho, señores que soy un enemigo de los capitales y si ustedes observan lo que les acabo de decir, no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo, por que sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa misma del estado… “Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta años que ejercito y hago ejercitar la disciplina y durante ellos he aprendido que la disciplina tiene una base fundamental: la justicia”… “Por eso creo que si yo fuera dueño de una fábrica, no me costaría ganarme el afecto de mis obreros con una obra social realizada con inteligencia. Muchas veces ello se logra con el médico que va a la casa de un obrero que tiene un hijo enfermo, con un pequeño regalo en un día particular, el patrón que pasa y palmea amablemente a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como nosotros lo hacemos con nuestros soldados.”
“El resultado de la guerra de 1914-1918 fue la desaparición de un país europeo como capitalista: Rusia… En esta guerra (1937-1945), el país capitalista por excelencia, quedará como deudor en el mundo… Y entonces pienso cual sería la situación de la República Argentina al terminar la guerra, cuando dentro de nuestro territorio se produzca una paralización y probablemente una desocupación extraordinaria; mientras desde el exterior se filtra dinero, hombres e ideologías que van a actuar dentro de una organización estatal y dentro de una organización del trabajo… (habrá) un resurgimiento del comunismo adormecido, que pulula como todas las enfermedades endémicas dentro de las masas y que volverá, indudablemente, a resurgir con la post-guerra, cuando los factores naturales se hagan presentes”.
“Con nosotros funcionará en la casa la Confederación General del Trabajo y no tendremos ningún inconveniente, cuando queramos que los gremios equis o zeta procedan bien a darles nuestros consejos, nosotros se los transmitiremos por su comando natural; le diremos a la Confederación General: hay que hacer tal cosa por tal gremio y ellos se encargarán de hacerlo. Les garantizo que son disciplinados y tienen buena voluntad para hacer las cosas”.
“Ese sería el seguro, la organización de las masas. Ya el estado organizaría el reaseguro, que es la autoridad necesaria para cuando esté en su lugar nadie pueda salirse de él, por que el organismo estatal tiene el instrumento que, si necesario, por la fuerza ponga las cosas en su quicio y no permitan que salgan de su curso”.
Estos párrafos han sido tomados del discurso pronunciado por el entonces Coronel y Secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, el 25 de agosto de 1944, en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. El 31 de agosto este mismo mensaje fue leído ante los delegados de todos los sindicatos, porque, dijo Perón: “no quiero que se desvirtúen mis palabras ni en el interior del país ni en el exterior y si fuese preciso para ello publicarlas, no tendría ningún inconveniente en que así se hiciera.” (El peronismo, Carlos Pérez editor, Buenos Aires, julio de 1969, páginas 211 y subsiguientes. También puede verse en el libro de Perón “El pueblo quiere saber de que se trata”)
Estas palabras del líder del peronismo, pronunciadas en un momento clave de su carrera política (la lucha por la totalidad del poder) arrojan bastante luz sobre el carácter del gobierno bonapartista de Perón y sobre el proyecto de desarrollo capitalista independiente que intentaba. Este proyecto de desarrollo capitalista independiente, aparte de las limitaciones propias de su carácter burgués, tiene otra más; no respondía al genuino impulso de una burguesía en ascenso, como sucedió en la Inglaterra de Cronwell o en la Revolución Francesa. Por el contrario, la mezquina y chata burguesía argentina, enfeudada al imperialismo de turno desde el día en que nació, nunca entendió del todo que el peronismo reflejaba sus intereses.
Este proyecto de desarrollo fue elaborado entonces por el grupo de oficiales bonapartista que dirigía Perón, por su cuenta, no respondiendo a la presión de la clase beneficiada por esos planes, sino advirtiendo con toda lucidez el peligro de un proceso revolucionario en las condiciones concretas de la Argentina y el mundo; y lanzando ese proyecto como una manera de frenar ese proceso.
Esto se desprende con bastante claridad del citado discurso de Perón, pero podemos agregar algo más.
Los párrafos que reproducimos a continuación pertenecen a un discurso pronunciado el 7 de agosto de 1945 en el Colegio Militar. Este discurso tiene capital importancia por la fecha en que fue pronunciado y por el auditorio a que iba dirigido. Se supone que con sus camaradas de armas es con quien hablaría con más sinceridad de su camaleónica capacidad para decirle a cada cual lo que quiere escuchar. “La Revolución Rusa es un hecho consumado en el mundo… Es un hecho que el ejército debe aceptar y colarse dentro de la evolución. Eso es fatal. Si nosotros no hacemos la revolución pacifica, el pueblo hará la revolución violenta. Piensen en España, en Grecia y en todos los países por los que ha pasado la Revolución… Se imaginan ustedes que yo no soy comunista ni mucho menos… Y la solución de este problema hay que llevarla adelante llevando justicia social a las masas. Ese es el remedio que al suprimir la causa suprime también el efecto. Hay que organizar las agrupaciones populares y tener las fuerzas necesarias para mantener el equilibrio del Estado… La obra social no se hace mas que de una manera: quitándole al que tiene mucho y dándole al que tiene demasiado poco. Es indudable que eso levantara la reacción y la resistencia de esos señores que son los peores enemigos de su propia felicidad, por que por no dar un 30% van a perder dentro de varios años o de varios meses todo lo que tienen, y además, las orejas” (obra citada, página 206 y ss; subrayado nuestro). Veamos en que situación histórica concreta se formula este proyecto bonapartista.

DECADENCIA DE UN IMPERIO Y DESARROLLO OLIGÁRQUICO

“El porvenir se presentaba dorado para la burguesía argentina. En 1941 las ganancias del capital promediaban 26% en el comercio (1936, 19 %), 20% en la industria (1936, 16%), 14% en las empresas agropecuarias (1936, 10%). Al promediar 1952, 300 contribuyentes declaraban una renta líquida (entrada menos gastos) de 127 millones de pesos o sea más de 400.000 per cápita. Según la relación peso-dólar esto equivale a 20 millones de pesos en 1964. (Peña, en base a datos del Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, pag. 4304 y 4186) (subrayado de Peña)4.
Podemos agregar para completar los datos de Peña que de acuerdo a la misma relación peso-dólar, esto equivale aproximadamente a 60 millones en nuestros días, per cápita5.
La coyuntura favorable generada por la Segunda Guerra Mundial eleva aceleradamente las ganancias y los capitales de la burguesía argentina. Sin embargo, “en general, la situación del obrero ha empeorado, pese al progreso de la industria. Mientras que diariamente se realizan grandes ganancias, la mayoría de la población está forzada a reducir su estándar de vida. La distancia entre los salarios y el costo de vida aumenta constantemente. La mayor parte de los empresarios se niegan a otorgar aumentos de salarios.” (Declaración de prensa del entonces Departamento Nacional del Trabajo, en el diario Argentinisches Taglebart, 23 de abril de 1943, citado por Peña).
Como vemos, la realidad del creciente desarrollo industrial argentino, configuraba una situación verdaderamente explosiva. Los capitalistas argentinos preocupados tan sólo de amansar inmensas fortunas no tenían la menor visión política.
No comprendía “el peligro” de que mientras ellos se enriquecían cada vez más, los obreros que elaboraban esa riqueza para ellos no sólo no recibieron siquiera una miserable migaja de tanta prosperidad, sino que estuvieron aún peor que en la “década infame”6 sellada por la depresión del comercio mundial y la quiebra de la bolsa de Wall Street en Nueva York, el año 1929.
Tampoco comprendían que la espina dorsal de nuestra antigua economía independiente estaba a punto de romperse. O mejor aún, estaba ya rota.
El viejo león inglés, con su territorio arrasado por las bombas alemanas, era incapaz de continuar sosteniendo su imperio y de enfrentar la competencia de la nueva superpotencia mundial: los Estados Unidos. Los antiguos colonos de Inglaterra era ahora una potencia de primer orden, cuya bota alcanzaba incluso al territorio británico, en forma de una “ayuda” sin la cual Inglaterra hubiera sucumbido al avance hitleriano. Los británicos, viejos zorros, preparaban una “retirada en orden” de sus posesiones y dentro de esos planes figuraba, naturalmente la Argentina.
Los políticos más lucidos de la oligarquía comprendían la situación y formularon algunos planes para enfrentar el futuro. En 1940 uno de ellos, Julio Federico Pinado(el mismo que quince años más tarde aparecería como asesor económico de la “revolución gorila”)7 elaboró el primer plan formal de industrialización del país. Este plan aceptaba una serie de exigencias inglesas (entre ellas la nacionalización de los deficitarios ferrocarriles en condiciones ventajosas para sus antiguos dueños) y se proponía dar una mayor participación al Estado en la vida económica, mediante la nacionalización de los depósitos bancarios y la creación del crédito industrial.
Como vemos estas medidas que ahora pretenden presentarnos como revolucionarias los políticos de “La Hora de los Pueblos”8 y la pandilla de Rucci9, ya habían sido planteados hace más de 30 años por uno de los políticos más reaccionarios e inteligentes de nuestras viejas clases dominantes, quien era en ese momento Ministro de Hacienda del gobierno conservador de Castillo.
¿De donde le salía tanto nacionalismo a este viejo reaccionario? Ni más ni menos que de los intereses de las clases a las que representaba. Los estancieros bonaerenses y la burguesía comercial porteña, dueños del país desde antes de nuestra independencia se complementaban perfectamente con el imperio inglés, gran comprador de carnes y cereales argentinos. Pero no se complementaban en absoluto con el nuevo imperio que proyectaba su sombra desde el norte: durante la década del ‘40 Estados Unidos bajaría sistemáticamente los precios del trigo y la carne en el mercado mundial mediante la colocación de sus propios excedentes. Claro que en 1955 esta vieja oligarquía habría operado su reconversión en una nueva burguesía agraria, industrial, comercial y financiera, íntimamente ligada al imperialismo yanqui y estaría dispuesta a apoyar el golpe “Libertador” del 16 de septiembre. Esta reconversión se operó precisamente bajo el gobierno peronista, al amparo de su industrialización a medias, de su bonapartismo y de su política pro-inglesa y no muy anti-yanqui.
Pero volvamos a los años ’40, en que la situación era otra y al plan Pinedo, que la caracteriza bien. Muchas de las medidas propuestas en ese plan fueron la esencia de la política económica del peronismo: la nacionalización de los ferrocarriles (en condiciones sumamente ventajosas para sus antiguos dueños ingleses), el manejo del famoso! API, (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) y la creación del Banco Industrial. A la luz de este plan y su aplicación posterior no llama la atención que cuando el 4 de junio de 1943 las tropas de Campo de Mayo dieron fin al gobierno de Ortiz, la prensa británica de Buenos Aires fuera la única que mirará con simpatía al nuevo gobierno militar.
Porque las clases dominantes ya se habían propuesto el cambio de dependencia, al aprobar en el Jockey Club, la candidatura conservadora de Robustiano Patrón Costa, gran amigo de los Estados Unidos, como que sus inmensas posesiones en el norte estaban sólidamente ligadas al capital yanqui. Por eso, in comentarista radial norteamericano decía en noviembre de 1943: “el próximo mensaje a la Argentina debe ser enviado por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos”.
En cambio los británicos opinaban “La política norteamericana en la Argentina parece menos movida por el afán de derrotar a Hitler que por el deseo de extender influencia de Washington… La Argentina so se adhiere al panamericanismo porque desea preservar su relación especial con Europa y Gran Bretaña. Es inútil esperar que Gran Bretaña ayude a presionar a la Argentina…” (The Economist, 5 de agosto de 1944).
Aquí encontramos una de las claves de la famosa oposición Perón o Braden 10.

LIMITACIONES DEL “NACIONALISMO” BONAPARTISTA

¿podemos decir que Perón era lisa y llanamente un agente del imperialismo inglés y sus antiguos socios, contra el nuevo alineamiento burgués en torno a Estados Unidos?
Si dijéramos esto caeríamos en el más barato “gorilismo de izquierda”.
Perón se apoyaba parcialmente en el imperialismo en decadencia, con el cual le era más fácil negociar y de esta manera obtenía un margen de maniobra mayor frente a al imperialismo en ascenso, los Estados Unidos.
En este limitado sentido, Perón era nacionalista, aspiraba a un desarrollo capitalista independiente de nuestro país. Pero la limitación de este nacionalismo era precisamente su carácter burgués, en condiciones de existencia del imperialismo y del mercado mundial controlado por éste.
Una de las limitaciones de esta posición la vemos en la política frente a los capitales británicos. Sería largo reproducir aquí todas las razones por las cuales la nacionalización de los ferrocarriles ingleses fue un pésimo negocio para el país. Tomaremos como botón de muestra las declaraciones de los voceros de quienes “sufrieron” la nacionalización: “Según don Miguel Miranda -afirmaba Financial Times- la compra de los ferrocarriles de propiedad británica nunca será sometida al parlamento, pues esta no aprobaría la forma generosa en que se había tratado a los accionistas británicos.” (Diario de sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación 14 de julio de 1949) Las líneas no dejaron beneficios en los últimos 15 años. Durante el mismo período los costos de explotación aumentaron en 250% y las nuevas leyes sociales de Argentina interfirieron en la administración de los ferrocarriles. Era ya tiempo de desligarnos.” (declaraciones a La Prensa, 12 de febrero de 1947).
En cambio, no fueron nacionalizados los frigoríficos, que al capital británico les interesaba conservar, por el contrario se le pagaron generosos subsidios, con los cuales los monopolios ingleses pudieron absorber los aumentos de salarios del gremio de la carne y seguir exportando ventajosamente, sin reinvertir un peso en sus instalaciones, con las consecuencias que ahora son bien conocidas. Esta política continúa cuando los frigoríficos pasaron a las muy norteamericanas manos de del monopolio Packers Ltd. de Chicago, refundido ahora con otros monopolios del ramo en el supermonopolio Deltec Internacional, cuya actuación en el países también bien conocida.
Otra limitación es su política agraria, que debería haber constituido la base de un verdadero desarrollo independiente. En el discurso pronunciado en el Colegio Militar el 7 de agosto de 1945, Perón prometía: “El lema de la Reforma Agraria es que la tierra no es un bien de renta sino de trabajo y que cualquier argentino tiene el derecho de trabajar la tierra y de ser propietario de la tierra que trabaja”. ¿Que había quedado de esta Reforma Agraria diez años después ala caer el gobierno peronista? Muy poco, casi nada. El gobierno peronista se limitó a promulgar el Estatuto del Peón Rural y la Ley de Arrendamientos y Apercerías Rurales que concedían ciertas ventajas al proletariado rural y los campesinos pobres. Pero la tierra seguía siendo propiedad de los viejos terratenientes, a los que nada les costó barrer de un plumazo todas las conquistas del peronismo, después del 16 de septiembre. Por otra parte, la producción agropecuaria seguía estancada a los niveles de 1930 y los métodos de producción en el campo no habían avanzado gran cosa. El trabajo en masa reemplaza la ausencia de tractores en cantidad suficiente, de abonos químicos, de semillas adecuadas, en una palabra, de métodos racionales de explotación.
Algo similar sucedió en la industria urbana. El crecimiento industrial del peronismo se basó más en la utilización masiva de mano de obra que en la verdadera renovación y ampliación del equipo industrial del país.
¿Cuál era la razón de esta anomalía, completamente contraria a las leyes del desarrollo industrial? Una vez más el carácter bonapartista del gobierno peronista. Bajo el régimen burgués la única manera de capitalizar la industria adecuadamente, es superexplotar a los obreros, sacando de su trabajo los capitales necesarios para la adquisición de equipo industrial.
Existe otra forma de industrialización, consistente en la socialización de la industria y su desarrollo por la propia clase obrera a través del Estado obrero. Pero el socialismo estaba muy lejos de las intenciones de Perón, según se deduce claramente del discurso con que encabezamos esta nota, confirmadas por toda su política en nueve años de gobierno. Del otro lado, en cambio, permitir la superexplotación de los obreros por los capitalistas le hubiera quitado el respaldo masivo de la clase haciendo desaparecer su margen de maniobra frente a la propia burguesía y el imperialismo.
Atrapado en las contradicciones de su propia política burguesa tibiamente reformista, el gobierno de Perón prefirió continuar adelante aparentando quedar bien con Dios y con el Diablo.

EL BONAPARTISMO Y LA LUCHA DE CLASES

Es decir, el bonapartismo apoyado en la prosperidad coyuntural, pretendía eliminar la lucha de clases, “equilibrar” las fuerzas de burguesía, el imperialismo y la clase obrera, constituyéndose en arbitro de todas las decisiones.
Pero la lucha de clases es el motor de la historia y no puede ser dejado de lado con un simple juego de contrapesos políticos y económicos.
La clase obrera, aún cuando no haya alcanzado un elevado nivel de conciencia, aún cuando no comprenda con claridad su misión histórica como clase, no es ni puede ser jamás un simple títere en las manos de ningún equipo gobernante.
El 17 de octubre el bonapartismo promovió una movilización masiva para apoyar a su dirigente contra el ala derecha del gobierno militar, presionada por la burguesía y el imperialismo. Pero la clase obrera al volcarse a las calles de Buenos Aires y de algunas ciudades del interior arrojó a la arena política su propio peso de clase.
Esta es una de las contradicciones más explosivas del peronismo: la extracción de clase de su base. Aún no luchando por sus propios objetivos históricos, la clase obrera penetra profundamente en las filas peronistas y coloca su sello en muchas medidas del gobierno bonapartista.
El proceso de sindicalización masiva de la clase obrera es promovido y controlado desde arriba, pero también es tomado y empujado desde abajo, como una herramienta de lucha contra los patrones. La lucha de clases pasa entre 1945 y 1949 por la lucha económica en torno a la distribución de la renta. Los patrones pretenden capitalizar íntegramente las grandes ganancias de postguerra. Los obreros pretendían recibir una parte creciente de esa riqueza que ellos elaboraron con su trabajo. El gobierno bonapartista trata de equilibrar estas luchas en beneficio del régimen capitalista en su conjunto y para ello refuerza continuamente el aparato del estado y aumenta la estatización de la C.G.T.
En 1949, la prosperidad comenzaba a acabar, pero la guerra de Corea (1950-3) brindó un respiro parcial al bonapartismo. En 1954 ya está explotando la crisis de este sistema. Ya no hay superganancias para dar grandes aumentos a la clase obrera y grandes ganancias a la burguesía. Hay que optar entre una cosa y la otra.
¿Qué hizo en la opción el gobierno bonapartista de Perón? En 1953 se crea la Confederación General Económica, para nuclear al empresariado argentino y contrabalancear dentro del aparato político peronista la influencia de la C.G.T. Las cosas marchan tan bien desde el principio que el representante de este organismo va a la VII reunión plenaria del Consejo Interamericano de Comercio reunido en México en 1954, Guillermo Kraft, puede decir: “una profunda transformación se está operando en nuestro país. Se reconoce a la empresa privada y se confía en el hombre de empresa. Los bienes que alguna vez fueron nacionalizados se están volviendo uno tras otros a las entidades privadas. Se nos invita a participar en la dirección de las organizaciones estatales”.
Por otra parte, entre los que pasamos de cierta edad todos recordamos manifestaciones cotidianas, más inmediatas, de la crisis del bonapartismo en aquellos años: el congreso de la Productividad, los torneos de productividad entre los obreros, los celebres discursos de Perón que afirmaba mirar los techas de basura a las cinco de la mañana y encontrar en ellos demasiados desperdicios, el pan negro que se comió en nuestras mesas por primera vez en muchos años.
Los sectores más inquietos de la clase obrera también advierten este fenómeno y nuevamente se producen huelgas que no están organizadas “desde arriba”. Por el contrario, la C.G.T. oficial actúa de rompehuelgas en el paro metalúrgico -que duró más de dos meses- y en otros movimientos de fuerzas de diversos gremios.

EL BONAPARTISMO FRENTE AL NUEVO IMPERIO

Evidentemente escapa a las posibilidades materiales de una nota agotar el análisis de la política económica del peronismo. Sin embargo, estos pocos datos que hemos consignado son de por sí elocuentes para dibujar en pocos trazos el esqueleto de una política : un proyecto de desarrollo capitalista independiente destinado a frenar el proceso revolucionario y frustrado por sus propias limitaciones de clase. En la era del imperialismo sólo un gobierno obrero, auténticamente obrero y popular es capaz de realizar la gigantesca tarea de transformar un país atrasado y dependiente en un país próspero, industrializado e independiente.
Si alguna duda quedara sobre esta caracterización basta formularse la siguiente reflexión: ¿Podría la reacción gorila haber consumado con tanta facilidad la entrega del país a los yanquis y el aplastamiento de la clase obrera, si las relaciones de propiedad no hubieran sido exactamente las mismas el 16 de septiembre de 1955 que el 17 de octubre de 1945? Hubieran podido con tanta facilidad asaltar el poder Aramburu, Rojas y compañía si los obreros hubieran sido dueños de las fábricas, los campesinos de la tierra y el pueblo todo hubiera estado organizado en milicias armadas para enfrentar al ejército profesional burgués? ¿Podría el imperialismo yanqui haber penetrado tan rápidamente sino hubiera empezado a hacerlo antes del 16 de septiembre? ¿Podría la oligarquía cubana retomar el gobierno de su país ahora, después de 10 años de Revolución castrista, como lo retomaron nuestros gorilas después de 10 años de “revolución” peronista? Evidentemente no.
¿Por qué no realizó Perón la reforma agraria, la nacionalización de la industria, el armamento del proletariado? Ciertamente, no fue por falta de apoyo popular. Jamás gobierno alguno en nuestro país contó con tanto apoyo. En 1946 Perón llega a la Casa Rosada en las primeras elecciones verdaderamente limpias de nuestra historia, con 1.400.000 votos, 260.000 de ventaja sobre la oposición reunida en la Unión Democrática. En la renovación presidencial de 1951 sin necesidad de fraude alguno esa ventaja ha crecido a 2.300.000 sobre la Unión Cívica Radical que lleva la fórmula Balbin-Frondizi.
Si Perón no realizó una auténtica revolución fue simplemente por que no quiso hacerla. Porque no estaba en sus planes, encerrados dentro del marco estrictamente burgués de su proyecto bonapartista.
Cuando el 16 de junio de 1955 los “valientes” aviadores de la Marina masacraron al pueblo desarmado en la Plaza de Mayo, Perón contestó a los obreros que pedían armas “ de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Tres meses después, caía sin pena ni gloria. “Fue para no derramar sangre” dijo. Los obreros peronistas masacrados en Avellaneda y Rosario entre el 23 y 29 de septiembre, los fusilados del 9 de junio, Vallese, decenas de militantes peronistas anónimos, los niños que siguen muriendo de hambre y enfermedades curables pueden responderle al General Perón de que manera se ha derramado más sangre.
Existen quienes pretenden justificar esos 25 años señalando el supuesto anti-imperialismo del general. Durante su gobierno -nos dicen- Perón frenó al imperialismo yanqui, líquido al inglés y nos dio una verdadera independencia económica, justicia social y soberanía política. No podía llegar más allá porque las condiciones no estaban dadas. Pero ahora el Movimiento Nacional ha hecho su experiencia y sabe que debe luchar por el socialismo”.
Casi tantas inexactitudes como palabras. Respecto al imperialismo inglés creemos haber dejado claro más arriba el contenido de la política peronista: se nacionalizó aquellos bienes ingleses que los ingleses deseaban abandonar en su retirada estratégica por el mundo. Se les facilitó una retirada en orden y un brillante negocio. Pero aquello que los británicos quisieron conservar -como los frigoríficos o La Forestal- siguió siendo inglés mientras los ingleses lo consideraban conveniente.
¿Y su actitud frente a los Estados Unidos? En 1946 el peronismo basó su campaña electoral en el slogan Perón o Braden. Pero en 1947 el gobierno peronista firma el pacto de Río de Janeiro, primer eslabón de una cadena que nos ira atando al sistema imperial norteamericano. Ese pacto nos comprometía -y nos sigue comprometiendo- a “defender cualquier país del hemisferio que sufra una agresión extracontinental”. O sea, a embarcarnos en cualquier aventura militar que los Estados Unidos deseen emprender. Posteriormente el gobierno peronista enviará representantes a las conferencias de la O.E.A. en, Caracas y Bogotá.
En 1950, cuando comenzaron a agotarse las reservas de post-guerra, se suscribe el primer empréstito con el Export-Import Bank de Washington, por 125 millones de dólares. En ese mismo año, la famosa marcha Pérez-Rosario y otras manifestaciones antibélicas espontáneas del pueblo argentino, impedirán el envió de un contingente de nuestras tropas a la guerra de Corea. El destino que hubieran corrido nuestros soldados, usados como carne de cañón por los yanquis, puede medirse con este dato: del batallón brasileño de 5.000 hombres enviados a esa guerra regresaron 325.
El 30 de julio de 1953, Perón escribía en el Diario Oficialista Democracia: “Hace pocos días un americano ilustre, el doctor Milton Eisenhower, llegaba a nuestro país en representación de su hermano, el presidente de los Estados Unidos (…). Una nueva era se inicia en la amistad de nuestros gobiernos, de nuestros países y de nuestros pueblos”.
Entre 1954-1955 se firmarían los contratos petroleros con la Standard Oíl que fueron frustrados por el golpe gorila, para después consumarse la entrega bajo el gobierno de Frondizi.

LA FORMACIÓN HISTÓRICA DE LA CLASE OBRERA ARGENTINA

Para entender el pensamiento y la acción de una clase cualquiera debemos empezar por analizar históricamente su formación, la manera como vive y trabaja, la manera como explota y es explotada; puesto que esta existencia concreta determinará sus ideas y actitudes, su conducta, su conciencia de clase.
Nuestra clase obrera, tal como la conocemos hoy, tal como aparece en la historia política a partir de 1945, tiene dos corrientes de formación : la inmigración extranjera y la migración interna del proletariado rural y los campesinos pobres hacia los grandes centros urbanos.
Por su importancia cuantitativa, numérica, la segunda corriente es la que más peso tiene en esta formación. Esto podemos comprobarlo fácilmente leyendo la nómina de personas de cualquier fábrica, en la que resultan mayoritariamente los apellidos de raíz criolla.
Esto es, por otra parte, casi un lugar común en todo historiador de la clase obrera. Todos ellos coinciden en señalar que en las fábricas del ’30 y del ’40, tomando como fecha clave 1945, la clase obrera “se nacionaliza” adquiriendo mayor peso en ella los obreros de origen argentino-rural, frente al antiguo proletariado, predominantemente inmigrato.
Lo que no es tan frecuente es que estos historiadores analicen con qué bagaje cultural y político, con qué conciencia de clase, con qué tradición de lucha ingresan al proletariado urbano estos ex-peones rurales y ex-campesinos.
Para poder hacerlo, tenemos que empezar por analizar qué modo de producción y qué relaciones de producción existían en el campo argentino antes de 1930. O dicho en otros términos: de qué manera se trabajaba la tierra y qué relaciones existían entre peones y patrones, entre campesinos y terratenientes.
Del análisis del campo argentino antes de 1930, podemos sacar una conclusión: aunque por causas muy distintas en cada caso, los trabajadores rurales que a partir de esa fecha engrosan mayoritariamente las filas del proletariado fabril tienen muy escasamente desarrollada su conciencia de clase. No sólo no comprenden los objetivos históricos de nuestra clase, sino que ni siquiera se reconocen como tal clase. No tienen conciencia de que forman parte de un inmenso conglomerado de seres humanos con los mismos intereses de explotados y viven individualmente su drama. A lo sumo se autorreconocen con el ambiguo denominador de “pobres” o “humildes”. Tampoco tienen mayormente tradición de lucha y las cifras lo prueban: aparte de otros movimientos menores que no tienen mayor relieve por su cantidad ni por su calidad explosiva, la historia de la lucha de clases en nuestro campo registra sólo tres episodios: el grito de Alcorta en 1912, las huelgas patagónicas en 1921 y la huelga de Las Palmas en 1922. El primero fue un movimiento pequeño-burgués de campesinos pobres y medio arrendatarios de tierras en el sur de Santa Fe, tendiente al ajuste de cuentas con los grandes terratenientes. Tuvieron éxito y el sur de Santa Fe es la zona con menos latifundios de la pampa húmeda.
Los otros dos, fueron movimientos de lo peones superexplotados de grandes concentraciones capitalistas. Fueron arrasados a tiros por el Ejército Nacional.
En consecuencia, podemos decir, que los trabajadores del medio rural ingresan del 30 y del 40 políticamente vírgenes.
De cómo fueran recibidos por sus compañeros más antiguos, los obreros de origen urbano, dependerían sus actitudes. De cómo aquellos supieran ganarse su simpatías y guiarlos en la experiencia de su nuevo medio fabril. De cómo supieran inculcarles conciencia de clases y espíritu de lucha.
Esto dependería a su vez, de la conciencia de clase y el espíritu de lucha que ellos mismos hubieran adquirido.

EL SOCIALISMO Y EL ANARQUISMO

La azarosa y frustrada formación de una ideología y un partido revolucionario de la clase obrera de origen inmigratorio la tratamos ya parcialmente en nuestro folleto “Pequeña burguesía y revolución”, de modo que volveremos sólo parcialmente sobre el tema.
La clase obrera industrial comienza a formarse en la Argentina con el aporte inmigratorio en las tres últimas décadas del siglo pasado.
Sus dos componentes más típicos son el campesino de las zonas más atrasadas de Europa y el activista obrero de las industrias más desarrolladas. El primero -principalmente español e italiano del sur, en menor medida yugoslavo, polaco, ucraniano, etc- viene “a América” hambriento de tierras. Algunos consiguen su objetivo y se transforman con el tiempo en chacareros medios o ricos. Pero la feroz especulación con las tierras deja a la mayoría anclados en los suburbios y conventillos de las ciudades, principalmente Buenos Aires. Vacilante entre el retorno a la patria hambrienta y la ilusión imposible de la tierra, termina por ingresar de mala gana como peón de los ferrocarriles y frigoríficos ingleses y las fábricas que van surgiendo.
El anarquismo, con un bajo grado de elaboración ideológica, pero con una utilización consecuente del enfrentamiento directo -huelgas y bombas- será su ideología predilecta. La FORA (Federación Obrera Regional Argentina) su máxima organización sindical.
Durante muchos años, el movimiento anarquista, en sus variantes sindical y terrorista, tuvo en constante zozobra a la burguesía argentina. Pero la cosa no pasó de allí. Al no proponerse objetivos políticos de poder obrero, el anarquismo fue incapaz de rebasar los marcos de la rebelión dentro del sistema capitalista. Poco a poco la vieja FORA fue perdiendo su combatividad, se fue encaramando en ella una burocracia sindical tan podrida como cualquier otra. En 1956, el último gremio Forista -una verdadera reliquia histórica- la Unión Obrera de Construcciones Navales, perdió su última huelga.
La otra vertiente del proletariado inmigratorio la constituyen los activistas de industrias desarrolladas, perseguidos en su países de origen por sus ideas políticas o que simplemente no se acomodaban al cretinismo reinante en Europa durante la “bella época” de prosperidad hacia fines de siglo y comienzos de éste.
Las grandes potencias imperialistas, que iban acumulando riquezas a costa de la explotación de las colonias, ya eran los suficientemente prósperas como compartir con su clase obrera algunas migajas de esa fortuna. La clase obrera europea en consecuencia, fue perdiendo su combatividad y la vigorosa Internacional Obrera fundada por Carlos Marx y Federico Engels, derivó en la cada ves más degenerada Segunda Internacional, organización reformista que fundamentaba sus tácticas en la maniobra parlamentaria y la disputa económica a través de la huelga. Fiel reflejo de esta Segunda Internacional serían los dos organismos socialistas de la Argentina: el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores (Confederación Sindical).

EL PARTIDO COMUNISTA Y LA PRIMERA C.G.T.

En 1917, el triunfo de la Revolución Rusa abrió un nuevo panorama al movimiento obrero internacional. A corto plazo, esto se materializó en la creación de la Tercera Internacional y el surgimiento de los Partidos Comunistas en todo el mundo
pero a diferencia del Partido Comunista Ruso, que tuvo una larga maduración, estos Partidos Comunistas surgidos de la degenerada Segunda Internacional al calor de la Revolución Rusa, tuvieron escasa capacidad política propia y con el retroceso de la revolución en Europa y la degeneración burocrática en Rusia siguieron los vaivenes del Partido Ruso.
El Partido Comunista argentino, fundado en 1918, no fue ajeno a ese proceso. Paradójicamente, alcanzó su máxima fuerza cuando ya la Tercera Internacional estaba totalmente burocratizada, a mediados de la década del 30.
Bajo los gobiernos radicales de la década del 20, el P.C. remó esforzadamente tratando de construir un movimiento obrero independiente de las influencias burguesas y de las viejas direcciones reformistas del socialismo y el anarquismo. Cuando logró su objetivo, fundando la primera C.G.T., ya estaba el mismo degenerado hasta la médula. El matonismo sindical y el terrorismo ideológico, contra los cuales luchó en sus primeros años, eran ya también sus métodos predilectos de conducción. El sectarismo comunista alejaba de la C.G.T. a los nuevos obreros provenientes del medio rural y la política reformista orientada al “Frente Popular” con la burguesía, iba haciendo decrecer el entusiasmo de los que estaban en ella. En 1939 según datos del entonces Departamento Nacional del Trabajo, sobre 688.658 obreros industriales, solamente estaban sindicalizados 201.082, es decir, el 29% de ellos.

EL PERONISMO COMO FENÓMENO SOCIAL

Por todo lo expuesto podemos decir que para la “nueva” clase obrera el peronismo representa una primera etapa en la formación de su conciencia. Es decir, el momento en que la clase obrera, sin llegar a tomar aún conciencia de sus objetivos históricos comienza a reconocerce como clase, como un conjunto de personas unidas por los intereses comunes y enfrentando a otro conjunto de personas, a otra clase, por esos mismos intereses.
La sindicalización masiva y la lucha económica por el reparto de la renta nacional serán los instrumentos con que la clase obrera, comienza a asumir esta conciencia en los primeros años del gobierno peronista.
Por decreto del gobierno militar surgido el 4 de junio de 1943, el 29 de noviembre de ese año se crea la Secretaria de Trabajo y Previsión, que depende directamente de la Presidencia de la Nación y centraliza las antiguas dependencias de la Dirección General del Trabajo y de las Direcciones Provinciales, que dependían del Ministerio del Interior.
El 1° de diciembre, asume la dirección de dicha secretaría el entonces Coronel Perón, que esa misma noche pronuncia por radio del Estado un largo discurso anunciando los objetivos de su futura labor.
Perón plantea la organización de los trabajadores como una necesidad del Estado, más que como una necesidad de los propios trabajadores, aunque no deja de halagar a estos señalando que desde la Secretaría se defenderán sus intereses contra los abusos patronales (cosa que efectivamente se hizo). La tesis central enunciada esa noche en la bien conocida “Tercera Posición”. La tesis de que capital y trabajo son dos elementos indispensables de la producción, que no deben luchar entre sí, sino concurrir junto a la elaboración de la riqueza y la grandeza de la patria. El Estado, puesto por encima de ambos como padre protector, se encargará de armonizar intereses y limar diferencias cuando estas surjan ; de “poner las cosas en su quicio” como dijera Perón en otro discurso posterior. Es texto integro de este discurso se puede encontrar en las páginas 1 y 4 de La Nación, en su edición del 2 de diciembre de 1943.
Mediante el decreto 23.852 de 1945 y posteriormente la Ley de Asociaciones profesionales se reglamentará la actividad de los sindicatos como complementaria de las medidas estatales llevadas adelante por la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Impulsados por esta Secretaría y al amparo de estas leyes se crean entre 1943 y 1945 decenas de sindicatos. Algunos en ramas de la industria donde no existía ninguno, otros paralelos a los ya existentes y dominados por comunistas o socialistas y que terminarán por absorber a éstos.
Los cuadros sindicales necesarios para llevar adelante este proceso surgen de varias fuentes : en parte de las propias bases que se sindicalizan, en parte de nuevos organismos que se crean paralelamente al proceso de sindicalización : el Partido Laborista de Cipriano Reyes, caudillo de Berisso11, el Partido Socialista Agrario, cuyos líderes colaborarán con el peronismo desde el diario Democracia hasta 1947, creyendo que Perón haría una profunda reforma agraria ; movimientos desprendidos de los partidos tradicionales (por ejemplo un sector de la intransigencia tradicional y del sabattinismo): grupos nacionalistas que venían surgiendo, como F.O.R.J.A., en el que militaban Jauretche, Scalabrini Ortiz, etc. y también grupos dirigentes sindicales que se desprenden del comunismo, del socialismo y de los viejos grupos trostkistas: Borlenghi, antiguo dirigente mercantil socialista que llegará a ser ministro de Perón, los hermanos Perelman, que desaparecerán sin pena ni gloria en los primeros años del peronismo y muchos otros, algunos todavía hoy conocidos, otros perdidos en el tiempo.
Junto a estos cuadros sindicales cumplen un papel muy activo en el proceso los propios inspectores de la Secretaria de Trabajo, que recorren el país convencidos de que tienen una sagrada misión que cumplir. Provienen de los mismos grupos señalados más arriba y se ligan a la Secretaría por distintas vías.
Sobre estas cuestiones existen interesantes datos -verificables en la prensa de la época- en los libros “Del anarquismo al peronismo” de Alberto Belloni y “Como hicimos el 17 de octubre” de los hermanos Perelman. Lamentablemente ambos textos inhallables en librería.
El resultado que estos activistas obtienen en su campaña de sindicalización masiva se puede medir con las cifras que facilita Luis Cerrutti Costa en su libro” El sindicalismo, las masas y el poder”: la asociación metalúrgica, que pertenecía a la C.G.T. comunistas, tenía en 1941 2.000 afiliados. La Unión Obrera Metalúrgica fundada en 1943 por impulso de la Secretaría de T trabajo alcanzaba a los 100.000 afiliados en 1945. La Unión Obrera Textil, comunista, tenía igualmente 2.000 afiliados en 1943. Ese mimo año se funda la Asociación Obrera Textil y alcanza en 1946 85.000. F.O.T.I.A.12, fundada en 1944, tenía en 1947 100.000 afiliados, Personal de Panaderías, fundada en 1943, tenía en 1946 20.000 afiliados. Madera, fundada en 1944 tenía en 1947 35.000 afiliados.
¿A que se debe este ritmo explosivo de la sindicalización? ¿Por qué las masas obreras, que durante los años anteriores se afiliaban a los sindicatos sólo en una mínima proporción, lo hacen ahora en grandes cantidades?
La respuesta hay que buscarla en la historia anterior del movimiento obrero y en las nievas condiciones sociales creadas por la guerra, el proceso de industrialización y el surgimiento del gobierno militar el 4 de junio.
El cierre de los mercados europeos a causa de la segunda guerra, acelera el proceso de industrialización iniciado en la década del 30 a causa de la crisis de 1929. Decenas de miles de hombres emigran del campo a la ciudad y se incorporan alas nuevas fábricas y talleres. La industria representa una esperanza de vida mejor para los hombres del campo, que viene de soportar duras condiciones de explotación, agravadas durante la “década infame” por la crisis mundial. La vara y mezquina “burguesía nacional”, que ambiciona una rápida acumulación capitalista y los grandes pulpos imperialistas que participan en la industria, no están dispuestos, sin embargo, a compartir con sus obreros las enormes ganancias originadas por la prosperidad creciente.
Los obreros necesitan encontrar instrumentos aptos para enfrentar la patronal en el terreno económico y disputar con ella el reparto de la renta nacional que ellos, y solamente ellos, están creando con su esforzado trabajo.
Los viejos sindicatos comunistas y socialistas, sin embargo, no constituyen ese instrumento y los recién llegados del campo los miran con desconfianza y recelo. En primer lugar, porque los dirigentes sindicales del comunismo les hablan en un lenguaje que no corresponde a su nivel de conciencia ni a sus intereses inmediatos. En lugar de plantear los problemas de clase tal como ellos ocurren en la realidad concreta de nuestro país, los comunistas apelan a un vago internacionalismo, que en realidad no es más que el seguidismo a los vaivenes de la política exterior soviética. De la mano de la alianza de la Unión Soviética con los países imperialistas occidentales contra la Alemania Nazi y el fascismo mundial, el P.C. plantea a los obreros la famosa táctica del Frente Popular, que en los hechos significa marchar a la cola de la burguesía local, e incluso del imperialismo.
Así, el reformismo P.C. se transformará en traición abierta en 1942 y 1943 liquidando las grandes huelgas del gremio de la carne y el metalúrgico. Como los ingleses eran aliados a la Unión Soviética, en la guerra la consigna era: “no dejar sin abastecimiento a los luchadores de la democracia”. Así, en nombre de los intereses de los lejanos ejércitos aliados que combatían en los campos de batalla, l os obreros de la carne que soportaban jornadas de 14 horas en las cámaras frías, tenían que dejar de lado su lucha frente a los frigoríficos ingleses, los peores exportadores de la riqueza y el trabajo argentino. La traición fue de la mano del servilismo. Peters, dirigente comunista de la carne preso en el sur, fue traído en avión por el gobierno conservador para que hablara en una gran asamblea de los huelguistas, planteando el levantamiento de las medidas de fuerza.
Sobre esta traición edificaría su fuerza principal el Partido Laborista de Cipriano Reyes y los obreros de la carne serían una de las principales fuerzas movilizadas el 17 de octubre.
Como los Estados Unidos eran aliados de la Unión Soviética y el señor Torcuato Di Tella, presidente de la Cámara Metalúrgica, era también activo dirigente de las asociaciones de apoyo a los aliados y gran amigo de los norteamericanos, tampoco los obreros metalúrgicos debían luchar por sus reivindicaciones y corrieron suerte similar a los de la carne. No puede extrañar entonces que la nueva Unión Obrera Metalúrgica, agitando estos problemas y consiguiendo con acuerdo de la Secretaría de Trabajo nuevos convenios muy superiores reclutará 100.000 afiliados en una par de años.
Naturalmente, en estos primeros años, que constituyen la época de oro del sindicalismo peronista y de la clase obrera peronista, la actitud de los trabajadores hacia los sindicatos su función es activa y no pasiva. Todavía esta lejano el día en que la consigna “del trabajo a casa y de casa al trabajo”, será acatada obedientemente por los trabajadores, con los funestos resultados conocidos.
En una investigación del Ministerio de Trabajo, publicada en 1961 encontramos una serie de datos sobre las huelgas de la Capital Federal entre 1942 y 1955, que resultan sumamente sugestivos. (ver recuadro)

SINDICALIZACIÓN Y LUCHA DE CLASES

Del análisis de esta tabla surge clara una verdadera radiografía de la lucha de clases bajo el peronismo.
Vemos como las cifras caen verticalmente entre 1942 y 1943, como producto de la retracción de los viejos sindicalismos frente al nuevo gobierno. No era para menos, los diarios del 7, 8, 9 y días subsiguientes de junio informan detenciones de comunistas en todo el país y en agosto es intervenida la Unión Ferroviaria, siendo nombrado interventor el Coronel Víctor Mercante.
Pero a partir de ese año comienza un alza sostenida de la lucha económica, llevada adelante por los nuevos sindicatos.

En esta tabla no figuran cifras de los paros generales (*). Nota para los editores: esto va en letra más pequeña que la que lleva el texto.

DURACIÓN
TRABAJADORES JORNADAS MEDIA
AÑOS CASOS AFECTADOS PERDIDAS (DÍAS )

1942 113 39.865 634.339 …………..

1943 85 6.754 87.229 12,9

1944 27 9.121 41.384 4,5

1945 47 44.186 509.024 11,5

1946 142 333.929 2.047.601 6,1

1947 64 541.337 3.467.193 6,4

1948 103 278.179 3.158.947 11,4

1949 36 29.164 510.352 17,5

1950 30 97.048 2.031.827 20,9

1951 23 16.356 152.243 9,3

1952 14 15.805 313.343 19,8

1953 40 5.506 59.294 10,8

1954 18 119.701 1.449.407 12,1

1955 21 11.990 144.120 12,0

(Fuente: Cuadernos de investigación social. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. 1961. Tomado de la obra “Sindicatos y Poder en la Argentina” de
Roberto Carri.) (*) Idem arriba.

Vemos como la cifra de huelguistas crece vertiginosamente hasta 1947, año en que comienza una retracción cada vez más marcada, que alcanza el punto más bajo en 1953. En 1948, sin embargo, con la mitad de huelguistas que el año anterior, se mantiene casi parejo en número de jornadas perdidas, mientras se multiplica casi por dos el número de conflictos y la duración de las huelgas. La razón es muy clara: hacia 1948 ya las huelgas con el beneplácito oficial. Ya no son impulsadas desde arriba por los organismos unificados sino que surgen desde abajo en multiplicidad de casos aislados. Por esa mima razón se eleva la duración de los conflictos y de jornadas perdidas: ya las cosas no se arreglan tan amigablemente en el ministerio de Trabajo, sino que las luchas se libran verdaderamente en la calle.
La combatividad de la clase obrera, que se desarrolla con “viento a favor” oficial hacia 1947, debe enfrentar duras luchas en 1948. El resultado adverso de esas luchas determina el paulatino descenso de las cifras de huelgas en los años posteriores.
Si comparamos estas cifras con otros datos se ve más claro aún el fenómeno: entre 1946 y 1949 son intervenidos la Unión Obrera Metalúrgica, la Federación Telefónica, la Bancaria, la Gráfica Bonaerense, la FOTIA, la Unión Ferroviaria, la de la Carne. Numerosos dirigentes cegetistas son reemplazados por otros aún más complacientes con las directivas del gobierno.
Lamentablemente, no disponemos de una tabla similar para el interior del país, pero de la lectura de los diarios de la época se desprende claramente que allá el fenómeno fue más vivo y rico aún.
En todos los rincones del país los trabajadores vivieron los primeros años del peronismo en forma activa, tomando los nuevos sindicatos como su instrumento de realización de clase. No sólo se afilian masivamente a ellos, sino que inmediatamente los utilizan para lanzarse a la lucha económica contra la patronal, disputando su participación en la renta nacional, su parte en la riqueza elaborada por ellos.
Esto corresponde claramente a la primera etapa en la formación de la conciencia de una clase obrera : es la primera etapa economista y espontaneísta, en la que los obreros no visualizan sus intereses históricos, no comprenden la lucha de clase como una de clase a clase, sino como una lucha económica. No se ocupan de política, no cuestionan la existencia misma de la plusvalía como ganancia capitalista, sino solamente su participación en esa ganancia, en el valor agregado por sus manos a los productos de la naturaleza.
Por otra parte, en el caso concreto de la clase obrera argentina bajo el peronismo, los trabajadores visualizan al gobierno peronista, que no solamente tolera, sino que impulsa la actividad de los sindicatos y les da fáciles victorias a través de la Secretaría de Trabajo, como su gobierno. Se sienten en el gobierno y les basta como expresión política concurrir periódicamente a la Plaza de Mayo para vivar al Líder. Fuera de eso la política no les interesa y sus intereses se concentran en la lucha económica.
Pero aún dentro de esos estrechos marcos reformistas y sindicalistas, la lucha es una lucha activa, combativa, en la que los obreros participan sincera y fervientemente, en la que se sienten obreros combatiendo a la patronal.
Precisamente por eso el gobierno peronista tiene una actitud dual frente a esas luchas que progresivamente se va volviendo contra el sector obrero.
En un principio apoya el movimiento de sindicalización y las luchas de los trabajadores, precisamente para poder controlarla. Porque teme más a las masas desorganizadas, como lo señala el propio Perón en un discurso, que pueden ser capitalizadas por los “agitadores” para una política obrera independiente, que al momentáneo enojo que pueda producirle a la burguesía este apoyo a los trabajadores.
Pero aún cuando los trabajadores se sientan y sean peronistas, al régimen no deja de molestarle el aspecto positivo que hay en el movimiento de sindicalización y huelgas: lo que tiene de combativo, lo que tiene de auténticamente obrero. Es sabido que el movimiento obrero eleva más su conciencia en una semana de huelga que en meses de charlas políticas.
Por eso se esfuerzan por controlar monolíticamente los sindicatos, a través del aparato central de la C.G.T. y por eso entre 1946 y 1949 don sucesivamente intervenidos por la central obrera los gremios antes y otros menores en el interior. Por eso la burocracia cegetista es removida continuamente, reemplazando primeramente a los “contreras” por los tibios y luego a los tibios por los fieles y luego a los fieles por los incondicionales.
Por otra parte, la base de la política bonapartista del peronismo, las grandes ganancias y las enormes disponibilidades de divisa de los primeros años de posguerra se agotan bastante rápidamente. Por eso en el período de 1948-1949, las huelgas cuentan cada vez menos con el visto bueno oficial y el aparato cada vez más controlado y estatizado de la C.G.T. comienza a frenar todo el movimiento reivindicativo.
Por eso, como lo revelan claramente las cifras señaladas más arriba, las huelgas en estos tres años se vuelven más duras, duran más y son más aisladas. Ya no las llevan adelante los hombres de la C.G.T. sino dirigentes de base, que aún siendo peronistas, no aceptan que se negocie con el trabajo y el sufrimiento de sus compañeros.
Pero el aparato oficial adopta una hábil política frente a estas luchas : después de darle largas a las huelgas, concede todas o la mayoría de las reivindicaciones perdidas por los obreros de base. Pero antes de hacerlo, interviene a los gremios en conflicto. Expulsa y persigue políticamente a sus policialmente a sus dirigentes acusándolos de comunistas y negocia la solución del conflicto con la intervención. Así los interventores aparecen como los salvadores de los obreros llevados por el mal camino de los agitadores y esos mismos interventores ganarán fácilmente las elecciones subsiguiente; manteniendo en adelante al gremio dentro de los límites fijados por el Ministerio de Trabajo y la C.G.T. central, por todo el aparato oficialista.
Un caso típico es la gran huelga de la FOTIA: planteada en 1948 por una serie de reivindicaciones sobre las condiciones de trabajo y los aumentos de salarios enciende la chispa del conflicto en toda la provincia de Tucumán y se forma un Comité de Huelga al margen de la C.G.T. local. Durante varias semanas se mantiene la lucha, mientras las autoridades acusan a los comunistas de dirigir al movimiento para sabotear al país. Algunos comunistas participan efectivamente en la lucha, como el dirigente telefónico Aguirre que es asesinado por la Policía Federal en la cámara de torturas. Pero son una ínfima minoría. La mayoría de los dirigentes y la casi totalidad de las bases peronistas, hombres que estaban de acuerdo con el gobierno, pero que no están dispuestos a seguir complacientemente todas las directivas oficialistas, en una provincia donde la explotación adquiere tradicionalmente límites increíbles y donde el menor grado de industrialización da menor margen a la política conciliatoria del gobierno.
Finalmente la FOTIA es intervenida; Simón Campos y demás dirigentes son detenidos y perseguidos. Entonces se negocia un acuerdo con los interventores donde se da a los obreros un cincuenta por ciento de aumentos y otras conquistas.
Esta hábil política da los resultados que refleja claramente la tabla que acabamos de ver: la combatividad de los obreros decae notoriamente.
La clase obrera se vuelve no sólo reformista sino pasiva, se acostumbra a esperarlo todo de la capacidad de negociación de sus dirigentes y de la benevolencia del todo poderoso líder que esta frente al gobierno. Comienzan a crearse las condiciones para que los obreros acepten pasivamente la consigna “de casa al trabajo y del trabajo a casa”.
Podría un defensor del peronismo decir que es falsa nuestra interpretación de los datos estadísticos, que en realidad los obreros dejaron de hacer huelgas simplemente porque se encontraban bien bajo el peronismo y no había ninguna razón para salir a la calle.
Quienes han vivido en aquellos años saben por su práctica cotidiana que no fue así y hay datos que pueden demostrarlo a las nuevas generaciones: por ejemplo, las ventas minoristas en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, según datos de la Dirección de Estadísticas y Censos, descendieron en un 50 % entre 1949 y 1953.
Esto nos indica claramente que los obreros, al decrecer en su nivel de combatividad, comenzaron automáticamente a decrecer en su nivel de vida. Menos ventas minoristas significan menos compras por parte de los sectores populares. Menos compras indican salarios reales más bajo, menor participación en la renta nacional.
¿A qué manos fue a parar esa parte de la renta nacional perdida? Es fácil darse cuenta si recordamos que en 1953 se creo la Confederación General Económica, dándosele a sus dirigentes amplia participación en los resortes del poder y que su delegado a una conferencia internacional, Guillermo Kraft, señalaba eufórico que las cosas iban muy bien para ellos. Y como dijo cierto dirigente popular “lo que les conviene a ello, no puede ser bueno para nosotros”

LA REACCIÓN TARDÍA

Este estado de cosas provoca en 1954 la reacción de algunos dirigentes sindicales de la nueva hornada, que en contra de la conducción oficial organizan la gran huelga metalúrgica y otros movimientos menores. Veamos en la tabla de huelgas como las cifras de huelguistas y jornadas perdidas registran un brusco repunte: de 5.506 huelguistas y 59.294 jornadas en 1953 se elevan a 119.701 huelguistas y 1.449.497 jornadas en 1954. Sin embargo, el número de conflictos desciende de 40 a 18. Es que en lugar de los pequeños entuertos domésticos de 1953, en 1954 hay grandes huelgas de verdad, entre ellas la metalúrgica, que dura más de 40 días. Pero la reacción es ya muy tardía. En ese momento los gorilas13 afilan ya los sables para el cuartelazo del 16 de septiembre y la iglesia se prepara para dar su ideología al movimiento “libertador” y a bendecir las bombas que el 16 de junio masacraron mujeres y niños en la Plaza de Mayo.
Entre 1949 y 1955 la clase obrera ha perdido ya la capacidad de movilizarse en forma independiente y sólo concurre adonde la convoca el oficialismo. Cuando en septiembre de 1955 las direcciones peronistas huyen hacia todas partes, imitando a su jefe que se refugia en una cañonera paraguaya, sólo algunos estertores aislados -Rosario, Avellaneda, Berisso- darán muestras de que la clase obrera sigue existiendo aún y es capaz de combatir. Los dirigentes de la lucha de 1954 serán los organizadores de la resistencia sindical en los años inmediatamente posteriores a 1955, con las limitaciones impuestas por su formación en la C.G.T. estatizada, con las limitaciones que son fácilmente reconocibles si recordamos sus nombres: Augusto Timoteo Vandor, Eliseo Cardoso, Andrés Framini…
Es que precisamente el carácter policlasista del movimiento peronista implica transportar al interior del movimiento todas las contradicciones de la lucha de clases. En consecuencia, la actitud de todos los sectores que componen el movimiento -incluso sus sectores obreros- hacia la lucha de clases estará determinada por la ideología dominante en el mismo. Siendo esta ideología la burguesa, de conciliación de clases, impresa por la dirección bonapartista a todo el movimiento, los sectores obreros que permanentemente han tratado de vertebrar un “peronismo obrero” o “peronismo revolucionario” se ven más tarde o más temprano, limitadas, embretados por el chaleco de fuerza de la ideología oficial de su líder y de su movimiento.
En el vano intento de resolver esta contradicción de clase dentro de los marcos del peronismo han surgido toda clase de engendros ideológicos como “socialismo nacional”, “socialismo justicialista” y otras variantes.
Sin embargo, uno tras otro, los dirigentes y activistas que de una manera u otra se plantearon el problema terminaron siendo traicionados, neutralizados o absorbidos por la máquina implacable del peronismo oficial.
No obstante el carácter obrero de un amplio sector de la base peronista, ha seguido ejerciendo una y otra vez una presión de clase en sentido positivo, intentando superar esos marcos ideológicos y políticos a través de la acción sindical, política o armada. Esta contradicción entre los intereses obreros de las bases y los intereses burgueses de la dirección, entre la ideología oficial y los variados intentos de superarla constituye el origen de las múltiples corrientes que desgarran el peronismo. Esta contradicción constituye el drama del peronismo cuyos últimos actos, vividos del ’55 a la fecha, son los capítulos más vivos, apasionantes y plenos de enseñanzas y experiencias de esta historia de nuestro tiempo.

ORÍGENES DEL “PERONISMO DE IZQUIERDA”

Peronismo duro, peronismo de izquierda, peronismo revolucionario, peronismo obrero. Según en boca de quien estén estos términos pueden significar distintos nombres de una misma cosa o cosas que siendo similares son distintas entre sí: dejando de lado sutilezas idiomáticas, estas designaciones corresponden a un mismo fenómeno. A las distintas corrientes, que con mayor o menor grado de claridad ideológica, con mayor o menor sinceridad en sus objetivos, con una base obrera mayor o menor y con muy variados destinos posteriores han intentado en su momento vertebrar una nueva fuerza dentro del peronismo, una fuerza que respondiera a los intereses obreros de las bases o que al menos no acatara mecánicamente a la dirección burguesa del movimiento. El común objetivo de estas corrientes, a pesar de su variedad de matices, también encontró una suerte común a pesar de sus destinos diferenciados: el fracaso; la imposibilidad de estructurar una auténtica corriente proletaria dentro del peronismo.
El primer intento podemos anotarlo en el bloque de diputados obreros animados por John William Cooke14 y en las corrientes de oposición que surgen en los principales sindicatos.
La fecha en que surgen estos intentos no es casual: en los primeros años de la década del ’50. En esos años, los últimos del peronismo en el poder, ya se ha agotado la superabundancia de posguerra que daba su base material al juego bonapartista de concesiones a la clase obrera y grandes ganancias al capital. La contradicción entre las dos alas del movimiento, es decir, la contradicción ineludible entre las clases opuestas que se encuentran en su seno comienza a estallar. El Congreso de la productividad, los nuevos convenios cada vez menos favorables a los obreros -como el famoso convenio de la carne en 1951- la constitución de la Confederación General Económica y su creciente peso en el aparato oficial, la devolución de empresas al capital privado y las crecientes concesiones al imperialismo nos dicen bien a las claras como se propuso el aparato oficial resolver esas contradicciones : en favor del bando capitalista y en perjuicio de los obreros.
Las huelgas del año ’54, que mencionamos anteriormente, la oposición del bloque de diputados obreros a los contratos petroleros y otros actos de resistencia, constituyen la débil respuesta del sector obrero, aprisionado en el chaleco de fuerza de la C.G.T. estatizada y todo el aparato oficial del peronismo.
Cuando la reacción gorila arrasa fácilmente con todo ese aparato, las corrientes pro-obreras encontrarán en la oposición y la resistencia una oportunidad de desarrollarse más libremente, pero nunca podrán librarse de la traba más profunda: la ideología burguesa del peronismo.
Los múltiples canales por los cuales esta ideología penetra profundamente en las bases peronistas, se asienta particularmente en sus dirigentes y cuadros medios y corrompe a la mayoría de ellos, pueden verse con más claridad que en ningún otro caso en el movimiento sindical peronista.
A la caída de Perón, los dirigentes opositores que lideraban las huelgas del ’54, se encuentran de pronto con la dirección de la resistencia sindical en sus manos. Los dirigentes oficialistas se apresuran a abandonar el barco que se hunde, como siempre sucede con las ratas. ¿quién se acuerda ya de Vucetich, de Balouch, de tantos otros que “daban su vida por Perón” en las grandes solemnidades oficiales del 1° de mayo y el 17 de octubre? Ellos estaban hechos para los salones, para las recepciones oficiales, para los triunfos fáciles en el Ministerio de Trabajo. Cuando llegó la hora de enfrentar al enemigo triunfante, se perdieron sin pena ni gloria en la noche de la historia.
Los dirigentes que organizarán la resistencia sindical peronista surgen de la gran institución gremial del peronismo: los cuerpos de delegados y comisiones internas. Creados por la máquina oficial bonapartista para controlar más de cerca al movimiento obrero, cumplirán sin embargo un doble papel: en épocas de quietismo o reflujo de la clase obrera serán la correa de transmisión de arriba hacia abajo, por la cual la burocracia controla sólidamente las bases. En época de lucha y combatividad serán la correa de transmisión de abajo hacia arriba por la cual las bases tratarán de imponer sus intereses a la dirección.
Tal es el caso de los primeros tiempos de la “revolución libertadora”. Hombres surgidos de las comisiones internas y cuerpos de delegados -algunos ya han hecho la experiencia opositora de la huelga del ’54- estructuran el movimiento obrero en la clandestinidad, luchando por la recuperación de los sindicatos intervenidos y entregados al sindicalismo amarillo.
Pero estos hombres están ya empapados de la ideología de conciliación de clases peronistas. Ellos ya han hecho también la gimnasia de los pasillos ministeriales y han aprendido a confiar más en la negociación que en la lucha. Su combatividad y lealtad a las bases durará exactamente lo que dura su permanencia fuera de los sindicatos. Apenas trepen a los sillones dejados vacantes durante la huida en masa en septiembre adquirirán los intereses materiales que los transforme en una casta burocrática tan podrida y traidora como la que venían a reemplazar.
Este fenómeno que se repite una y otra vez en el movimiento obrero argentino, vale la pena repetirlo, no es casual.
Los sindicatos son, por naturaleza, una institución tolerable y tolerada por el sistema capitalista. A través de ellos el régimen burgués intenta encontrar una válvula de escape a las tensiones sociales, desviando hacia la lucha exclusivamente económica por mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo l potencialidad combativa de la clase obrera. Para ello cuentan como instrumento de su política, con la burocracia sindical, con las direcciones que traicionan a sus bases al adquirir intereses distintos al del conjunto de los obreros, es decir, concretamente, la renta sindical que permite un nivel de vida fastuoso a costa de los obreros que pagan la cuota sindical y sufren las entregadas en los conflictos y convenios.
Sólo una dirección ideológicamente clasista y revolucionaria, que adopte métodos proletarios de vida y de trabajo, puede poner los sindicatos a servicio de la clase obrera, nucleando en ellos al conjunto de los trabajadores en la lucha económica consecuente contra la patronal y utilizándolos como primer escalón de la lucha general de la clase obrera por la totalidad de sus objetivos, inmediatos e históricos, que encontrara únicamente en el partido proletario y el ejército popular revolucionario los instrumentos válidos para su triunfo final.
Por esta razón era y es imposible que de las filas del peronismo, nutrido por una ideología conciliadora, surja una dirección sindical consecuentemente proletaria.

EL SINDICALISMO PERONISTA EN ACCIÓN

Entre fines del 55 y los primeros meses del 57 el sindicalismo peronista, reestructurándose a partir de los cuerpos de delegados y comisiones internas luchan, como dijimos, por la recuperación de los sindicatos. En marzo de ese año el interventor, capitán de navío Patron Laplacette, se ve obligado a convocar al congreso de la C.G.T. 32 que apoyan al gobierno gorila se retiraran del mismo. Los 62 gremios que permanecen, peronistas, dan origen a las “62 organizaciones”.
Las luchas de esta época y los primeros tiempos de las 62 constituyen la época de oro del sindicalismo peronista. En los plenarios con barra de las 62 las bases pueden hacer oír su voz y su presencia se traduce en múltiples luchas y enfrentamientos con la patronal y el gobierno gorila. Aún luchando por una ideología que es la suya, la clase obrera al estar relativamente libre de trabas burocráticas, hace sentir al enemigo de clase todo su peso y la fuerza de su potencialidad de lucha.
Pero a nivel dirigente, ya la traición se está gestando. Los jerarcas sindicales y el general Perón preparan el acuerdo con Fornida. Entre la ideología burguesa del bonapartismo peronista y la ideología burguesa del desarrollismo frondi-frigerista no hay una oposición de fondo. Ambas responden a la misma clase y las diferencias son sólo tácticas.
Esto es lo que no alcanzan a ver los obreros peronistas, que llevados por su conducción traidora creen, una vez más, acercarse al poder el 1° de mayo de 1958. La entrega acelerada de nuestro patrimonio al capital imperialista, el alza desenfrenada del costo de la vida y el Plan Conintes los sacarán rápidamente de su error. Pero para la burocracia las cosas no están tan mal. De la mano de Fornida y de Frigerio han recuperado el edificio de la calle Azopardo, símbolo de su poder y de su integración al régimen. Los caballos de carrera de Vandor, los cuadros de firma y los perros de raza de March, las empresas constructoras de Coria, las parrillas y restaurantes de Elorza, las fábricas textiles de Framini y Alonso, irán jalonando el camino de una traición cada vez más abierta. Los siniestros hombres de la metralleta en el portafolio reemplazarán la simpatía de las bases en el mantenimiento del sillón.
Las bases, algunos cuadros medios aislados, pugnan una y otra vez por retornar a la época de oro de la lucha contra la Libertadora. Para conciliar ambas presiones, Vandor inventa la táctica de “luchar para negociar”. Las bases creen obtener conquistas a través de la lucha, pero las negociaciones en el Ministerio de Trabajo entregan a la patronal lo que los obreros conquistan en la calle.
La huelga general de enero del ’59 será la última manifestación masiva frente al frondizismo. El apresurado levantamiento de la huelga por parte de la conducción vandorista, marcará una gran derrota obrera y el comienzo de un largo retroceso en las luchas sindicales que sólo terminará diez años después en los sucesos de mayo de 1969.
En esos diez largos años, verdadera “década infame” de la conducción peronista, la entregada sindical irá de la mano con la traición política. La pasividad frente al golpe militar que borró el triunfo en las urnas del 18 de marzo de 1962, el frentismo con Solano Lima,15 el apoyo a los azules en los enfrentamientos militares de setiembre del 62 y abril del 63, la tolerancia frente al gobierno de Illía y el “desensillar hasta que aclare” frente al golpe de Onganía ; son sus episodios más salientes16.
La indignación de las bases ante esta larga cadena de traiciones se refleja en la superestructura burocrática en la forma de continuas rupturas, cada una de las cuales pretende aparecer como la “auténtica conducción peronista”. Veremos así nacer y desaparecer a las 62 de pie, los 20, los 10, etc, etc. Todas estas fisuras no dejan de ser conflictos interburocráticos, sin importancia real para la clase obrera. Todos los sectores burocráticos cumplen el mismo papel esencial: servir al régimen capitalista, servir a distintos sectores burgueses. En consecuencia esas fisuras reflejan también los roces interburgueses. Cuando ciertos burócratas juegan al golpe otros son legalistas y viceversa.
La única estructuración gremial medianamente combativa que dio el peronismo fue la hoy raquítica “CGT de los Argentinos”. El ongarismo fue el producto mas alto que pudo surgir del sindicalismo peronista. Pero también su suerte fue el fracaso, aunque su destino no fuera la traición Ongaro y sus fieles se negaron a traicionar a su clase, pero fueron incapaces de vertebrar una auténtica corriente clasista. Por eso mismo se quedaron solos. Sin los dirigentes, que continuaron con sus maniobras. Sin las bases que encuentran en otras corrientes canales más claros y seguros para sus inquietudes de lucha.
La razón de estas soledad es precisamente que Ongaro no supo romper con Perón en el momento adecuado. Cuando en setiembre del ‘69 se montó por enésima vez el operativo retorno y Perón dio la orden a sus parciales de reunificarse bajo la conducción cegetista. Ongaro no se atrevió a enfrentar esta puñalada por la espalda con una actitud clasista consecuente, denunciando la traición de su líder y formando una corriente independiente. Por eso se quedó solo.

LAS FISURAS POLÍTICAS DEL PERONISMO

Pero la lucha de clases en el interior del peronismo no se reflejó solamente en sus organizaciones gremiales sino también en sus organismos políticos, aunque a un nivel muy distinto.
La contradicción principal en el movimiento sindical se da entre el carácter obrero delas bases y el objetivo burgués de la dirección. La contradicción en los organismos políticos se da entre las distintas capas y alas de la burguesía y de la pequeña burguesía que militan en el peronismo.
El fenómeno conocido como “neoperonismo” refleja fundamentalmente a los sectores burgueses y mediano burgueses del interior que desarrollaron una serie de organizaciones propias, a veces con un nombre distinto, aprovechando la diversidad de sellos que jugaban en las elecciones; a veces como corrientes internas del “peronismo oficial”.
Las muy variadas situaciones económicas en que se encuentran estas burguesías y medianas burguesías locales, sumadas al carácter vacilante y contradictorio que es común a todas ellas, determinan la variada gama de matices que pueden encontrarse en estas corrientes del peronismo : desde algunas situadas a la derecha del peronismo oficial hasta otras que se cuentan entre las más radicalizadas.
Así nos encontramos en este sector del peronismo con personajes como Elías Sapag, Oscar Sarrulle o Juan Luco, que colaboran abiertamente con los gobiernos de la dictadura militar y con otros que como Julio Antún en Córdoba o Abdulajad en Santiago del Estero, militan en el llamado “peronismo duro”, o con un Felipe Bittel que cuando tuvo la gobernación del Chaco desarrollo una obsecuente relación con el gobierno central del radicalismo del pueblo y en la oposición se roza frecuentemente con comunistas y socialistas y habla de marxismo y socialismo en sus discursos.
Las diferencias de matices responden, como señalamos más arriba, a la variedad de las contradicciones que enfrenta la burguesía y mediana burguesía del interior. Es frecuente que estos sectores se encuentren en graves problemas económicos, como consecuencia del hecho de que la crisis del capitalismo en todo el país asume en la mayoría de las provincias del interior un carácter sumamente agudo. En efecto, la estructura portuaria que el imperialismo inglés dio a la vieja Argentina agro-exportadora todavía sigue en gran medida subsistiendo y descargando sobre las zonas del interior el mayor peso de la explotación capitalista-imperialista. En consecuencia, la parte de las burguesías provincianas en la renta nacional se ve muy disminuida y sus contradicciones con el imperialismo y con la gran burguesía nacional, predominantemente porteña y bonaerense, suelen ser muy importantes.
Estos problemas son los que reflejan los sectores peronistas del interior, a lo que se suma el de que siendo lógicamente mayor la explotación de la clase obrera y demás sectores populares, ellos se ven obligados a asumir -demagógicamente o no- sus posturas y las aspiraciones y problemas de esos sectores explotados.

PERONISMO Y LUCHA ARMADA

Si consideramos las expresiones armadas del peronismo en los 16 años transcurridos desde su caída del poder, aparentemente hay una continuidad que nace con los primeros intentos de la Resistencia peronista y culmina con la actual participación de las organizaciones armadas peronistas en el proceso de guerra revolucionaria.
Pero esta continuidad es sólo aparente. Se realizamos el análisis de estos fenómenos desde el punto de vista del conjunto de los procesos históricos que se vienen desarrollando vemos que las perspectivas cambia, que en realidad hay una fractura y que la vieja Resistencia peronista y las actuales organizaciones armadas peronistas son fenómenos, cualitativamente distintos.
Veamos por qué. En el peronismo hay una contradicción, como ya hemos señalado, entre el carácter predominante obrero de su base y su ideología burguesa. En el caso de la lucha armada se manifiesta como la contradicción entre los métodos revolucionarios empleados y la ideología burguesa a cuyo servicio se emplean esos métodos.
Esto es así porque la lucha armada y, en general, el uso de la violencia popular constituye la forma más alta de la lucha de clases, el medio por el cual se expresa la lucha de clases cuando los medios pacíficos de lucha se han agotado total o parcialmente.
En consecuencias, los militantes peronistas al hacer uso de la violencia, están utilizando el método más revolucionario posible, pero en función de un objetivo que no tiene nada de revolucionario, como es la vuelta de Perón y la reconstitución de su gobierno burgués que intente la conciliación de clases.
Pero en una contradicción siempre hay un aspecto dominante. Es decir un aspecto que se impone y subordina al otro. Es en este plano donde se da una radical diferencia entre la vieja Resistencia y la actual organización armada peronista.
En aquella, el aspecto dominante de la contradicción era la presión de la ideología burguesa. Aún cuando en muchos casos jugaron su vida heroicamente y lucharon duramente contra el régimen, los militantes de la vieja Resistencia no lograron romper jamás con el chaleco de fuerza de su ideología. Porque la violencia por sí solo no es revolucionaria. Para que lo sea es necesario que se ponga al servicio de una política y que esa política sea obrera, que tenga claros objetivos de poder obrero. Los militantes peronistas de la Resistencia apelaron a la violencia espontáneamente, sin que se hubiera estructurado entre ellos una corriente proletaria, sin fijarse otros objetivos que la vuelta de Perón y confiando en los dirigentes del movimiento con sus líderes naturales. Así fueron traicionados, neutralizados o absorbidos una y otra vez y se frustraron retiradamente sus objetivos.
Vemos como la Resistencia nace con gran vigor a comienzos del ’56, a pocos meses del golpe gorila. Ese vigor expresa el profundo odio del pueblo trabajador contra el nuevo gobierno, que está liquidando a sangre y fuego y las conquistas obtenidas bajo el peronismo, interviniendo los sindicatos, encarcelando y asesinando a sus activistas, comenzando a lanzar un sistemático plan de reducción del nivel de vida popular en beneficio del gran capital y de los monopolios imperialistas que comienzan a controlar abiertamente nuestra economía y toda la vida nacional.
Mientras la dirección del movimiento se encuentra totalmente enfrentada al gobierno de turno, la Resistencia se sigue desarrollando vigorosamente. El sabotaje y el terrorismo en las ciudades expresan casi diariamente la rebeldía de los oprimidos, golpean duramente al régimen, inscriben páginas importantes en la historia de las luchas populares. Nace el primer intento de guerrilla rural, en la lucha de los Uturuncos en Salta, Tucumán y Santiago del estero17.
Pero a medida que la dirección del movimiento va tejiendo el acuerdo con Fornida la Resistencia va perdiendo claras fuerzas, se embota como un puñal que clava un colchón, el colchón de la integración con el frondifrigerismo.
Cuando Fornida, presionado por la ultraderecha militar y por los monopolios a los que sirve, estructura el Plan Conintes, la Resistencia renacerá brevemente ocupando con hechos espectaculares las primeras planas de los diarios. Pero ya la “fibra” original de los años de la Libertadora se ha perdido, ya el acuerdo y la integración están corroyendo sus entrañas como la herrumbre corroe el metal.
Tras otro breve renacimiento bajo el interinato de Guido, con el que las ultragorilas borraron el triunfo peronista en las elecciones del 18 de marzo de 1962, la Resistencia irá desapareciendo, perdiéndose como las aguas de un arroyo en la arena.
Los mejores hombres de la Resistencia van acumulando experiencia de estos años y como producto de esa acumulación nacen en 1968 las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) con la frustrada experiencia de Taco Ralo, segundo intento peronista y tercero a escala nacional de guerrilla rural ubicado, desde el punto de vista militar, en la clásica concepción del “foco”.
Pero si algunos hombres son los mismos, las circunstancias históricas son radicalmente distintas.
El gobierno de Onganía ha cerrado definitivamente las puertas de la lucha pacífica a la clase obrera y el pueblo. Con abiertos métodos de guerra civil, las Fuerzas Armadas cierran y ocupan los ingenios en Tucumán, “limpian” los puertos (o sea superexplotan a los trabajadores portuarios) y clausuran la vieja Universidad reformista. En los cañaverales tucumano, en los puertos y en los claustros universitarios, se libran las últimas batallas -perdidas- del viejo movimiento obrero popular. Por otra parte, en América Latina y en el mundo las cosas cambian aceleradamente. La guerra de Vietnam marcan el principio de la declinación del otrora todopoderoso imperio yanqui. El pueblo vietnamita con su heroica epopeya está cambiando definitivamente la correlación de fuerzas a escala mundial. En nuestra Latinoamérica, el ejemplo luminoso de Cuba socialista ha ascendido la mecha de la movilización revolucionaria de las masas en todo el continente. La heroica muerte de nuestro Comandante Che Guevara en Bolivia será una clarinada que llamará al combate a los mejores hijos del pueblo latinoamericano.
Un nuevo movimiento está por nacer. Un nuevo movimiento que pondrá en marcha a la clase obrera y al pueblo argentino en la ruta definitiva de la conquista y el poder político : la guerra revolucionaria. Un nuevo movimiento que anunciara clamorosamente al mundo su nacimiento en los incendios de las barricadas cordobesas el 25 de mayo de 1969. Un nuevo movimiento que a corto plazo cristalizará en vigorosas acciones de masas y el surgimiento de una nueva vanguardia armada que recoge en el plano más elevado todas las experiencias anteriores.
De esa nueva situación histórica son hijas las actuales organizaciones armadas peronistas: FAP, FAR, y Montoneros.
La contradicción a que estas organizaciones armadas se ven enfrentadas es la misma: los métodos revolucionarios de la lucha armada y la ideología del movimiento del que continúan formando parte.
Pero el aspecto dominante de esta contradicción a cambiado. Ya no es dominante la ideología de la conducción sino el carácter revolucionario de los métodos. Esto se expresa a través de la independencia que muestra su accionar las organizaciones armadas con respecto a la conducción oficial, especialmente la burocracia sindical y política del movimiento. Esto se expresa en los objetivos políticos que fijan a su lucha, en que aunque no de una manera totalmente clara plantean la necesidad del socialismo.
Sin embargo, este cambio de los aspectos de la contradicción no significa que la contradicción haya desaparecido. Por el contrario, subsiste con mayor agudeza que nunca. Las organizaciones armadas peronistas utilizan un método revolucionario, que día a día las enfrenta más y más al régimen capitalista. Cada acción armada, cada golpe al enemigo común, aumenta el odio enemigo, la persecución de que son objeto los combatientes armados en general. En el curso de este accionar las organizaciones armadas peronistas van buscando ligarse al movimiento obrero, reciben la simpatía popular y el apoyo de algunos sectores combativos y como corolario de toda esa lucha, efectúan propuestas políticas de cambio revolucionario, algunas formuladas con mayor claridad, otras con menos y también con matices claramente diferenciados de una a otra organización. Pero independientemente de su grado de claridad y de sus matices todas estas prepuestas plantean la vuelta de Perón como parte fundamental de ese proceso de cambio revolucionario ; toman el retorno como el punto de partida de ese proceso. Y ahí está nuevamente, agudamente, la contradicción señalada.
El gobierno con Lanusse a la cabeza del combate, con todo el peso de sus leyes y fuerzas represivas a las organizaciones combatientes, incluidas las de signo peronista. Las organizaciones armadas peronistas participan en la guerra del pueblo planteando el retorno de Perón. Y Perón teje el Gran Acuerdo Nacional con Lanusse, instrumento que éste ha elaborado precisamente para frenar la guerra revolucionaria.
Si el Gran Acuerdo, si la gran farsa sigue adelante, las organizaciones armadas peronistas pueden verse ante la dramática alternativa de dejar las armas o dejar de ser peronistas.
Nosotros confiamos en que resolverán esa contradicción en forma positiva. La palabra final sobre el tema la tendrán la historia y los propios compañeros combatientes peronistas.

SÍNTESIS Y CONCLUSIÓN

En primer lugar, queremos explicitar una breve consideración y teórica, que estaba implícita en las notas anteriores. ¿Qué es lo que determina un fenómeno histórico? ¿Sus motivaciones presentes o sus antecedentes históricos? ¿Sus bases económicas o su estructura social y política? ¿Su actividad práctica o su posición ideológica?
Aplicando la metodología marxista leninista de análisis, se comprende que todos estos factores se influyen mutuamente y que todos ellos concurren a desarrollara un determinado fenómeno. Pero también se advierte que no todos concurren en el mismo grado, que hay factores principales y factores secundarios.
Lenin nos enseña que el método marxista consiste en el análisis concreto de una situación concreta. Es decir que deben analizarse todos los elementos del fenómeno en la forma concreta que se dieron en el momento concreto en que ocurrieron. Y Marx nos enseña que la anatomía de una sociedad se obtiene analizando el grado de desarrollo de sus fuerzas productivas y sus relaciones de producción. D allí debemos partir.
La sociedad argentina en el momento de aparecer el fenómeno peronista se encontraba en plena expansión de sus fuerzas productivas, como consecuencia de una serie de problemas internacionales que brindaban las condiciones objetivas para ese desarrollo. Hasta 1930 el imperialismo, que dominaba el mercado mundial y en consecuencia la economía de todos los países dependientes, había impedido todo desarrollo industrial importante en nuestro país. La crisis mundial de 1929 interrumpe parcialmente la corriente de manufacturas hacia los países dependientes y de productos primarios hacia las metrópolis imperiales. En consecuencia, nuestro país se ve obligado a autoabastecerse de una serie de productos y a buscar otros recursos económicos fuera de sus tradicionales exportaciones agrarias. Esto da origen a un creciente desarrollo industrial, fuertemente acelerado por la segunda Guerra Mundial que estalla en 1939.
Este desarrollo industrial establece las bases de una concurrencia masiva de los trabajadores del campo a la ciudad, formando una nueva clase obrera mucho más numerosa y de características distintas a la existente hasta entonces, de origen predominantemente inmigratorio. Pero esa expansión de las fuerzas productivas se da en el marco de relaciones de propiedad capitalistas bajo la dominación imperialista. Es decir que ese desarrollo no parte de una fuerte burguesía con una conciencia desarrolladas de sus intereses nacionales, sino de una oligarquía asociada al imperialismo y de una burguesía raquítica, mezquina y de mentalidad dependiente. La combinación de todos estos elementos da el siguiente resultado: no existe una clase obrera fuerte y madura, capaz de plantearse encauzar la expansión de las fuerzas productivas por una vía de desarrollo socialista. Pero tampoco existe una fuerte burguesía nacional capaz de encauzarla por una vía de desarrollo capitalista independiente.
Y a causa de sus problemas internacionales, tampoco está el imperialismo, inglés o norteamericano, en condiciones de encauzar esa expansión en su propio beneficio. Sin embargo, las fuerzas productivas están allí, pugnando tercamente por expandirse. Tendrá que surgir entonces el agente histórico de esa expansión, adecuada a todo ese conjunto de características contradictorias. Ese agente histórico será el equipo militar dirigido por Perón. Este equipo militar asumirá la defensa de los intereses históricos de la burguesía, sin responder a ningún sector burgués en particular. Se planteará un proyecto de desarrollo capitalista independiente advirtiendo el peligro de que las condiciones objetivas produzcan a la larga una revolución proletaria. “Sino hacemos la revolución pacífica, el pueblo hará la revolución violenta” Señalo Perón en el discurso que citamos anteriormente.
Para realizar ese desarrollo capitalista independiente el equipo bonapartista necesita negociar con el imperialismo desde posiciones de fuerza. ¿Quién puede brindarle esa fuerza? No puede ser la burguesía nacional, mezquina, incipiente, poco consciente de sus propios intereses. Tampoco puede ser la oligarquía tradicional, que comienza su proceso de reconversión en una gran burguesía agraria, industrial, financiera y comercial íntimamente ligada al imperialismo, que es su característica actual.
Para negociar con el imperialismo, en consecuencia, el peronismo sólo podrá apoyarse en la propia clase obrera, única clase con fuerza suficiente para darle una base social al proyecto bonapartista. Para ganar a la clase obrera para ese proyecto el peronismo debe organizar a esta clase y para que no rebase los marcos de ese proyecto debe controlar esa organización. De allí nace entonces el impulso a la sindicalización masiva que Perón da desde la Secretaría de Trabajo y de allí nace la estatización creciente del movimiento obrero peronista.
Pero al mismo tiempo, para que la clase obrera acepte esas condiciones debe darle ciertas concesiones. La superabundancia de post-guerra, dará una vez más las bases para esas concesiones, aumentos de salarios y conquistas sociales, sin estorbar la rápida acumulación de capitales en manos de la burguesía. Cuando la superabundancia desaparezca y se provoquen los primeros roces, ya el aparato estatizante de la C.G.T. y demás mecanismos oficiales estará perfectamente montado y será capaz de continuar manteniendo a la clase obrera dentro de los marcos de la política peronista.
En efecto, en la aplicación de ese plan el bonapartismo debió adaptarse a las circunstancias de la lucha de clases que pasaba en ese momento por la lucha económica en torno a la distribución de la renta. En esa adaptación cedió al principio al empuje de la clase obrera (1945-49) realizando concesiones parciales sin dejar de capitalizar a la burguesía, lo que fue posible por las superganancias de post-guerra. Paralelamente y a partir de 1947 se fue acentuando la estatización de la C.G.T., interviniendo a los gremios que tenían direcciones combativas. A partir de 1949, año en que comienzan a agotarse las superganancias, la clase obrera comienza a perder terreno frente a la burguesía en la lucha por la redistribución de la renta nacional. En 1954 este proceso se ha consumado y se inicia una ofensiva para superexplotar a la clase, cediendo a las crecientes presiones del imperialismo. El imperialismo yanqui que viene obteniendo esas concesiones desde 1947 logra a partir de 1954 penetrar más profundamente en el país y considerando insuficientes las concesiones peronistas buscan su derrocamiento para implantar un gobierno más dócil a sus planes de colonización total de América Latina. Perón, aprisionado en la lógica de su propia política, se niega a movilizar a la clase obrera, cayendo sin pena ni gloria frente al golpe gorila-imperialista. Que esta posibilidad emana del carácter burgués del gobierno bonapartista de Perón y lo deja en manos de la burguesía cuyos intereses pretendía representar.
Por su parte la clase obrera asume el peronismo como una primera etapa en el desarrollo de su conciencia. A través de él, se reconoce como clase, pero únicamente al nivel de la lucha económica contra los patrones, disputándoles la renta nacional a través de los sindicatos. En los primeros años, su actitud frente a la sindicalización es activa y las huelgas frecuentes. Paulatinamente irá aceptando la estatización y su actitud se irá transformando en pasiva, aceptando todas las decisiones del aparato oficial.
Este fenómeno esta determinado fundamentalmente por las condiciones concretas en que se desenvuelve la clase obrera en ese momento: auge económico, surgimiento del bonapartismo, falta de desarrollo de su propia conciencia como producto de su reciente extracción campesina. Pero estas condiciones operan en el terreno abonado por las recientes traiciones del stalinismo al frente de los sindicatos y, más generalmente, por la incapacidad del viejo sindicalismo anarquista y socialista de ligar sus planteos generales a una clase obrera específica, la argentina, en su terreno nacional. Estas condiciones operan en una clase obrera en la que no se ha desarrollado una corriente proletaria independiente y la ausencia de esta corriente seguirá operando después, posibilitando [un] refuerzo creciente de la ideología de la conciliación de clases en su seno.
La gimnasia de la negociación en el Ministerio seguirá reforzando esa mentalidad conservadora y quietista que tan duros esfuerzos requerirá para romperla, dentro y fuera del peronismo. Esa mentalidad imposibilitará enfrentar a la reacción gorila en 1955. Esa mentalidad frustrará una y otra vez los esfuerzos por vertebrar un peronismo obrero y revolucionario.
Esa mentalidad sólo comienza a desaparecer en nuestros días, cuando una nueva generación obrera se ha incorporado a la lucha de clases. Los obreros que protagonizaron los cordobazos, el rosariazo, el tucumanazo, todos los movimientos de masas y conflictos en los últimos años, tenían en general, menos de diez años cuando cayó el gobierno peronista. Nada ganaron ellos en los pasillos de los ministerios y si perdieron muchas batallas a manos de la burocracia traidora. En esa dura escuela aprendieron a desconfiar de los dirigentes peronistas y de sus camelos18 de conciliación. En esa nueva generación está renaciendo la clase obrera argentina. Esa nueva generación está llamada a una nueva etapa en el desarrollo de la conciencia de nuestra clase.

PERSPECTIVAS ACTUALES DEL PERONISMO

En síntesis: el peronismo representó una etapa en el desarrollo capitalista del país, que no logró el objetivo inicial de un desarrollo independiente, evitando los riesgos de una explosión revolucionaria. Para la clase obrera representó una etapa inicial en el desarrollo de su conciencia, etapa que comienza a ser superada por la nueva generación proletaria, la que tiende a asumir su propia ideología de clase, el marxismo-leninismo.
Pero si nos limitáramos a decir esto caeríamos en el ideológismo y en el historicismo. Pues si bien desde un punto de vista histórico e ideológico el peronismo es un fenómeno social agotado, sin posibilidades de desarrollo histórico, desde el punto de vista político el peronismo es un fenómeno vivo y actuante, todavía muy importante en la realidad nacional. Debemos dar pues, para finalizar, nuestra opinión sobre las perspectivas actuales del peronismo. Para hacerlo debemos partir de nuestra caracterización básica de que el peronismo es un movimiento policlasista por su base social, aunque burgués por su ideología. Y analizar en consecuencia las perspectivas que el peronismo ofrece a cada clase social.
Para la burguesía el peronismo puede representar la última tabla de salvación a que se aferre en defensa del sistema capitalista en nuestro país. En esa dirección apunta precisamente el Gran Acuerdo Nacional que propone Lanusse. Cualesquiera sean las variantes prácticas que adopte el Gran Acuerdo, de concretarse tiene un contenido esencial: Perón intentará actuar una vez más como el freno de la lucha revolucionaria, en este caso, concretamente, de la guerra revolucionaria. Para ello llamará a la pacificación nacional, intentará desviar las luchas populares por el camino de las elecciones, para retornar al poder y volver a poner en práctica su juego bonapartista. Independientemente de que este retorno se de en forma total o compartida, directamente o por intermedio de personeros, su política no podrá ser otra que la aplicada durante su gobierno, con las variantes tácticas que impone el cambio de situación, entre ellas la cobertura ideológica de plantear el “socialismo nacional” y otros engendros teóricos similares. Para afirmarlo, basta ver su trayectoria en el poder, que analizamos anteriormente, y compararla con el programa que se formula en la Hora del Pueblo y la CGT. Los emparches que estos señores pretenden vendernos como la vía de desarrollo nacional, no son más que el viejo programa formulado por Federico Pinedo en la década del ’30 y aplicado por Perón en sus 10 años de gobierno. En suma, viejas soluciones con nuevas coberturas, que en esta oportunidad se agotarían mucho más rápidamente.
Para sectores de la burguesía media, particularmente en el interior, el peronismo representa todavía una variante en defensa de sus intereses, presionados desde arriba por los monopolios imperialistas que dominan la economía nacional en sociedad con la gran burguesía y por abajo por el desarrollo de las luchas populares. La agudeza de las contradicciones que enfrentan estos sectores los llevan sin embargo con frecuencia, a enrolarse en los sectores más “duros” del peronismo, entrando en contradicción y polémica con las conducciones nacionales. En ocasiones estos sectores asumen -por razones demográficas o sinceras- las reivindicaciones de sectores oprimidos de sus provincias – campesinos pobres y medios-.
Para la pequeña burguesía el peronismo representa una importante estación de transito en su proceso de radicalización. La crisis económica cada vez más aguda en que se debate el país empobrece rápidamente a sus capas medias empujándolas hacia el bando popular. En este tránsito hacia la izquierda, amplias capas de la pequeña burguesía “descubren” al peronismo, 25 años después de su nacimiento. Muchos de los hijos y hermanos menores de los que en el ’55 apoyaron a la Libertadora hoy son fervientes peronistas. Sus portavoces intelectuales se esfuerzan por ponderarnos sus raíces nacionales y populares, por mostrarnos el carácter revolucionario del retorno de Perón y otras empresas similares. Este tardío “descubrimiento” ya fue realizado hace más de 10 años por otros intelectuales, generando la ya agotada experiencia del “entrismo en el peronismo”.
Esta experiencia ya fue realizada por una de las vertientes que convergieron en la formación de nuestro Partido, el grupo “Palabra Obrera” liderado por Nahuel Moreno. El saldo de esa experiencia es negativo. Aunque tuvo aspectos parciales positivos y en cierto momento nos permitió acercarnos más fácilmente a las masas, el entrismo trabó el desarrollo de una corriente proletaria en nuestro partido. Sólo después de romper con el entrismo pudo el ala proletaria y leninista de nuestro partido desarrollarse generando el IV y V Congreso, donde se formuló la línea actual de guerra revolucionaria y se expulsó a las camarillas burocráticas y pequeños-burgueses que nos impedían marchar hacia la guerra.
Para la clase obrera, el peronismo representa objetivamente una traba en el desarrollo de su conciencia de clase y de sus movilizaciones masivas. Vemos como amplios sectores de la nueva vanguardia obrera rechazan implícita o explícitamente el peronismo y buscan con avidez el conocimiento de las ideas socialistas, del auténtico socialismo, el marxismo-leninismo. Las corrientes obreras que todavía permanecen en el peronismo, como el ongarismo, se debaten continuamente entre sus posiciones que apuntan a la revolución y las continuas trabas que encuentran en el movimiento peronista.
La vanguardia armada peronista, que nace en parte de la pequeña-burguesía radicalizada que asume el peronismo y en parte de las corrientes obreras que permanecen en el peronismo, enfrenta también las mismas contradicciones. En consecuencia, podemos decir que la perspectiva actual del peronismo es llegar a una agudización cada vez mayor de la contradicción entre las aspiraciones de sus bases y la ideología burguesa y la táctica acuerdista de su conducción.
A consecuencia de esta agudización de las contradicciones, la perspectiva de desarrollo de una auténtica corriente proletaria que dirija el proceso revolucionario en nuestro país no pasa ya de ninguna forma por dentro del peronismo.
Pero esto no quiere decir que el peronismo vaya a desaparecer rápidamente de la escena política, ni que todos los elementos que permanezcan en su seno serán reaccionarios.
Como producto del enorme peso social de la pequeña burguesía en nuestro país y de su contradicción cada vez más aguda con el imperialismo y la burguesía nacional, esta clase deberá jugar un rol muy importante en nuestra revolución : el de aliado más importantes del proletariado. La pequeña-burguesía impondrá sin embargo sus características de clase a su participación en el proceso revolucionario : la vacilación ideológica, el oportunismo político. En consecuencia, durante largo tiempo sectores muy importantes de la pequeña-burguesía radicalizada y de las capas más atrasadas de la clase obrera influenciadas por aquéllas, permanecerán dentro del peronismo, intentando estructurar en su seno una corriente revolucionaria. Por lo tanto si bien debemos decir con toda claridad que el peronismo combativo no podrá dirigir nuestra revolución, también debemos decir con toda claridad que participarán en ella por derecho propio, concurriendo a la formación del Frente de Liberación Nacional y Social.
Por todo ello la política correcta de los revolucionarios frente al peronismo tiene dos aspectos.
Unidad en la acción particularmente con las organizaciones armadas peronistas, que por su práctica son nuestras hermanas en la guerra revolucionaria, y unidad en la acción también con las corrientes combativas del peronismo en el movimiento obrero y popular. Pero al mismo tiempo, lucha ideológica sin cuartel contra las propuestas burguesas y proburguesas del peronismo, denuncia del Gran Acuerdo y de toda otra maniobra de Perón y de las camarillas de turno en la conducción política y gremial del peronismo, agudizar las contradicciones entre las aspiraciones revolucionarias de los sectores combativos y las tácticas conciliadoras de la dirección oficial y sus variantes. Al mismo tiempo, tratar de ganar para el bando popular o neutralizar a las corrientes peronistas intermedias, representantes de la burguesía mediana o pequeña, objetivamente en contradicción con los monopolios y la gran burguesía.
De como sepamos combinar estas tácticas y aplicarlas correctamente en nuestra práctica cotidiana, depende en buena medida el desarrollo de la guerra revolucionaria. Si cayéramos en el oportunismo o el sectarismo, amenazaríamos gravemente esta buena oportunidad histórica de la clase obrera en su marcha hacia el poder político y el socialismo.
El desarrollo de la vanguardia armada y de la nueva vanguardia obrera que crece día a día, sus convergencias en el ancho camino de la guerra popular, serán las mejor garantía de que así lo hagamos.

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